Las horas huecas - Capítulo 5

-Con cuidado, Toñito, no vayas a lastimar a tu mamá, nomás dale un beso y te bajas, porque nos tenemos que ir, ya van a cerrar, le dijo Jerónima al niño mientras lo cargaba por encima de la cama en que convalecía Esperanza. A regañadientes y contra su voluntad el niño le besó un cachete. Verdaderamente le provocaba asco. A Esperanza la víspera le habían ligado las trompas de Falopio. Optó por dicha intervención quirúrgica tras haberse llevado tremendo susto al retrasársele la regla más de lo normal en noviembre, luego de varios coitos de “despedida” con Armando Castañeda durante todo octubre, ante su inminente reconciliación con su ex marido Antonio Ruiloba.

Nada le había importado la tranquiza que le puso Castañeda el Día de la Independencia, ni el penoso escándalo a que dio lugar, ni que por ello su casera le haya informado que no iba a renovarle el contrato de arrendamiento a petición de todos los vecinos de Cerrada de Hamburgo, ni que por los misteriosos oficios del padre José

Franco y del Chino Joe había aceptado viajar próximamente a Los Angeles para hablar con Toño Ruiloba y acordar los términos de su reconciliación. Mucho menos sus hijos, sólo satisfacer su prurito sexual inacabable, insaciable.

Tomada la decisión en su interior de que iba a intentar por última vez volver a vivir con Antonio Ruiloba, del que también siempre decía, además de maldiciones, que no lo podía olvidar, que se lo había arrancado del corazón, que era muy simpático, que tenía conversación, que si esto y que si lo otro, Esperanza Videgaray no halló óbice alguno para agasajarse por una prolongada última vez con el pene y los testículos de Armando Castañeda. Así, continuó mandándole regularmente con la portera de Vizcaínas, doña Licha, sus pagos por adelantado. Aquél, a cambio, siguió prestándole religiosamente el servicio de satisfacción sexual, aunque con dos reglas radicales: una, ya siempre en hoteles de paso, jamás en Cerrada de Hamburgo. Para ello, iban al Shirley Courts de Avenida Sullivan o al Dawn Motor Hotel en la salida a Toluca. La otra, se presentaban y se mantenían sobrios para tener sexo, sin ni una sola gota de alcohol.

Todas las semanas de octubre así lo hicieron, hasta que en la primera semana de noviembre y luego en la segunda Esperanza no regló, por lo que entró literalmente en pánico. Hasta la tercera le llegó “Pepe Rojo”, y un ginecólogo le dijo que no había embarazo alguno y que la única manera segura de evitar uno en el futuro, era que se sometiera a una salpingoclasia. Decidida a no sufrir otro susto de esa índole, se internó para ello en un hospital de arquitectura afrancesada y puertas, ventanas y mobiliario pintados de blanco que estaba en la Calle de Orizaba, a dos cuadras de la hermosa Plaza Río de Janeiro, en la inicialmente soberbia y luego venida a menos Colonia Roma.

 A sus hijos y a su sirvienta les dijo que le iban a abrir la panza, por lo que le dejó a Jerónima dinero para la comida de los días en que estaría ausente, que no fueron muchos, pero que les cayeron como bendición del cielo a la morenita hidalguense, así como a Pera y Toñito. Como el Cine Balmori estaba muy cerca del hospital, los tres afortunados a veces salían del nosocomio y se iban derechito a la función de moda. En otras ocasiones se metían a la iglesia de la Sagrada Familia, que les quedaba en camino a la casa, para “ver” dónde se habían casado en 1940 los papás de Pera y Toñito.

 Esta iglesia no le traía muy buenos recuerdos a Toñito. De ninguna manera. En mayo del año anterior, 1951, sus tíos Lupe y Carlos los llevaron allí a él y a su hermana, impecablemente vestidos de blanco, a “ofrecer flores a la virgen María”.

 Conforme a la tradición mariana que en todos los templos católicos así lo establece durante las tardes de cada mes de mayo, a partir del pórtico de acceso a la iglesia y hasta su altar principal, y luego en sentido inverso, se forman sendas líneas paralelas de oferentes infantiles de ramos de flores blancas. En la entrada recogen las flores, las dejan al pie del altar, regresan a la entrada y así sucesivamente repiten la operación hasta que a las seis de la tarde finaliza ese ritual que tiene de una a dos horas de duración. Las blancas vestimentas y las flores sólo de ese color, simbolizan la pureza de la virgen María, virgen y madre de Dios simultáneamente, de acuerdo a la doctrina católica. Pero en este valle de lágrimas donde Satanás tienta constantemente al linaje humano para llevarlo hacia la senda de la perdición, como dicen los evangelios, se dio el infortunado segundo en el cual dos monjas que vigilaban el orden en la fila de las niñas, así como en la paralela de los niños, pillaron a Toñito fuera de su hilera y sin el ramo de gladiolas que debía depositar ante la madre de Cristo, ramo que se hallaba tirado en el suelo, pisoteado y deshecho.

Pero eso era poco, acaso lo de menos. Lo grave, lo sacrílego, es que con su mano izquierda levantó el vestido de una niña que devota caminaba en su fila, y con la derecha le metió tremendo pellizco en sus nalguitas. La criatura no pudo evitar lanzar un grito, al tiempo que las monjas cayeron de inmediato sobre Toñito, le aplicaron cada una, respectivamente, un coscorrón y un manotazo, y se lo llevaron casi en volandas a la sacristía. Una religiosa le recitaba, iracunda, fuera de sí, todos los castigos que sobre él iba a descargar a partir de ese momento la justicia divina, mientras que la otra le preguntaba quién lo había traído a la casa de Dios que había deshonrado, dónde estaban los responsables de tan abominable oveja descarriada.

