La necesidad de nuevos límites en Occidente o acerca del Dilema del Erizo

Geopolíticamente, Occidente necesita, en grado sumo e imperioso, redefinir sus límites, estableciendo con ello, nuevas pautas de convivencia que dignifiquen la razón y el sentido mismo de la humanidad. Encontrar la distancia exacta para no fenecer por el frío extremo, impulsado por la crudeza de la supervivencia en solitario, antes que ser pinchado por la proximidad de la espinas del otro, era el dilema que debían resolver los erizos, tal como magistralmente lo anatematizo  Arthur Schopenhauer. Sería un reduccionismo absurdo el volver a sentenciar que los límites geográficos son imaginarios, pues ya han pasado de la realidad a la híper-realidad. Sí queremos concebir a la política mundial, subdivida en lo que los geógrafos llaman continentes, estaremos haciendo geografía, no política, mucho menos, filosofía política con un sentido geopolítico.

Tanto África como Asia, ya están en Europa. Europa huye de sí misma, y un poco hacia América o Latinoamérica, que en verdad son lo mismo.

Sí de algo pueden servir las llamadas crisis migratorias, las extensiones de los estados de excepción como son los campamentos de refugiados o hasta incluso el dolor de las víctimas, reales como potenciales, de la irracionalidad terrorista, es que nos debemos como humanidad, el volver o tal encontrar de una vez, al menos falsa o eidéticamente, un frontispicio (término escogido por su vinculación con el concepto de frontera, como límite de lo limitante) en donde lo otro, no tenga que ser necesariamente un objeto a conquistar, a convencer a someter, ni tampoco, en el afán de no hacerlo, convertirnos en objeto de eso otro. Ni infierno, ni cielo.

El dilema del erizo en su plenitud política. Tomando en cuenta tal vez su noción más íntima de lo humano, como lo hizo Freud, desde la perspectiva de la psicología, en relación a lo que expresaría el dilema en cuestiones del amor.

No podemos alejarnos como comunidad, partir de los otros, hacia un no lugar, o un reducto o gueto (las experiencias de los barrios privados o cerrados, de los más pudientes, con cámaras de seguridad, vigilancia permanente, es revelador en este sentido) ni tampoco expulsar a quiénes, en connivencia y complicidad con una facción, con quiénes seguramente compartimos el temor y la inseguridad de no enfrentarnos a lo incierto (como si algo en la existencia fuese cierto o certero),  consideremos, facciosamente, peligrosos, agregándoles cualquier tipo de adjetivación denotativa que nos sirva a tales y egoístas intereses, por otro lado, absurdos.

Cómo tampoco es verdad que quepan, inocente o románticamente, todos los mundos en un mundo. En tal proximidad, como los erizos, pegados unos a otros, terminaríamos pinchados, sin ninguna duda, prevaleciendo sólo la ley de la supervivencia del más apto, que en los últimos siglos, se constituyó como la finalidad misma de la política, que la política, como metodología se encarga, de suavizarla o edulcorarla, bajo sus supuestas formas institucionales o democráticas.

Sí entendemos que el límite, cómo condición imprescindible de la vida en comunidad, se establece no en la tierra, ni en el afuera, sino en el adentro, o en la concepción que tengamos de la humanidad, estaremos dando un gran paso, que posiblemente nos lleve un tiempo, terminar de dimensionarlo. Porque más luego de esto, serán los políticos, o en su defecto quiénes piensen de esta manera y luego tengan que hacer política, los que tendrán que llevar a cabo esta subversión del orden establecido, que aún no terminamos de entender, que ha ya dejado de ser útil, hasta para quienes miran a la realidad, desde su vértice.

El eje, que se propone reconstituir va mucho más allá de su definición semántica, y ni que decir de las naciones-estado que podría incluir en su propuesta o manifiesto de base.

