La ideología de la corrupción

Sí bien es atendible que observar la política práctica desde la perspectiva de la moralina de quiénes caen o no en el estercolero de los billetes mal habidos, puede resultar digno de un analista de poca monta, o de seres románticos añorantes de una moral victoriana, lo cierto es que para la ciudadanía, sea la que tienen opinión formada o le son formadas sus opiniones por medios de comunicación, es un sendero habitual en el que transitan para llegar al no lugar del descreimiento de la política y con ello a la horadación sistemática y silenciosa en la que se percuden, sistemática y escabrosamente, nuestras democracias occidentales.

Es muy sencillo criticar o recriminar, a quién no se acostumbra o se adapta a un determinado sistema, es demasiado fácil señalarlo como el irreverente por exceso que se ha quedado en la adolescencia, en la queja permanente, en la protesta lastimera, en la posición poco colaboracionista. Ocurre que el hiato, el espacio entre lo que le han dicho a ese sujeto, la forma en que lo han educado, no se condice con lo que esa misma sociedad le ha mostrado, a través de producciones cinematográficas, por intermedio del relato vivo de cómo se desarrollaba  aquello.

Vivimos en una sociedad que  nos eyacula precozmente, que nos incita al éxito inmediato que nos posiciona de forma tal en el mercado que con el mejor auto, paseemos a la chica más bonita (y por ende hueca, no porque el suscribiente lo diga, sino porque de tal manera las forma el sistema) y para ello el encuentro con los mandantes, estar al servicio de tales, porque el verdadero placer es ser sus personeros, sus perros falderos, de esos tipos oscuros, que manejan millones y que no se les para, que están más allá del sexo, de la familia, del amor, arrumbados en lo más parecido a un no humano y por ello en el pedestal máximo de la fantochada del poder.

Guarecidos en lo que se empecina en ocultar la política, porque son muy pocos los que se animan a plantear que se necesita un volver a arrancar para poner blanco sobre negro de los millones del poder, sin ir más lejos, próximos a cualquier elección en el pueblo occidental que fuese, se da por descontado que se precisan, muchos e incontables millones para una campaña política, está como naturalizada la operatoria como si se fuese adquirir cualquier bien de consumo.

Y en esa complicidad es en donde no deberíamos caer los que estamos en esto, de última, por más que sea un secreto a voces, tendríamos que sentir la obligación de señalar que esos millones se necesitan para ir (bajar se le dice porque inconscientemente el dirigente cree estar en un lugar superior al del votante) a los barrios donde la pobreza castiga más, para organizar una actividad en donde se hace algo, sea comer o compartir lo que fuere, cuando no un acto o mitín vano, pagarle al grupo de música, la movilización, los punteros, a los medios, los carteles, el consultor, la nafta y todo lo vinculado al circuito negro y renegrido de la política.

Porque quizá el empresario aporte a la campaña para luego prestar servicios y realizar obras con quién ocupe el poder, pero el puntero no, la necesita ya, por eso es negocio para el empresario adelantarle en la campaña al político, lo que lógicamente exigirá que le sea devuelta, por tanto, aquí radica la imposibilidad del político de desvincularse del empresario, porque se la puso cuando se le pedía el puntero que el político cree que hubo de ser determinante para su consagración.

El empresario compra esas prerrogativas y esos favoritismos sin que le importen banderas ni ideologías a lo sumo, estando en el tiempo y en el lugar indicado para financiarle la campaña a un amigo de jardín, compañero de la  secundaria o contertulio de copas.

El dirigente o puntero es el que no cambia ni de auto ni de barrio. A lo sumo engorda en las campañas, toma mejores vinos; tanto políticos como empresarios usan a estos que son los mismos para en turnos rotativos, intercambiar nombres, lazos de amistad o grupos de amigos, facciones.

Queremos decir con esto que los tres actores (empresarios, políticos y dirigentes) son títeres de lo preestablecido, simples ocupantes de un rol, que un lumpen narrador ha dejado vacante para desandar la tragedia de una obra funesta.

Y muchas veces estas historias tienen que llegar al gran público, a la peluquería, a los programas de la tarde, pero como una sociedad educada en la contradicción arriba referida, que nos pide que leamos a Platón pero en verdad está pendiente del culo de la vedette, precisa que el condimento de la historia se nutra de la modelo, de los mafiosos, de los autos, del impacto del polvo, del lechazo concreto, de los millones en los bolsos, que obviamente sale de la política, como bien dijimos no solamente por responsabilidad de los políticos sino del sistema que crea cada cierto tiempos estas películas, estas novelas.

Uno de los legados más preciados de los griegos, de los tantos que la humanidad le debe, es sin duda la instauración de lo que se da en llamar gobierno del pueblo (recordemos que en Grecia existía la esclavitud y no todos los habitantes eran ciudadanos), patraña efectista que perdura, extrañamente en los tiempos actuales, de vacío de ideas, de proyectos y de crisis constantes de legitimidad representativa. Tiempos crispados, o mediatizados, en donde esa idea fuerza, en donde se sostiene lo llamado democrático, no es más que un collage de fotos subidas a una red social, en donde la asistencia a esas reuniones partidarias, se puntea bajo el tilde de quién seguirá o no percibiendo el conchabo estatal, lo volcánico de lo que se expresa no es más que la mirada petulante del líder o en el mejor de los casos de un títere de este, banderas que más que enarbolar consignas o símbolos, cobijan mantos inveterados de sospechas e intrigas palaciegas.