La religiosa no tardó ni un instante en averiguarlo: junto a los padres de la menor ofendida, que se interrogaban con mutuas miradas de asombro cómo pudo haber sucedido tan infausto acontecimiento, se presentaron luego, luego, visiblemente avergonzados e irritados, los tíos Carlos y Lupe. Las dos parejas de matrimonios se habían percatado instantáneamente de todo. Pera continuaba en su fila ofreciendo flores. No se dio cuenta de nada, sólo supo, cuando el rumor llegó a sus oídos, que fue una niña la que gritó y que “las monjitas” sacaron de la procesión a un niño majadero.

Tras ofrecer las más cumplidas y fundadas disculpas a los padres de la niña, igual que al par de monjas que seguían rasgándose las vestiduras y alborotando al gallinero por la desafortunada y original travesura infantil, Lupe y Carlos se volcaron sobre Toñito. Al pobre le reiteraron hasta el aburrimiento todos y cada uno de los castigos que en el cielo y en la tierra iba a recibir por lo que había hecho nada más ni nada menos que en la meritita casa de Dios. Los castigos divinos anunciados realmente no le hicieron mucha mella en su ánimo, pero lo que sí le caló fue algo terrible que sus padrinos y tíos le dijeron que le iba a pasar aquí, en la tierra, aunque para ello faltaba una eternidad, muchísimo tiempo todavía: cero regalos en Navidad y cero regalos el Día de los Santos Reyes, pues Santaclós, junto con Melchor, Gaspar y Baltasar lo habían visto todo y por ello no le iban a traer nada, absolutamente ¡NADA!

Toñito quería regresar el tiempo para no hacer lo que hizo, para deshacer las cosas, para arreglar las cosas. Pero era impotente, no podía, todo le resultaba inútil. En cámara lenta repetía las imágenes de cómo iba seriecito y bien formadito en la hilera con su ramo de gladiolas en la derecha, cómo vio a la niña adelantito de él en la otra fila y…. ¡Pácatelas!, tremenda y sorpresiva nalgada del bueno del tío Carlos, quien nunca antes le había dado un golpe, como tampoco la tía Lupe, lo volvió a la realidad, lo despertó de su sueño imposible.

El enojo de los tíos, que se sentían padrinos antes que tíos, no era para menos. No sólo por el hecho en sí, que era grave. No sólo por el lugar en el que había ocurrido y la simbología que había ofendido. No sólo, igualmente, por la vergüenza que habían tenido que pasar con los padres de la niña, las dos respetables monjas y algunos que otros fieles fervorosos. Estaban realmente mucho muy enojados debido a que el párroco de la Sagrada Familia, administrada por los jesuitas, era precisamente el padre jesuita José Olivares Parrera, primo hermano (el único que le quedaba) de Carlos Tello Parrera.

Carlos Tello Parrera y el padre José Olivares Parrera, más que primos, eran verdaderos hermanos, amiguísimos desde niños y hasta que el más mocho de los dos se fue a un seminario en Estados Unidos y ahí se ordenó de cura. Tan sencillo como eso.

Cuando Jerónima y los chamacos entraron a la iglesia, Toñito recordó todo lo sucedido ahí, sin olvidar los angustiosos días, semanas y meses que tuvieron que pasar para que finalmente y “gracias a Dios que es tan bondadoso y misericordioso”, como dijera la tía Lupe, el panzón Santaclós y los reyes magos que existen, pero que nadie ha visto, olvidaran y perdonaran la mala obra del chiquillo.

Pero la Sagrada Familia le trajo también tristeza, mucha. Recordó, añoró, extrañó a sus “titos”. ¿Qué estarían haciendo?, ¿estarían tristes como él?, ¿se acordarían de él?, ¿por qué no lo rescataban de una vez por todas? Coincidentemente, la mente de Pera voló igualmente hasta Atlanta 188, a la casa con penetrante olor a naftalina de sus tíos Carlos y Lupe, recordó igualmente a otros habitantes más humildes de esa mansión. Por ejemplo a Samuel, el atento mozo, a quien ella, de chiquita, alguna vez le dijo “tío Mamel, tío Mamel, pompóntele mi muñeca”, pues perspicaz como todos los niños, bien se había dado cuenta que el mozo Samuel era el factótum, el que arreglaba todas las descomposturas, el que solucionaba todos los problemas en esa casota llena de cuadros, falta de luz y ventilación, por lo que se le hizo lo más natural del mundo pedirle en ese tránsito tan amargo y difícil para sus entonces tres años de edad, que le volviera a la vida, que le compusiera para poder seguir jugando, su muñeca de madera, a la que se le habían zafado los dos brazos.

-¡Esperancita, el mozo Samuel no es tu tío, es otro pelado de la servidumbre!, ¡ten cuidado con lo que dices!, recordó Pera en la Sagrada Familia, siete años después, la acotación humillante y violenta de su tita Lupita, quien muy católica y toda la cosa, no por ello desperdiciaba las oportunidades para sembrar, imbuir, inyectar en su ahijada y sobrina el sentido de clase, el estilo y sentimiento que debía tener y expresar la “gente decente”. Recordó el grito y la cara de enojo de su tía, y la cabeza gacha, los ojos enrojecidos, la furia contenida, la humillación tragada por el buen Samuel, que desde luego estaba ahí bien presente. Vino a su memoria cómo su tita llamaba a sus criados “los enemigos necesarios”.

