La suerte está echada
Fuente: http://www.palestinalibre.org/

Sí bien la frase es adjudicada a Julio César, más que frase en verdad es un concepto, y en este artículo es usado en relación a la obra de teatro de Jean Paul Sartre, en donde el filósofo nos propone el desafío de pensar la condena que tenemos como sujetos hacia la libertad. En el tramo final de los equipos electorales, que terminaran de salir a la cancha para la contienda de Junio, no son pocos, los que creen que el grueso de las decisiones, ya han sido tomadas en algún sitio de ese lugar llamado destino, sin embargo, otros, hasta el último minuto del comicio creerán poder la historia a su favor.

Probablemente pocos se lo planteen como tal, pero seguramente la mayoría lo siente, o mejor dicho se siente, surcado por esa ansiedad, que no la puedan controlar ni con barbitúricos, ni con ejercicios, esa pretensión contradictoria que ante determinadas situaciones se nos presenta a los seres humanos, de querer tenerlo todo bajo control, obstinadamente, cuando sabemos que tal cosa es un imposible.

Nos pasa a todos con la muerte, millones de años de humanidad, y aún no la hemos comprendido, tercamente, nos negamos a asimilar que la misma, es una parte tan natural de la vida, como la sentencia de Heidegger que nos recordaba que “Somos un ser para la muerte”, pero de allí es que uno a veces se ve a tentado en no creer la teoría de la evolución, pues como podría ser que el cerebro humano, o que la cultura de la humanidad, con millones de años en sus espaldas, no pueda asimilar con mayor naturalidad la finitud de la vida. Quizá desde la teoría algunos nos pretendamos un poco más allá de no pensar la muerte y simulemos dimensionarla filosóficamente, pero todo se nos va al diablo cuando nos toca de cerca, la enfermedad, accidente o padecimiento de un familiar o de uno mismo. Nos surge la mentira de decirnos que no queremos sufrir pero que entendemos que morirnos nos va a suceder igual, pero es una gran mentira, ni el suicida quiere morir, esto es así y aún no sabemos porque.

Algo de esto, le suceda en una dimensión al político que se le termina su mandato, y por más que no lo diga, lo quiere renovar a como dé lugar, quiere quedarse en esa silla, sillón, en ese conchabo, por más que lo diga una y mil veces ante el espejo, sabe que en un hipotético pacto satánico, vendería su alma y la de los suyos por tal cosa.

Y es aquí en donde la cuestión electoral, por intermedio de las debilidades de sus actores, empieza a percudir la calidad democrática, la ulterioridad de la política, que tendría que ser el mejorarle la vida a la mayor cantidad de personas posibles, tratando de con ello joderle la vida a la menor cantidad.

Como no nos cansamos de consignar, los proyectos, propuestas y programas de cómo lograrlo, pasan a un tercer plano, la ética y la responsabilidad también, más luego muere la coherencia y finalmente la dignidad. Y como la política es un colectivo, todos lo que estamos adentro (Platón en la República daba el ejemplo del Barco) tengamos mucho o menos que ver, terminamos estrolados por la locura, la alienación de conductores suicidas (Existe una canción de Sabina con este título muy recomendable).

Una de las verdades incontrastables de la política en su hacer, no desde su perspectiva de ciencia, es la condición circunstancial, es decir, por más que permanezca un tiempo largo o considerable el poder no puede anidar eternamente en mismas manos, por la finitud del sujeto básicamente y por definición, de allí que para legitimarse, desde el poder se construyen razones, argumentos, o representaciones, como para validar esa tenencia del poder que practican los tenedores. La autoridad constituida mientras se funde en razones más argumentadas, plasmadas en sofisticadas leyes o cuerpos normativos, serán más difíciles de desandar para los que no estén de acuerdos con las mismas. Es decir, si la construcción de una autoridad de poder, se sostiene en principios de autoridad que hacen referencia a situaciones poco racionales, desligadas de la misma y basadas en la informalidad de caprichos o de decisiones plagadas de irracionalidad, seguramente, será mucho más circunstancial su permanencia o latencia en el poder, puesto que tendrá que ratificar tales principios, con un incremento de la fuerza irracional del poder, que al acrecentar su nivel de presión, se convierte en opresión, culminando en un estallido de las normas hasta entonces aceptadas (de allí que las “revoluciones” o crisis siempre conlleven sangre y fuego”).