Los que planteamos este entendimiento, más que una plataforma o base de propuestas, sino como un llamado a que nos comprendamos mejor, provenimos de un lugar hispano-hablante, de tierras en donde el sincretismo cultural se han dado producto de situaciones a la que no queremos volver, como tampoco volver a plantear como rencillas de una historia que nos impulsa a mirar nuestro aquí y ahora, hacia el futuro.

Pensamos en ese futuro, en que el límite que construyamos, nos separe, de lo violento, de lo irracional y de lo que atente contra lo vivencial. No creemos, o ya dejamos de creer, en arribas y abajo, en los términos, como en los conceptos de la revolución francesa. Ya sucedieron muchas otras revoluciones, como evoluciones, de las que deberíamos abrevar, y prestarle aún mucha más atención. Sobre todo, para redefinir el contrato social, que es ni más ni menos, que las reglas de juego básicas de nuestros sistemas políticos.

El capitalismo o el sistema, no pueden ser tratados, sin antes, trabajar sobre los pilares o lo subyacente de esto mismo, esas peticiones de principios o puntos de partida, que son las reglas de juego.

Siguiendo el dilema del erizo, en caso de que tengamos que tomar una definición colectiva, no la podríamos tomar, si dentro de la sala, somos cincuenta y fuera de la misma, son doscientos. Desde adentro, la mayoría, cree que antes que dejarlos entrar a los que están afuera, o de que todos salgamos afuera, para ser todos, debemos establecer las reglas de juego, de tal manera, así se imponen en esa mayoría que no es mayoritaria, ni tampoco justa, ni idónea, criteriosa o razonable, pero determinan las reglas de juego, en la que experimentamos nuestra actual democracia representativa.

Este eje, llamado de la manera llamada, por las razones expuestas (tal vez azares, que no son tales, por nuestros límites de entendimiento) es decir, por el lugar en el que hemos sido arrojados desde el no tiempo, de un no lugar, que nos amenaza a volver a atrapar, como la eternidad, pretende, que el todo, lo constituyamos entre los que somos, no entre los que estamos adentro de un sitio, o de un límite establecido, por algunos manipuladores, que tras esta segmentación construyen hasta sus argucias filosóficas, que algunos llaman, solemnemente, sistemas.

El encontrar ese todos, es que el nuevo sujeto de lo democrático, sea el pobre, el marginal, aquel a quien el contrato social (es decir todos nosotros, cómplices por acción u omisión, o solidariamente responsables) estafo, engaño y violento en su dignidad, despojándolo de esta misma, para que no pudiera tener ninguna chance, de su propia humanidad, a expensas de que otros, tengamos no solo una, sino varias, múltiples, casi incontables oportunidades.

Cómo verán, no se trata de cuestiones económicas, o de mercado. Es importante subrayar, esto nuevamente. Es una trampa, ya lo expresamos, que nos quieran hacer cambiar, la finalidad (es decir el capitalismo o el sistema) si es que no cambiamos antes, el canal, el ducto, el sendero, que inevitablemente, nos direcciona a ello.

El cambio de las reglas de juego, es lo que nos hará que tengamos en un corto, mediano, o  largo plazo, otro destino, que tenga más que ver con nuestra humanidad.

No hablaremos de las anteriores experiencias fallidas o aspectos de diagnóstico, que sobre pueblan, nuestros sistemas de información, como nuestra capacidad de comprensión y que terminan, haciéndonos dudar, el próximo paso, que es el obvio, el necesario, el imprescindible, el que nos salvará del espinazo del otro erizo, sin que nos conduzca a que perezcamos, en soledad, ateridos.

Este eje, tiene que ser asimilado, pensado y reflexionado por todos y cada uno a los que llegue. Ser departido en ámbitos de charla colectiva, tertulia o ensimismamiento.

El dilema que tendremos que resolver, quiénes propalamos esto, es si convencemos a los que gobiernan, de que esta es la salida, el camino, el sendero por el cual nos tienen que hacer transitar, o si, ponemos una pausa en lo teórica, salimos del límite de las bibliotecas y de las aulas, y nos proponemos el ser nosotros quiénes tengamos que gobernar.

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