Pero de la misma manera recordó cómo se desternillaron de risa sus tíos y ella cuando Toñito, de unos cuatro años de edad, un sábado se subió en Hamburgo 126 al coche de ellos con diez o quince planas de un periódico en las manos ennegrecidas por la tinta impregnada por su sudor y, satisfecho, le dijo a su tía Lupe:

-Tita, aquí están los papeles que querías, ¿ya nos podemos venir a vivir contigo y con mi tito?

-No, mi amor, estos no son los papeles que necesitamos. Los que necesitamos son donde diga tu mamá que se pueden venir a vivir para siempre con nosotros Esperancita y tú. Esos se llaman papeles de adopción, mi vida; si nos los da firmados tú mamá viviríamos los cuatro muy felices, tu tito, tu hermanita, tú y yo, le explicó la tía al niño, quien no entendió ni papa y sólo se encerró en sí mismo, triste, muy triste.

Su inocente (¿o desesperada?) salida fue la respuesta que se le ocurrió ante la machacona insistencia de Lupe Ruiloba cada que veía a sus sobrinos, de que si su madre les daba a ella y a Carlos los papeles de adopción de los niños, ya nadie jamás los separaría. Cada uno tendría su cuarto muy bonito y cantidad de juguetes y ropa y viajarían a Disneylandia y verían al santo padre en Roma y, y, y……..

Los niños eran así también inducidos a soñar despiertos por esa mujer de suave y muy bien cuidada piel blanca, gordísima cincuentona que sufrió tres abortos y jamás pudo tener un hijo, lo que a la larga se convirtió, para fortuna de Pera y Toñito, en la obsesión de su vida: ser madre. Por ese deseo insatisfecho por la naturaleza, los hijos de Esperanza Videgaray y Antonio Ruiloba hallaron breves e intensos remansos de paz y amor dentro de su malhadado destino. Pero esos instantes de vida buena los pagaban muy caros, al cuádruple, al quíntuple, cuando volvían a su realidad. La doble suerte, la doble vida, la comparación entre ambas, el no poder asirse plenamente a la bella, a la normal, a la deseable, se tornaba en martirio adicional. Tener y no tener era la amargura de ambos.

Todos esos recuerdos y pensamientos cruzaron por la cabeza de Toñito (y tal vez de Pera también) ahí dentro de esa iglesia, las veces que fueron con Jerónima.

Caída la tarde, ya oscurecido, regresaban a Cerrada de Hamburgo, luego de surtirse de tamales de dulce para Pera, rojos para Jerónima y verdes para Toñito. De a tres por piocha, como se lo rogaban los hermanos a la buena gente de Jerónima, ahí, pegaditos los tres al carrito de los tamales, mientras la cola de clientes empezaba a formarse. Luego, en la cocinita de la casa, mientras el papel periódico en que venían envueltos quedaba empapado por el calor que desprendían y transmitía ese olor tan suyo -hasta sabroso podría decirse-, y el café negro -bien cargado como le gustaba a Jerónima- empezaba a soltar su hervor, llenando el ambiente de su vapor tan grato al olfato, para no fallar empezaba el pleito de todas las veces entre Pera y Toñito:

-¡No, déjalo! ¡A mí me toca, tú lo prendiste la última vez, suéltalo! ¡Jero, mírala, dile a esta mensa que lo suelte! ¡Te voy a morder….pendeja!

-¡Aaayyy!, gritaba Pera y soltaba, para variar, el radio Philips negro que en abonos mensuales de veinticinco pesos todavía no acababa de pagar Jerónima, al tiempo que Toñito preparaba la mandíbula para asestarle otro mordisco a su hermana, que mejor salía por peteneras y así evitaba otra mordida del escuincle tan caprichudo.

-¡Ya, ya ‘tá bueno! Ni tú ni él, lo voy a prender yo, luego ni saben encontrar la estación y va bien empezada la radionovela. Acuérdense, ayer se quedó en que ya estaban rodeando el monte y quieren encontrar a Juan. Si lo agarran, pos ora si lo matan. El suspenso que les trajo a la memoria esta indígena pura del Valle del Mezquital, bastó para que los hermanos fumaran ipso facto la pipa de la paz, pues estaba más padre, más interesante que nunca, y con el desenlace ya próximo, la trama de una de las dos radionovelas de media hora de duración que cada que podían escuchaban en la radio. Es decir, cada que su madre no se embriagaba sola o acompañada y les echaba a perder la fiesta hasta bien entrada la noche e inclusive hasta la madrugada misma. Joe y Marge Dunkley, Rupert y Diana Young, Arni Himanen, Nils Paulsen, Herta Woolverich,

Antonio Medrano, Joe y Rosita Mulayo, Eduardo del Trigal y el mismísimo Víctor

Gómez sabían lo que era amanecer bien crudos en Cerrada de Hamburgo, y todos por igual elogiaban siempre los huevos rancheros, con harto chile verde del más picante, que Jerónima les preparaba como un vuelve a la vida.

Los días que Esperanza estuvo en el hospital para nada su madre o su hermana Ana la fueron a ver, tampoco preguntaron por ella ni se ocuparon de sus hijos. Sólo hasta que regresó a Cerrada de Hamburgo, como dos o tres días después se le presentó de visita una noche Ana. Estando en la sala las dos hermanas y los primos Nachín, Ana Rita, Pera y Toñito, sin el menor recato la recién operada se levantó del sofá y sin decir agua va se alzó la falda, buscó la ubicación precisa con la mano y le enseñó a su hermana dos hoyos que descendían verticalmente del ombligo.

