La politocracia o el triunfo político del muro
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Así definía los regímenes bajo la férula de la ex URSS, Bogdan Denitch (“Son los grupos  dominantes los que valiéndose de un unipartidismo de facto, detentan el poder político, social y económico… antes que señalar como una aberración la justifican como la evidencia de un racionalismo serio, además aunque merced a una adecuada formación política y académica fomentan la participación de las masas-normalmente las rurales o bien las urbanas que no pertenecen a la clase obrera, estás se hallan excluidas del ejercicio del poder como tal… importa sobre todo que se abstengan de promover instituciones u organismos independientes”. Denicht, B. “Más allá del rojo y verde”. Siglo XXI, Editores. Pág. 90-91. México. 1991) y pensar tal caracterización como parte de la historia es un craso error, no sólo por la actualidad política en donde los muros vuelven a ser pensados como un salvoconducto hacia algo positivo, sino que sobretodo porque en la obra del sociólogo citado, la comparación con el occidente liberal democrático, que prevaleció tras la guerra fría, la politocracia, que supuestamente había sido vencida, se inoculó allende el lado del muro triunfador. Lo único que varió, como metodología, no como finalidad, es que en vez de partidos únicos, existen, multiplicidad de expresiones que no llegan a ser manifestaciones ideológicas o de contenido político filosófico, o de representación de proyectos, sino meros instrumentos de facciones de poder que se lo disputan como un botín, como en tiempos prehistóricos. La politocracia adoptó la diferencia entre fin y clausura (en términos de la deconstrucción) “Sí en el primer caso se trata de una extensión definida por el exterior que la excede, en el segundo se alude a su falta de exterioridad, pues nada la desborda: porque ya siempre ha comenzado, la representación no tiene, pues fin.” (Navarro Cordón, J. “Perspectivas del pensamiento contemporáneo.  Editorial Síntesis. Pág. 23. Madrid. 2004). Es decir, invirtió el sendero de lo uno y lo replicó a lo múltiple (que a su vez se multiplica infinitesimalmente por el alcance de la técnica que disemina lo mismo, subdividiéndolo todo hasta desarticular lo elemental tanto en física, como la representación misma, en la política) y tras la caída del muro, la historia que se repite  dos veces. La primera como tragedia, la segunda como farsa (Marx, K.: “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, Longseller, Bs.As, 2005, p. 17. La frase original de Marx, aparecida al comienzo del libro señala: “Hegel dice, en alguna parte, que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se repiten, para decirlo de alguna manera, dos veces. Pero se olvidó de agregar: la primera, como tragedia, y la segunda, como farsa”) amenaza a convertirse en algo que predictivamente puede adjudicársele al pensador Alemán al que tantas profecías o facultades proféticas se le han pretendido otorgar, Donald Trump mediante. Coincidencias al margen, entre un Alemán, tanto el pueblo teutón como víctimas y victimarios de lo acontecido con el primer muro y a fortiori los campos de concentración, o como caldo de cultivo que devino o derrapó en la división del gueto internacional y un Norteamericano, como expresión nítida de una cultura imperial que venció a la anterior al precio de seguir venciendo infinitamente, pero en tal lectura (otra vez en términos de la deconstrucción) antes que repetición, avanzamos por la creación, a riesgo de embelesarnos con reconstruir el sentido, cayendo en la arbitrariedad, creemos que quienes no somos ni uno ni  otros (ni Alemanes o Norteamericanos, o un lado u otro de los muros) padecemos lo que afirma el adagio africano “Cuando los elefantes pelean, es la hierba la que sufre” a lo que Denicht agrega que los entonces Yugoslavos, adosaron “También sufre la hierba cuando los elefantes hacen el amor”. En este lugar de exclusión, de segregación del cuál somos, hasta más victimizados por nuestros propios colegas afectados en grado sumo por las viejas fiebres del academicismo eurocentrista (los eurocéntricos al menos nos siguen dando cierto valor, al menos como lo exótico que representa para ellos nuestra perspectiva, por más que esto mismo, obviamente represente una capito diminuti o una desvaloración en sí misma) endilgándonos las más proverbial de las indiferencias, por no llamar actos crasos de censura, para que nuestras posiciones no sean publicadas o difundidas, aduciendo cuestiones personalísimas como en los tiempos más crudos del macartismo, lo cierto es que en este llamado tercer mundo, tercera vía, o como se quiere llamar, hacemos también que las cosas sucedan. En un lugar del globo llamado Brasil, Desidério Murcho, escribe, en su obra “Filosofía ao vivo”. Editorial Oficina Raquel. Pág. 13-14.Rio de Janeiro. 2012.  “La palabra democracia adquiere un estatus casi mágico. Presupone que es una cosa buena que todos deseamos…Es difícil encontrar en un diario en la actualidad, a alguien atacar abiertamente la democracia…A pesar de tener hoy la convicción profunda de que la democracia es un régimen político deseable, podemos estar engañados. Tenemos que analizar cuidadosamente las razones a favor de la democracia”.

