Las edades del hombre (y de la mujer)

Cada edad tiene sus fuerzas y su quehacer, también una mentalidad propia. La vejez se resuelve en la primacía de la evocación frente al proyecto; la voluntad de recapitular lo andado –se admite al respecto un amplio abanico de intencionalidades– sobre la ilusión de planear el porvenir. Ello ocurre cuando el desenlace de la vida se sabe o presiente cercano, o porque la continuación de las fatigas de la existencia se vislumbra cual gesta insoportable.

Como los extremos se tocan (sentencia el adagio popular), algo tiene en común este tiempo senil de contemplación introspectiva y deseablemente serena, con la primera juventud, esa que rompe los titubeos de la adolescencia y asume por primera vez la madurez del cuerpo y de la mente: ambas edades viven el presente como un regalo que debe libarse hasta su esencia, y solo en la aparatosidad del trago se diferencian una de otra. O mejor dicho: tal parentesco debieran guardar, porque una verdadera revolución de actitudes está trastocando la propiocepción social –valga la licencia conceptual– de tantos y tantos jóvenes de ese país de todos los demonios (Gil de Biedma dixit) llamado España.

No se trata esta vez de una crisis de valores morales que abra nuevas perspectivas de conducta y relación, sino de otra más de las repercusiones de la crisis económica. Hablando claro: del empobrecimiento de nuestra sociedad. El juvenil carpe diem se esfuma cuando no hay oportunidad material de cumplir con los propios intereses y las expectativas particulares, por no hablar de los gozos fugitivos encarnados por la copiosa oferta de hedonismos variopintos que recrean las pupilas del transeúnte. Para muchos jóvenes españoles de entre 18 y 25 años (y podríamos alargar la franja de edad), el presente se ha convertido en una incertidumbre desasosegante, que se enuncia en interrogantes como ¿tiene sentido estudiar?, ¿podré trabajar algún día?… hoy como caliente, ¿pero podré hacerlo mañana?

Buena parte de ese segmento de población se está desangrando en la precariedad; o ni eso, simplemente en la nada. La perspectiva optimista de la vida que debiera caracterizar a sus miembros se resiente gravemente o queda herida de muerte por los impedimentos inmediatos, de modo que todo su entusiasmo creativo se pierde en solventar las necesidades cotidianas, cuando no en mirar pasivamente al futuro, con un fatalismo inoperante.

La crisis está creando viejos prematuros. Jóvenes para quienes su pasado aún breve, cifrado en la infancia, adquiere los rasgos de un paraíso perdido en vez de ser vista como una época a superar para la plena realización de la autonomía personal. La pesadilla real que viven, pero también la poco halagüeña futurología surgida en torno a ella, funciona como factor depresivo a nivel social e individual.

Muchos jóvenes españoles están recayendo en la “autoinculpable minoría de edad” denunciada por Kant hace más de doscientos años en su ensayo ¿Qué es la Ilustración? (1798). Y aunque sigamos apelando de modo riguroso a la responsabilidad personal (una exigencia ética imprescindible siempre), nadie puede negar que dicha autoinculpabilidad está siendo hábilmente fomentada, por pasiva o por activa, en beneficio de la partitocracia imperante en este país, cuyo régimen se beneficia de la disolución del juicio individual en los ácidos de la desesperanza íntima y el desinterés político.

 

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