-Mira cómo me amarraron las pinches trompas, ahora sí ningún cabrón me va a chingar, le dijo a Ana, señalándole sendos agujeros en la parte baja del vientre, que se notaba más abultado que de costumbre. Sus sobrinos se quedaron sorprendidos, apenados, con la boca abierta, y Pera y Toñito, perplejos, desviaron sus miradas hacia el piso. A Ana sólo le produjo una carcajada la “puntada” de su hermana y para nada le reconvino haber hecho eso frente a los cuatro menores, ni mucho menos les ordenó a sus hijos y a sus sobrinos que voltearan para otro lado ni tampoco se sonrojó. Sólo soltó la carcajada que le motivó su hermana.

Unos diez o quince días después, por ahí de la primera o segunda semana de diciembre, cuando el espíritu navideño ya inundaba los almacenes y todos los comerciales de la radio, Esperanza Videgaray voló a Los Angeles, California, sólo acompañada de Pera, para la planeada reconciliación con su ex marido Antonio Ruiloba. De igual forma en esta ocasión, ni su abuela ni su tía Ana le echaron el menor lazo a Toñito, que sólo quedó al cuidado de la fiel Jerónima, y ahora sí muy triste, pues no pudo sobreponerse a la partida de su hermanita. Todos los días le preguntaba a la sirvienta cuándo iba a regresar Pera, cuánto faltaba para que viniera y si los Estados Unidos estaban muy lejos. Por su madre no preguntaba nada en lo absoluto, pues nada realmente le importaba ella. Al contrario, mientras más lejos, mucho mejor. Y sobre su padre ni curiosidad tenía, ya que no le significaba nada. Oía de él a través de terceras personas.

A raíz de que Esperanza Videgaray les prohibió a los tíos Lupe y Carlos ver a los niños, y tras el tremendo escándalo ocurrido hasta en la Delegación a mediados de año, éstos se quedaron sumamente preocupados y angustiados por la suerte de sus ahijados. Sabían que la abuela era una mujer egoísta que no los quería y que, como todo mundo lo decía, los integrantes de la familia Videgaray Salas estaban locos de remate. Lupe y Carlos de plano casi no dormían, no comían.

Consultaron a no menos de cinco despachos de abogados renombrados y careros de la Ciudad de México, hasta que se convencieron que por la vía legal, sabiendo la corrupción tradicional en los tribunales mexicanos, era simplemente imposible poderle quitar a Esperanza la patria potestad, a pesar de su conducta de alcohólica consuetudinaria y de su violencia en perjuicio de sus hijos. Por ello acudieron al padre Franco y muy en secreto al Chino Joe, para presionar a Toño Ruiloba a que la buscara y la convenciera de reconciliarse y volver a vivir juntos. Para los tíos, era el único camino que restaba para proteger aunque fuera un poco a los niños. La familia Ruiloba le había cerrado las puertas por su alcoholismo irremediable a Toño, y Carlos y Lupe le negaron en varias ocasiones dinero, particularmente cuando Esperanza lo demandó y tuvo que huir a Estados Unidos.

Pero no les quedó de otra. El padre de los niños resultaba la única salida y así se jugaron el albur.

Toño Ruiloba, a su vez, ansiaba regresar a México. Vivía muy deprimido en Los Angeles. A pesar de ser ingeniero civil, sólo había logrado emplearse como mesero en un lujoso restaurante del Sunset Boulevard, donde para su mala suerte lo descubrió accidentalmente una prima hermana suya (María Luisa Ruiloba Vallejo), la que más tardó en llegar allí, que en regresarse de volada a México para contarle a todo el mundo el monumental chisme.

 A Toñito no lo conocía y a Pera sólo la había visto durante sus primeros cuatro años de vida. Añoraba igualmente a sus cuates de parrandas, el ambiente de las cantinas, las santas borracheras que con ellos en ellas se ponía. Sí era muy amiguero y hablantín, siempre presto a ayudar desinteresadamente al que lo necesitara. Extrovertido por naturaleza, Toño igualmente era, tal y como su ex esposa lo vociferaba cada que se embriagaba, putañero hasta decir basta (“¡y sólo con putas finas, de las de a 200 pesos!”). Sin embargo, Lupe y Carlos no contaban con otro cartucho a la mano, y Toño Ruiloba aceptó de buen grado la propuesta de tratar de convencer a Esperanza para reanudar su vida como pareja. Eso lo acometió sin pedírselo tal cual, sino a través del artificio de que lo ayudara a regresar a morir en México, pues la nostalgia (le juró) había terminado con sus ganas de existir. En una larguísima y lacrimosa carta, que efectivamente hizo llorar a Esperanza y echarse varias cubas en recuerdo del antiguo (¿o todavía?) amado, Toño Ruiloba le clavó la certidumbre de que sólo quería regresar a morir en el suelo que lo había visto nacer. Nomás.

En Los Angeles la reconciliación fue inmediata. Fueron sólo tres días los que necesitó Ruiloba para reconquistar a Esperanza. Al cuarto día, en que se regresaron a México Pera y su madre, Toño ya contaba con suficiente dinero en el banco, que le había dado su ex mujer. Abandonó el restaurante sin pasar a cobrar lo que le debían, se compró ropa fina e hizo todos los arreglos para volar al Distrito Federal el 28 de diciembre, fecha en que Pera cumpliría once años de edad.

Más que por los regalos que increíblemente su madre, contra toda tradición y toda lógica, le trajo de Los Angeles, Toñito estaba feliz de la vida por ver nuevamente a su hermanita. Los dos chiquillos se abrazaron y besaron como si llevaran un siglo sin verse.