Podríamos destacar que para el occidente académico, tal vez imperial, Brasil no sea una plaza filosófica a tener en cuenta, pero Murcho, sin embargo no sólo se atreve a lo que pocos, sino que además es producto, de una casualidad que lo excede. Tal casualidad es que cuando publicó su libro (hace un lustro) no imagino (o sí) que cinco años luego, el principal empresario de su país, el más rico, y tan carioca (o habitante de Rio de Janeiro, donde se editó “Filosofia ao Vivo”) Eike Batista, haya sido arrestado (en el juego de las casualidades, este señor fue arrestado tras llegar de un vuelo de Nueva York a Río, teniendo la doble ciudadanía Alemana…) producto de las derivaciones de la investigación de corrupción política más colosal que se tenga memoria en América Latina (Lava-Jato, donde sólo el ex gobernador de Río de Janeiro, Sergio Cabral está acusado de fugar a sus cuentas personales 100 millones de dólares), como producto esencial, estos hechos de apropiación de bienes públicos, como una de las pruebas irrefutables de lo que decía Bogdan Denicht (el para los países de la ex URSS) acerca del reinado de la politocracia, nosotros haciendo extensivo, o la clausura que esa politocracia, trepo el muro, se filtró del muro y reina en nuestras democracias occidentales que son politocráticas. Podríamos continuar hasta el hartazgo con los indicios de lo señalado con hechos concretos, la cleptocracia como conducta avalada y promocionada (no son pocos los politólogos que caracterizan a procesos políticos de tales) el nepotismo y la amigocracia como vías de acceso primordiales a los espacios gubernamentales, representación o simplemente de prerrogativas o conveniencias (Los Cariocas, pagan tanto a la ex mujer de Cabral, como a sus hijos los servicios profesionales de decoradores de interiores…) pero esto se los dejamos a los diarios, esos en los que escriben quiénes se ponen de uno u otro lado del muro, o de esas falsas trincheras políticas, para hacer su agosto, pero que no por ello, debería cercenar nuestra posibilidad de expresar que este politocracia nada tiene que ver con la democracia en la que dicen que habitamos.

En el mismo tiempo en que se última este artículo, cientos de miles, como en tiempos del primer muro, de Rumanos en Bucarest, desafían al frío y a la indiferencia, para protestar por reformas políticas a favor de reducir las penas por actos de corrupción política.

Si no avanzamos al fondo, nos quedaremos en las formas. Tenemos que analizar mejor lo sucedido en los tiempos de la guerra fría, para evitar la repetición de la historia u otro muro. Probablemente la democracia occidental liberal que se impuso a Oriente, en verdad fue tan sólo una puesta de escena, una escenografía habilitada con el único fin de prevalecer sobre lo que ofrecía el eje rojo. Posiblemente la democracia como tal no haya ejercido aún, o tal vez tenga otro nombre.

“Cuando me enteré de que había llegado a Buenos Aires el doctor Johansen, reputado constitucionalista, fui  a visitarlo…Venía del corazón del África donde paso una larga temporada, junto a monos de esa raza tan comentada últimamente en algunas publicaciones, porque habría desarrollado aptitudes poco menos que humanas…Pregunté a Johansen qué lo había impulsado a emprender una excursión más propia de un etnólogo, o de un etólogo, que de un constitucionalista. Quizá debí pensar en lo que usted ahora me dice-contestó- pero fue por mi condición de constitucionalista que me invitaron. Me llamaron para que diera un diagnóstico. Estaban empeñados en averiguar por qué, al amparo de instituciones tan sabiamente planeadas (son un calco de las nuestras) cayeron en la decadencia y en la miseria. La situación, por lo insólito, me pareció estimulante. Me aboqué a su estudio. Después de un año y medio de trabajo dilucidé el enigma y tuve que huir, en plena noche, para que no me mataran. ¿No dijo usted que son contrarios a la violencia? Lo son. De modo general, lo son. Pero viera cómo se disgustaron cuando les dije que habían fracasado porque eran monos”.( Bioy Casares, A. “La república de los monos”. Editores Emecé. Buenos Aires 1997).

Finalmente, en la casuística de la intuición (o aquello que va sucediendo sin que no nos los propongamos como teleología o finalidad) escucho al gobernador de la provincia tercermundista (siempre para los que tienen el báculo de calificar) realizar declaraciones políticas, costumbristas, focales, sucintas, hasta que, para mí sorpresa, musita “Tenemos que cuidar la democracia”. Claro que no es una cuestión semántica. Los privilegiados por el sistema, quieren cuidar la politocracia, lo extraño es que con todo el poder, y con toda la indiferencia que nos adosan a los críticos, sientan el riesgo, expresen públicamente el temor de que tal vez, ya somos demasiados los que nos dimos cuenta de que trata esto y, en una de esas, más temprano que tarde, algo se nos ocurre hacer.

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