Ciertos sistemas políticos se edifican desde la identidad cultural de los pueblos a los que conducen y de allí su permanencia por períodos considerables, que son desplazados por otros grupos que reinterpretan mejor los cambios o ajustes que esa cultura precisa de su identidad cultural-social-política. Internarnos en estas cuestiones ameritaría al menos, un tratado pormenorizado, solo nos limitaremos a nominalizar o señalar en verdad como ejemplos, a los que estamos refiriendo o tratando de.

La democracia en ciertas latitudes, o el sistema político mejor dicho, avanza hacia lugares donde el soberano electo, posee un poder cada vez más limitado por la participación de los ciudadanos que incluso le pueden elegir hasta sus colaboradores o ministros, los programas de gobierno que tiene que ejecutar y las prioridades en la agenda pública. El desmadre de la tecnología o esta era nanotecnológica, de comunicación instantánea y vida tras una pantalla, es utilizada para estos fines, que podríamos decir que se ajustan un poco más a los relatos de las polis griegas y el ágora de las discusiones políticas, nominalizadas ahora como redes sociales o interfaces virtuales.

Esto al menos en el campo de lo que se podría desear en relación a la política. Sin embargo tal como funcionó como uno de los emblemas del feudalismo,  el derecho de pernada (presunta normativa  que otorgaba a los señores feudales la potestad de mantener relaciones sexuales con cualquier doncella, sierva de su feudo, que se casara con uno de sus siervos) tiene su calcada expresión en lo que la actualidad podríamos llamar, el uso de “Censura al deseo político”.

Cuando hablamos del deseo, estamos adentrándonos en uno de los aspectos fundantes de la condición de sujeto, el deseo podría definirse como el combustible mediante el cual el hombre encuentra sentido, sea a corto, mediano o largo plazo, a sus acciones en un mundo que no le da explicaciones del porque ni el para qué ha venido ni tampoco del porque o del cuando se irá.

Este elemento indispensable para el cuerpo y el alma del hombre, no es, como podríamos suponer a priori, de acceso libre e individual al mismo, es decir, si bien es una “sustanciación” en la que necesariamente interviene a solicitud o requerimiento de una individualidad, se conforma ese acceso mediante la interacción con lo social, en donde más temprano que tarde, esa interdependencia útil entre individuo y sociedad puede trocarse en condicionamiento expreso sobre la libertad de acción y de elección individual por sistemas o culturas opresivas o cerradas.

Podemos encontrar razones en lo que esgrimimos en el campo de la psicología acerca de cómo repercute un deseo, que se socializa y vuelve al individuo tras esa interacción:

“En la personalidad neurótica de nuestro tiempo (1937) afirma Sigmund Freud que las condiciones de vida, principalmente en los grandes centros urbanos, son factores decisivos en las neurosis. Porque ponen al individuo en un estado de frustración perpetua: riquezas inaccesibles en un mundo duro en el que el dinero todo lo permite; mundo en contradicción con la enseñanza moral y religiosa y en el que la desigualdad de los bienes crea en los individuos un estado de tensión y aun de hostilidad. Lo que en cambio se le ofrece en abundancia son posibilidades imaginarias de satisfacción a través de la radio, el cine, la televisión, las innumerables revistas, etc., que son otras tantas compensaciones alucinatorias que contribuyen al desequilibrio mental. “(F.-l. Muller, historia de la psicología).” 

Para galvanizar lo trascendental que significa el deseo, vamos en busca de un pasaje de un cuento de Borges, en donde el autor refiere, desde una visión muy particular y verosímil, acerca del mismo;

“El dictamen quién mira una mujer para codiciarla, ya adultero con ella en su  corazón, es un consejo inequívoco de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan que si no hay bajo los cielos un hombre que no haya mirado a una mujer para codiciarla, todos hemos adulterado. Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria” (La secta de los treinta, Jorge Luis Borges).

Por más que se piense o se sienta que nada podrá ser modificado con lo que hagamos o dejemos de hacer ante las elecciones, no por ello debemos renunciar al deseo de que así lo sea, de última, la razón de ser y de existir de la democracia es su condición de expectable, de algo que no sucede, pero que promete que algún día sucederá, por más que íntimamente sospechemos que nunca, finalmente, ocurrirá. 

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