-¡Ven Toñito, ven a ver lo que te compramos en Estados Unidos!, ¡ven a ver qué padres juguetes y mira tus playeras, pruébatelas!, le decía Pera, mientras se daban a la tarea de arrancar los cordones de las cajas y sacar las cosas desesperadamente.

Jerónima los veía de lejos, contenta también, y hasta Esperanza parecía tener, pues al menos así puso la cara, buen humor. Fueron como diez playeras rayadas horizontalmente con vivos colores, una caja de Meccano, otra de tabiques de plástico, un jet de guerra, para Toñito. Luego pasaron a ver lo que Pera se había traído para ella, que eran revistas de espectáculos, comics (cuyas páginas no dejaban de oler los dos niños), tres bluejeans y un trajecito sastre color beige en el que realmente parecía una modelo infantil de magazine. Horas, verdaderamente, se pasaron jugando, alegres, como si hubieran dejado atrás todas las pesadillas, o mejor dicho, como si jamás las hubieran sufrido.

El primer sábado después de que regresó de Los Angeles, Esperanza muy temprano se fue a ver, acompañada de Pera y Toñito, a Gloria Cuevas, la que habitaba una pequeña y agradable casita, junto con sus hijos Gloria, Cecilia y Antonio Bernal Cuevas, en la Colonia Cuauhtémoc, en la esquina de Río Pánuco y Río Danubio. Allí también había quedado muy formalmente de ir Blanca García Travesí, ya que resultaba imperativo que sus dos mejores amigas supieran en qué había acabado finalmente su reencuentro con Toño.

Las dos lo conocían desde algunos años atrás, pues ambas fueron damas de honor en el casamiento de Esperanza Videgaray y Antonio Ruiloba en 1940, e inclusive aparecían en una enorme pintura al óleo, que tenía como escenario los jardines del exclusivo Country Club de Tlalpan, donde Esperanza Salas ofreció el banquete de bodas para su hija y su yerno, en el que echó la casa por la ventana. Le encantaba la simulación y presumir su riqueza en los grandes eventos sociales. Los Videgaray Salas gozaban con mostrar a diestra y siniestra el poder del dinero.

En esa pintura al óleo, que colgaba en la sala de Cerrada de Hamburgo, se veía la novia pegada a un árbol y ambos (el árbol y Esperanza Videgaray) en medio de cinco damas del lado derecho y otras cinco del lado izquierdo. El árbol, que según los derroteros etílicos de Esperanza aparecía o desaparecía desde una semana hasta seis meses, no era otro que Antonio Ruiloba. La borracha era muy buena pintora, y según su humor quitaba o ponía a Ruiloba en ese cuadro que les había regalado, tras su boda, quien sabe quién. No sólo el lienzo, sino la sala igualmente, apestaban a distancia a aguarrás, pues un día sí y otro también el árbol o Toño Ruiloba eran borrados con ese aceite de penetrante olor.

-¡Pásale manita, métanse ya, pero píquenle, está a punto de llegar Jorge Negrete!, les dijo Gloria, muy nerviosa, a su amiga y los dos niños.

-¡¿Jorge Negrete?!, estupefacta le preguntó Esperanza.

-¡Sí, carajo, Jorge Negrete!, pero ya quita esa cara de pendeja, le gritó otra vez Gloria.

Pera y Toñito no aguantaban la emoción y mutuamente se agarraban las manos, ¡no lo podían creer!, en tanto su madre, sin poder aplacar su ansiedad se sentó en el primer sillón que encontró en la sala y a toda velocidad abrió su bolsa, sacó su polvera y se espolvoreó el rostro; luego dio un escupitajo en el colorante rojo que traía, lo talló con un pañuelo desechable y procedió a pintarse ambos cachetes, hasta que adquirieron el tono rosáceo que deseaba. Tras eso, otro escupitajo sirvió para que el rímel endurecido en su estuche se ablandara y pudiera debidamente ennegrecer, alargar y dar firmeza a las pestañas de sus ojos, que por cierto eran cortas y sin vida. Y ya para finalizar, se pasó una y otra vez el lápiz labial de un carmín encendido, que luego bajaba de intensidad por la lengua que humedecía los labios que finalmente frotaba uno contra el otro. Hasta el cansancio repitió la misma operación. Esperanza remató el veloz arreglo teniendo en alto con su mano izquierda el espejo de su polvera corriente, en tanto que con los bien ensalivados dedos índice y cordial de la derecha fijaba los chinos que a diestra y siniestra de su rostro colgaban coquetonamente.

Y pensó para sus adentros: ¿Cómo le hace esta cabrona, un día con uno y otro día con otro?

Gloria Cuevas era muy guapa de cara y cuerpo. Tras divorciarse del feo de Antonio Bernal, comenzaron sus amoríos sólo con actores mexicanos e incluso extranjeros, como el sudamericano Pedro Geraldo, mucho más joven que ella. No le pedía nada a la actriz más hermosa de Hollywood, pero en ella cuajaba, como en ninguna otra mujer, el dicho ese de que la suerte de la fea la bonita la desea. Desde muy chica sufrió mucho. Su padre, un rico ranchero de Chihuahua, por el juego llevó a la ruina a la familia (esposa y diez hijos), por lo que Gloria tuvo que casarse a la fuerza con Bernal, quien sólo así accedió a facilitar el dinero para que la madre, ya viuda por el suicidio del apostador empedernido, pudiera afrontar las múltiples deudas “de honor” (o tal vez de muerte) heredadas.

Antonio le produjo tres hijos y mil golpizas por lo que fuera. Para mayor desgracia, su primogénita, Glorita, que sacó la misma cara de ella (su vivo retrato, decía la gente), adquirió a los seis años de edad la poliomielitis.

