La necesidad de la estética en los políticos
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Recientemente estamos asistiendo a manifestaciones públicas de nuestros políticos en las que demuestran de manera ostensible un gran desprecio por aquellos que no comparten sus ideas y donde «el venirse arriba» se evidencia de manera consciente en forma de arrogancia y menosprecio. Veamos dos ejemplos. El primero sucedió durante la moción de censura al gobierno del pasado 13 de junio de 2017, en el que podíamos ver al ministro Méndez de Vigo leyendo el libro “Cervantes y el trasfondo jurídico del Quijote”, de Luis María Cazorla Prieto –o al menos simular que lo leía- de manera ostensible, mientras su opositora política Irene Montero, emitía su discurso. El segundo ocurrió cuando otro ministro, Cristóbal Montoro decía una semana después, el 20 junio de de 2017 en el Foro Cinco Días que había que darnos zanahorias: «Tenemos que tener zanahorias para la negociación», dijo, como si los ciudadanos fuéramos burros que anduviéramos buscando con la vista la anhelada recompensa colgada de un palo mientras llevamos a cuestas al jinete realizando el trabajo de desplazarlo sobre nuestras costillas de manera inconsciente, sin pensarlo, centrados y estimulados únicamente por la visión de la apetitosa zanahoria.

Parece evidente suponer que la experiencia política, tanto del señor Méndez de Vigo como del señor Montoro les hace saber que todo aquello que hagan o digan en la plaza de pública delante de una cámara, va ser emitido y repetido por los medios, por lo que su comportamiento no cabe achacarlo a despistes o descuidos. Más bien puede parecer que haya incluso algún rasgo de narcisismo oculto, por lo que se busca la intencionada y anhelada fotografía, convirtiendo en estas ocasiones al periodista en un mero instrumento de la intencionalidad exhibicionista del político.

En el acerbo cultural se refiere que la mujer del César no sólo debe ser casta, sino parecerlo. Resulta fácil comprender que a nuestros políticos les fastidie sobremanera perder la mañana o la tarde en el Congreso de los Diputados, escuchando un discurso de un contrincante que no comparten en absoluto por un mísero sueldo de tan solo 70.714 euros anuales más gastos de representación, pero ¡qué le vamos a hacer!, es un sacrificio que deben aceptar al realizar voluntariamente este tipo de esforzado trabajo por el bien de todos los españoles. Si al ministro de Educación Cultura y Deporte no le gusta escuchar el discurso político de su opositora, al menos debe comportarse de manera respetuosa y educada con ella y si el ministro de Hacienda nos equipara a los burros, debería disimularlo, al fin y al cabo lleva más de veinte años en política gracias a esos mismos burros.

Miguel Díaz

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