La locura de Clara

Acaba de pasar Clara por delante de mi jardín dejando en el aire y en mi mirada el rastro casi perenne del particular gesto de saludo que me ha dedicado con su mano. Me he puesto a escribir sobre ella todavía envuelto en la música de su leve sonrisa. Antes de que llegara a mi altura he sentido una agradable presencia, como un soplo de brisa en la nuca, que ha provocado que levantara la vista del libro que tenía entre las manos y viera su figura cimbreante acercándose y borrando a su paso cualquier otro atractivo que estuviera al alcance de la mirada. Su caminar aparenta más fuerza que la piedra donde apoyo mi libro. La estela que deja a su paso es más sugerente que cualquier árbol que parezca querer alcanzar el cielo.

No, no estoy enamorado de Clara, al menos no más que la mayoría de los  habitantes de Nueva Sidonia.

Llegó, no sé hace cuanto tiempo, con su paso lento y decidido, moviéndose en un vestido multicolor que parecía acariciarla y que dejaba a la vista un seductor fragmento de piel en la base de su cuello desde el que, sin transición, mis ojos se dirigieron hacia su amable y penetrante mirada.

Clara se instaló en las afueras, en la antigua casa de Philippe, la que dejó para irse a recorrer el mundo y que nadie había utilizado desde entonces en recuerdo de su valor y simpatía. Ella, con sus propias manos y sin ayuda de nadie reparó cada rincón de aquella casa sencilla y cómoda, reconvirtiéndola a los pocos meses en un hogar que tenía el mismo aspecto del que abandonó el austero y decidido Philippe, pero en el que sus detalles: un nuevo color, la posición de unos libros, algunas plantas, unos adornos aparentemente colocados con descuido, habían convertido en algo nuevo y atractivo.

Desde que terminó sus tareas caseras Clara se dedica, en su vida pública, a pasear a primera hora de la mañana y al caer de la tarde. Muchos hemos adecuado nuestros horarios a ese ritmo tan suyo. Es una felicidad poder verla por la mañana como si convocara a la luz para que ilumine su nada evidente belleza.

Sus paseos vespertinos parecen recoger los anhelos que provoca su presencia y sembrar con ellos la tierra que pisa convocando a la noche. Al caer la tarde su paso a nuestro lado excita los sentidos y calma el espíritu, reparte la tranquilidad que las noches deben ser capaces de proporcionar y que, gracias a su fugaz presencia, se convierte en realidad.

Y alguien dijo que estaba loca

El aroma de Clara es el del mar encrespado en otoño, el de los brotes al inicio de la primavera, el imaginado aroma de la imaginación, el de las caricias delicadas tras el ejercicio de la pasión.

Y alguien dijo que estaba loca

Clara ha tenido y tiene, empleando una expresión pasada de moda, pero que cuadra muy bien con la inercia erótica de quienes la conocemos y soñamos, muchos pretendientes. O mejor sería decir que ha convertido a muchos de nosotros en pretendientes suyos. Su discreta belleza, su apariencia de ingenua seguridad, la delicadeza y firmeza con la que rechaza cualquier atisbo de caballerosidad por parte de los que hablamos con ella, nos convierte en monigotes un poco ridículos movidos por lo que nuestras propias limitaciones denominan sus artes femeninas.

Y alguien dijo que estaba loca

¿Quién dijo que estaba loca? En Nueva Sidonia no hay rumores, todo se trata en directo, pero en lo que se refiere a Clara alguien desató el infundado rumor de su locura, alguien que seguramente aspiraba a algo que no cabía en ella ofrecérselo. Alguien que anhelaba un sueño por soñar. Alguien despechado gratuitamente. Alguien que envidiaba las largas conversaciones que Clara mantenía con Hermes, el célibe, unas a la vista de todos, otras en la intimidad de sus casas. Alguien que se preguntaba qué harían juntos, qué se dirían. Alguien que intuía que callaban a ratos manteniendo sin violencia alguna el fluir de su relación, como hacen las personas que auténticamente tienen confianza mutua. Alguien que envidiaba la belleza que emanaban.

Es posible que aquel que inició el rumor rompiendo las amables costumbres de Nueva Sidonia, aquel que intentó agredir sin ningún resultado a esa compañera de la luz que irradia vida con sencilla generosidad, aquel que se encerró en una locura callada y tenaz, es posible, insisto, que fuera yo.

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