Después de vencer obstáculos y problemas de toda índole, logró divorciarse de él y se trajo a sus tres hijos al Distrito Federal. Bernal dio con ella en la capital de la república e inclusive pagó detectives privados para averiguar nombres y direcciones de sus amistades. De esta suerte descubrió y contactó a Esperanza Videgaray, que estaba recién casada con Antonio Ruiloba. Ambos llegaron a recibirlo en el pequeño departamento que rentaban en la calle de Cadereyta, en la Colonia Condesa. Bernal sabía ganarse a la gente, pues era muy labioso y acabó echándose en la bolsa al matrimonio, sólo que por solidaridad con Gloria, francamente le dijeron que no podían tener amistad con él.

En la Ciudad de México Gloria obviamente lo mandó al diablo, pese a sus ruegos de perdón y juramentos de enmendarse. A pesar de que perfectamente sabían cómo golpeaba y humillaba a Gloria, sus hermanos y su madre nunca le perdonaron su “traición” y para siempre le cerraron las puertas. Pero su belleza finalmente le valió de algo y empezó a conseguir cada vez mejores y más redituables contratos como modelo. Paralelamente, y gracias al medio profesional en el que se desenvolvía, tuvo decenas de ofertas para ingresar al cine nacional, pero sólo se dedicó, selectiva y discretamente, a coleccionar galanes cinematográficos. Desde luego también a lucir las joyas que le regalaban y sabiamente invertir los dineros provenientes de sus chequeras.

Con la envidia y el coraje muy bien disimulados, de acuerdo a su carácter irracional y egoísta, Esperanza continuaba su monólogo secreto: bueno, pinche charrito de utilería, sólo está acostumbrado a andar con pura puta, jamás se podría fijar en una mujer decente como yo, es otro pinche macho mexicano que sólo sirve para…..

-¡Riiiinnngg!, ¡riiiinngg!, ¡riiiinngg! Tres largos timbrazos en la puerta de entrada cortaron de tajo la elucubración que había atrapado a Esperanza, quien se puso en verdad mucho muy nerviosa, y sólo atinó a pelar los ojos, cruzar las piernas y ensayar una sonrisa de oreja a oreja, que se veía cómica por la rigidez de sus músculos faciales.

Pera y Toñito estaban como mensos con la boca abierta. Gloria se ajustó un pliegue que su entallada falda café tenía, se levantó del sofá con naturalidad y caminó lentamente hacia la puerta, mientras en sus mejillas asomaban los graciosos hoyuelos que acompañaban siempre a su sonrisa.

-¡Hola, guapo! ¡Adelante!, se oyó que la chihuahuense dijo a alguien que estaba casi bajo el dintel de la puerta de madera, que se abría hacia adentro, por lo que no podía verse figura alguna desde la sala, donde aguardaban Esperanza y sus hijos. Un segundo después, adelantándose al recién llegado y como si fuera guiándolo, Gloria reapareció en la sala y a todo pulmón anunció a sus expectantes visitas: tengo el honor de presentarles al charro cantor ¡Jorge Negrete!

Primero las caras de Esperanza, Pera y Toñito fueron de sorpresa, se tornaron en confusión y terminaron vueltas hacia abajo y al rojo máximo, mientras los tres se apretaban sus estómagos por el dolor que ya les producían las carcajadas a más no poder que el mentado Negrete les causó. Al menos pudieron de esta manera vaciar toda la tensión, la emoción, que durante los últimos diez minutos habían acumulado desde que Gloria Cuevas tan en serio los convenció de que iban a estar cara a cara nada menos que con la máxima estrella del cine mexicano.

-¡Pinche Gloria!, ¡qué poca madre tienes!, ¡ya me la pagarás!, le dijo Esperanza en el momento en que pudo controlar su ataque de risa, mientras que la anfitriona, “Jorge Negrete”, Pera y Toñito se miraban y volvían otra vez a sus carcajadas incontenibles.

-¡Pos tú, manita, que eres re pendeja!, ¿a poco te creíste que es muy fácil que de esas pulgas brinquen en mi petate?, hay niveles mi vida, NI-VE-LES. No se te olvide, la atajó Gloria.

En eso estaban cuando el inconfundible sonido, el triste sonido de las muletas y el aparato ortopédico que pretendía suplir las funciones biomecánicas del muslo, rodilla, tobillo y pie de la pierna izquierda de Glorita anunciaba su presencia. En verdad era un cromito la chiquilla que ya frisaba los doce años. En sus todavía pequeños senos se adivinaba ya el volumen majestuoso que con el tiempo probablemente llegarían a desarrollar y, a semejanza de su madre, la hermosura y generosidad que los distinguiría.

Tras la pobre poliomielítica entró a la sala Cecilia, un año menor, quien no disimulaba la envidia que le guardaba a su hermana por su belleza, gracia y buen corazón, a pesar de su gran impedimento físico. Cecilia había heredado toda la fealdad de su progenitor Antonio Bernal y quién sabe de quién un carácter áspero y agrio. Además era poco sociable y a nadie le caía bien.

-¿Sí resultó todo como lo planeaste, mami?, nos tardamos lo más que pudimos en la tiendita después de que le abriste la puerta a Toñito. Desde ahí vimos que entró.

-Sí Glorita, salió que ni mandado a hacer, pregúntale a Esperanza, socarrona le contestó la madre a su hija, mientras “Jorge Negrete”, ahí mejor conocido como Toñito Bernal Cuevas, le presumía su pistola de fulminantes niquelada a su tocayo, quien literalmente se comía con los ojos el traje negro de charro con todo y sombrero galoneado y muy bonita botonadura de plata.

