La vieja Europa cada vez es más vieja

La vieja Europa cada vez es más vieja, su actitud la delata. Temerosa de los cambios, cobarde en las decisiones, sin interés por el futuro, al que parece renunciar,  anclada en un pasado que los años han dulcificado; engrandeciendo sus méritos  y empequeñeciendo sus defectos.

 Con el paso del tiempo la memoria flaquea, deja lagunas que en ocasiones se rellenan de lo que no fue, se reconstruye el relato y a medida que se repite se nos fija en la memoria como si de un recuerdo real se tratase. Así actúa la Vieja Europa, siempre rememorando su pasado glorioso, sus valores, su respeto a los Derechos Humanos, se regocija en sus logros, aumentados y sin ningún espíritu de crítica se reconstruye para marcar la diferencia entre ella y los bárbaros que no respetan la vida. Ella no es así, para ella la vida es sagrada, en sus fronteras se respeta a los seres humanos y sus diferencias, no cabe el racismo, ni la xenofobia, sin embargo, lo que ocurra a diez centímetros de sus fronteras es harina de otro costal, es lo que tiene ser mayor, la vista falla y uno ya ve poco. Al hacerse mayor uno se queda en su zona de confort esperando que los años que quedan sean plácidos y sin sobresaltos, sin cambios. No hay que tomar decisiones precipitadas, mejor no tomarlas.

La autocomplacencia Europea empieza a ser un problema para ella misma, los valores que un día fueron su seña de identidad o quisieron serlo chocan obstinadamente con la realidad, que todavía es más obstinada. El respeto a los Derechos Humanos y a las libertades Individuales es ya un mero discurso que los hechos invalidan.

La Unión Europea niega a Aristóteles: “ el todo es más que la suma de las partes”, las partes que deberían sumar un cuerpo cohesionado y superior a sus partes es únicamente un conjunto desorganizado de partes que reman en direcciones distintas, con intereses diversos. Los miembros de la UE se mantienen cautos y recelosos con sus compañeros de aventura, solo les une la cobardía a tomar decisiones que sí estarían a la altura del proyecto que una vez fue Europa y a la sumisión de los intereses de ese gran monstruo que son los mercados financieros.

La crisis de los refugiados- sangrante eufemismo para hablar de personas a las que precisamente se les niega cobijo y protección- es sin lugar a dudas el ejemplo más claro. Europa se comporta como una racista por partida doble y como una gran hipócrita: racista contra los que no son como ella, racista contra los pobres, hipócrita porque mientras propugna valores democráticos y de respeto al ser humano, prefiere pagar a otros para que le hagan el trabajo sucio.

Europa pierde una oportunidad de demostrar a sus miembros que existe un futuro en construcción, olvida que es vieja, una población envejecida con una tasa de nacimientos insuficiente que pierde una oportunidad de mostrarse solidaria y quién sabe si de iniciar un proyecto futuro creíble y sólido que vaya más allá de la unión monetaria y la libre circulación del dinero.

Hasta ahora solo ha aprovechado la oportunidad para quitarse la máscara de ancianita adorable de Disney a bruja cruel.

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