La redención

Entro en la compañía de seguros donde trabaja. Está sola, tras su mesa, con rostro desolado. Me siento frente a ella como si fuera un cliente más. Al hacerlo me regala la envolvente sonrisa que la entidad le habrá inyectado durante los cursos de formación. Sacando fuerzas de la nada, con las piernas y la voz temblándome, le cuento quién soy yo. Acabo de cumplir quince años de condena tras asesinar a su marido.

A medida que avanzo con el relato, sus ojos me escupen rabia y dolor. Luego, cuando enseño y degrado mi arrepentimiento, su cara se va transformando en pena y sus lágrimas traicionan su entereza.

Me arrastro y suplico su perdón. Le digo que, si no puede hacerlo, lo entenderé. Antes de responder se queda casi un minuto muda, mirándome y reflexionando sobre aquella sobrecogedora situación. Finalmente sus ojos se hinchan de esperanza y me contesta con otra pregunta: “Por favor, ¿podrías contratar una póliza de seguros?”.

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