Toñito Ruiloba volvía a preguntarse en lo más recóndito de su ser ¿por qué yo no?, ¿por qué yo no tengo una mamá como la de él?, ¿por qué yo no estrené un traje de charro como él? Para su mayor depresión, en ese instante Gloria Cuevas, como cualquier madre normal, comenzó de melosa con su hijo consentido:

-A ver, dígale a mami, mi rey, ¿quién es el charro más guapo de México?, ¿quién es la adoración de mami?, a ver, ¿quién se va a ir el lunes que entra con mami a Acapulco porque cumple sus ocho años?, ¿quién mi amor?, a ver dígame ¿quién?

Pasado un rato, los dos Toños se subieron a la pieza del charrito para jugar a los cochecitos, mientras Cecilia y Pera salieron por chicles a la tiendita y Glorita se metió a bañar. Esperanza empezaba a platicarle todo el chisme a Gloria Cuevas, cuando fueron interrumpidas por Blanca García Travesí que, aunque un poco tarde, llegó a la cita pactada de antemano.

Si Gloria y Esperanza ya habían entrado a los cuarenta, Blanca andaba ya por los cincuenta años, aunque inexplicablemente aparentaba menos. Muy delgada y muy demacrada, tenía décadas combatiendo sin éxito definitivo una sífilis que le contagió un capitán del ejército (Juan Lucero) que se convirtió en el único y gran amor de su vida. Pese a la diferencia de edades, se entendían las tres mujeres muy bien y, aunque se supusiera lo contrario, la más alegre, dicharachera e incansable lo era Blanca, igualmente era la más culta y la única que contaba con una carrera universitaria.

Quitando la sífilis contraída y el que Lucero la hubiera plantado prácticamente al pie del altar, para huir con otra mujer y casarse más tarde en Sinaloa, dejándola de solterona, aparentemente Blanca García Travesí no había tenido otros grandes sufrimientos en su vida. Al menos su carácter alegre y su simpatía personal hacían pensar eso.

Fumadora empedernida, hija única de un matrimonio multimillonario, en su elegante residencia ubicada en la esquina formada por las Avenidas Juanacatlán y Mazatlán, en la Colonia Hipódromo Condesa, ofrecía muy seguidamente fiestones locos que por lo general terminaban a eso de las cinco o seis de la mañana, con viandas finas servidas, abundancia de caldos importados y buena orquesta para amenizar el baile. A sus sirvientes los trataba con respeto y siempre respondía con hechos a las aflicciones que pudieran tener. Era un caso insólito entre la gente de su clase. Antiyanqui a ultranza, era miembro honorario de la agrupación Defensores de la República, por lo que conocía a muchos políticos de medio pelo y a infinidad de mandos militares.

Gloria, Blanca y Esperanza podrían diferir en todo, menos en una sola cosa, que se convertía en el amasijo de su profunda amistad: su odio firme e inveterado a los hombres. Las tres coincidían en que habían sido víctimas de la ruindad masculina y en que las mujeres eran seres muy superiores a ellos y que sólo por carecer de su fuerza física tenían que soportar sus golpes y humillaciones, pero también, según la aportación filosófica de Blanca, “por pendejas, por abrirnos de patas”.

-¡Pero qué estúpida fuiste, si todo está clarísimo!: el cabrón no tiene lana pa’ empedarse y pa’ coger, ¡por eso te buscó!, le gritó Blanca a Esperanza.

-¡Claro!, si regresa a México yo a ti ni te conozco, aquí no se te ocurra traerlo, ¿ya se te olvidó cuando le metiste una patada en los huevos porque te iba a madrear?, apoyó Gloria a Blanca, mientras Esperanza se mesaba los cabellos, muy confundida y aturdida por sus dos amigas.

Empezaba a enojarse consigo misma, pues ya no podría desandar el camino: ya le había dado dinero más que suficiente a su ex marido para que finiquitara todo en Los Angeles y regresara cuanto antes a México; ya habían pasado ambos unos días maravillosos con Pera; ya se le había contado a Toñito que como todos los niños que conocía, tenía igual que ellos un padre y éste estaba a punto de llegar a México. Y lo que era peor: como Hernán Cortés, había quemado sus naves, pues en la larga y caliente “despedida”, le había exigido a Castañeda que desapareciera para siempre de su vida, asegurándole que era un hecho irreversible su reconciliación con Toño Ruiloba, ya que inclusive se iban a casar nuevamente antes de que empezara la primavera de 1953.

Y no se diga el disgusto que tuvo que sobrellevar, debido a la buena tajada de billetes que el padre Franco finalmente le sacó por su intervención. Además el Chino Joe, el gran cuate de Ruiloba, la iba a convertir en el hazmerreír de todo mundo cuando se fuera de la lengua y, cierto o falso, empezara a vociferar (no hablaba, realmente vociferaba) que Toño, tan campante, seguía empedándose y cogiéndose a cuanta puta quería, y Esperanza, tan pendeja, lo seguía manteniendo a pesar de que le ponía el cuerno.

Esperanza se contuvo y no les replicó nada a Gloria y a Blanca. Siguieron platicando de todo el asunto sin que variara en lo más mínimo la postura de las dos amigas, aunque no perdían oportunidad alguna para interrogar a Esperanza sobre el más nimio detalle de su viaje a Los Angeles, saciando de paso su curiosidad sobre cuántos coitos había logrado en tan pocos días con Ruiloba.

Como el tiempo pasaba y no paraban de repetir con las mismas palabras iguales ideas, ni cuenta se dieron que Glorita, Cecilia, Pera y los tocayos se les unieron, pero para algo muy distinto: tenían hambre, eran más de las tres de la tarde, y sólo querían que los llevaran a comer o ahí les sirvieran, ¡pero ya! Los sábados Gloria Cuevas no contaba con sirvienta, y tanto ella como Blanca y Esperanza eran bastante ineptas para las labores propias de las amas de casa, por lo que rápido optaron por irse a un restaurante y así inició una nueva discusión, ahora entre la gente menuda, a la que le dieron la oportunidad de escoger a cuál: al María Bárbara, que estaba a una cuadra de distancia y era famoso por sus ricas enchiladas de mole; o al Nacatamal, con sus deliciosos tamales oaxaqueños; o al Hamburger Heaven, que preparaba las mejores hamburguesas de todo México.

 El Nacatamal y el Hamburger Heaven eran contiguos en un feo edificio pintado de gris ataúd, que ocupaba toda la esquina de las Avenidas Monterrey y Oaxaca, en la Colonia Condesa. Por unanimidad la chiquillería desechó al María Bárbara por su cercanía (mientras más lejos mejor, para así alargar la reunión y quebrar la rutina sabatina de los cinco), pero acto seguido sobrevino un increíble empate entre los cinco, ya que Glorita y Pera votaron por el Nacatamal, pero Cecilia y su hermano lo hicieron por el Hamburger Heaven, saliendo Toñito Ruiloba (quien había quedado con el voto decisorio) con una de sus necedades típicas y muy frecuentes: que le daba igual ir a cualquiera de los dos restaurantes, ya que no prefería a uno sobre el otro. De ese macho no lo sacaron las tres, cuatro y hasta cinco veces en que fue exigido de votar.

A diferencia de los otros cuatro niños a los que les gustaban más los tamales que las hamburguesas y viceversa, a Toñito lo que en verdad le encantaba era ir a ese horrible edificio, no importándole a cuál de los dos restaurantes que albergaba, pero sí que se sentaran en alguna de las mesas que tenían ventana, para ver no a la gente que transitaba por la banqueta o a los coches que circulaban por la calle, sino simplemente para mirar a través de las claraboyas que hacían las veces de ventanas.

Construido sobre un terreno triangular, su esquina de Monterrey y Oaxaca simulaba la proa de un barco y sus tres hileras de claraboyas sobre el muro que daba a la Avenida Oaxaca, su babor. A Toñito sencillamente le fascinaba. Nunca había estado en el mar ni mucho menos se había subido a un buque, pero más que las películas de vaqueros, las de piratas o de batallas navales eran las que le obsesionaban. En ese edificio no se cansaba de admirar la dorada y brillante redondez de la claraboya más cercana, el grosor incomparable de su doble cristal y la manija también áurea que la abría y cerraba.

Estar ahí le facilitaba el soñar despierto, la herramienta más a la mano con que siempre contaba para fugarse de la realidad. Este mecanismo de defensa psicológico usualmente lo aislaba del mundo que lo rodeaba, brindándole reposo y alivio a su dura cotidianeidad. Desgraciadamente por su terquedad ya no soñaría esta vez, esa tarde.

-¡Vámonos!, les ordenó Esperanza con voz imperiosa a sus hijos, que no tuvieron más remedio que obedecerla.

-¡Oye, espérate, no seas así!, sin éxito le rogó Gloria Cuevas.

-¡Sí, manita, ya habíamos quedado!, ¡fíjate cómo están emocionados todos los escuincles!, intervino Blanca también.

-¡No, para tragar tienen su casa! ¡Adiós!, y Esperanza cortó así toda posibilidad de reconsiderar su agresiva decisión y de que Blanca y Gloria pudieran insistirle.

Glorita, Cecilia y Toñito Bernal se quedaron en ascuas y Pera recriminó con su mirada y el movimiento de su cabeza a su hermano, quien por su torpeza y negligencia provocó la reacción violenta de Esperanza Videgaray, la cancelación de un buen rato con los demás infantes y, sobre todas las cosas, la elevada probabilidad de que llegando a Cerrada de Hamburgo empezara de nuevo la consabida borrachera de su madre y nuevas horas de tormento y desvelo para ellos. Toñito quería ahorcarse por la estupidez cometida. Se le llenaron sus ojitos de lágrimas y se apoderó de él un sentimiento de culpa. Se le olvidaba, imposible que entendiera, que tan sólo contaba con seis años de edad. El enfrentar de manera tan cruel la realidad de su vida, no lo liberaba en lo absoluto de, a veces, actuar como niño, ¡ser niño!

 El 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, Pera cumplió once años de edad. Se acabó diciembre. Llegó enero de 1953. El día 13 Toñito cumplió siete años de edad. Se acabó enero. Llegó febrero. En su primera semana Toñito ingresó al primer año de primaria en el Colegio del Tepeyac, de padres benedictinos estadounidenses y ubicado hasta la lejana Colonia Lindavista, en Avenida Callao 842.

 Diciembre, enero, febrero….. Antonio Ruiloba González Misa no apareció. Tampoco escribió, ni telegrafió, ni telefoneó.

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Jose de Villa

José de Villa nace en México, D.F. en 1946. Después de estudiar periodismo en la UNAM, trabaja en distintos periódicos como reportero, articulista, editorialista y jefe de información y redacción, e incursiona como director de Comunicación social en distintas dependencias oficiales. Junto con el Dr. Jürgen Neubauer, es coautor del libro Máximo Líder, publicado en Alemania, Holanda, República Checa y Eslovenia. En 2010 escribe su primera novela: Las horas huecas.

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