Sostener durante siglos que el pueblo gobierna a través de representantes consagrados por voto popular, debe ser una de los engaños mejor construido por las clases dominantes, para tener a gusto y placer el manejo de la cosa pública y del coso del público.

Huelga destacar sin embargo, preguntase sí nada mejor le ha ocurrido a esta humanidad, a nivel político, que lo que se conoce como democracia, de todas maneras, ello no implica que esta sea perfecta o pasible de críticas que la pongan frente al espejo de su realidad.

Esa imagen que nos devuelve el espejo, acerca de nuestro gobierno del pueblo, al menos en nuestro microcosmos es la de una costra negra sobre un blanco mantel, un charco esparcido de líquido bilioso, de dudoso origen, que desentona y también atemoriza. Es que se ha creado, una suerte de casta, de clase, de familia, de grupo sectario o privilegiado, que asume, reiterada y reiterativamente la representantividad. No hablamos de lo que se da en llamar nepotismo o amiguismo, como fenómenos aislados y generados por déspotas de turno, sino como parte integrante de una petición de principios, inherentes a lo democrático, una definición marcada a fuego de que el poder es para pocos, pero que no debe ser reconocido en tal condición, todo lo contrario.

La pobreza, la marginalidad y todo lo que genera la exclusión (falta de educación, problemas con adicciones, etc) vendría a ser como la esclavitud moderna, es decir condición necesaria del gobierno del pueblo, así como los Griegos, idearon la democracia en las polis con ciudadanos con menos de cinco mil habitantes y un sinfín de esclavos, la versión moderna de nuestra democracia, sostiene la esclavitud, con una realidad aún más cruel que la del tipo encadenado y azotado a latigazos, más no así su imagen, a la que nadie presta atención, o a la que ya nos hemos acostumbrado (asentamientos, pisos de tierra, techos abiertos, panzas llenas de aire, mugre en las narices y en los cabellos, pies descalzos y rostros simiescos) a la que cada cierto tiempo, el de las elecciones, aquellos elegidos (los políticos), van, saludan, le llevan un bolso de comida, una ayuda, un beneficio, un instante de ciudadanía, para que en ese breve pasaje humanizante, estos lo convaliden con el voto que les brinda las prerrogativas a los políticos, ya transformados en la casta superior.

Somos pocos, los que leemos, los que entendemos, los que hemos tenido el raro privilegio de escaparle a la esclavitud señala, a la pobreza estructural que no nos hubiera permitido alimentarnos y con ello nos hubiese dificultado el desarrollo neuronal. Como si esto fuera poco, y para los pocos que entramos en esa segunda fase, las estructuras creadas para convencernos que el gobierno del pueblo es el elixir de los dioses, son más que efectivas y condicionantes. La educación, la religión y el trabajo, son las tres patas de una mesa que alinea, determina y somete, cualquier tipo de espiritualidad, o libre pensamiento, que se atreva a discutir esto mismo. En caso de que el ánimo del irreverente no sea controlado, la penalidad del encarcelamiento, la locura o la marginación, le esperaran al preso, loco o al imbécil. La medicina es la etapa final, o mejor dicho la antimedicina y su asociación con el desarrollo de lo técnico, le aguarda al rebelde con la guadaña afilada, de propinarle, mediante la excusa del stress y demás argucias de índole medicinal, un infarto, un cáncer o un derrame cerebral.

Escaparle a todas estas fases, debe ser un milagro, proveniente de alguien mucho más justo y ecuánime del que llaman Dios, y lo menos que se merece es una nota, como la presente, como para dejar testimonio que estas excepciones existen, para confirmar la regla

Pero todo es en definitiva cultural, como lo dijimos y quiénes comprendamos esto, debemos obrar no contra hombres, ni nombres, sino contra un sistema, que produce en serie a aquellos y en cantidades industriales a quiénes le temen a estos, la ecuación es fácil, no será posible convencer a la gran mayoría en tiempo acotado, sino más bien en tiempo prudencial, a quiénes están signados a ser popes por el sistema, es a ellos a quienes le debemos dirigir nuestras canciones y loas más efectivas para lograr cambios que se impongan y sean perdurables en el tiempo.

Y porque no desconocemos que los textos son diálogos en el tiempo, deseamos finalizar de la manera más sensata para lo filosófico, que es el reinado de la pregunta, dirigida a quiénes pueden detentar un circunstancial poder, para que las puedan responder en la magnificencia de sus soledades o en la grandiosidad de sus actos públicos.

Ni siquiera el tiempo te pertenece; porque le podes ganar otra batalla circunstancial a la adicción que te perpetra en el poder, corrompiendo la esencia de lo democrático y de la institucionalidad, por más que tengas a la norma electoral, amparándote, cobijándote, escondiéndote, como el pantalón de tu patrón, ese que te puso y te dio entidad política, social y económica; como te decía, puede que le arrebates a la ciudadanía unos buenos sueldos más, de los jugosos, estrafalarios y suculentos honorarios que te pertenecen por representarlo, pero vos, cada cierre de lista, tenes el Jesús en la boca, la respiración entrecortada, tu vida y por ende tu muerte, pende de esa lapicera, al que le imploras hasta la indignidad que te vuelva a signar, que te brinde la felicidad, ficticia y fugaz de seguir siendo alguien por un puñado de años más.

¿Para eso se han sacrificado tus padres? ¿Para eso han sucumbido al martirologio, que los condena en la senectud  a estar llenos de dolores, angustias y gestos mustios? Para qué la piltrafa humana en la que te has convertido, ¿le pida, le implore, le ruegue, le clame, a un hombre, tan igual, pero a la vez tan diferente a vos, que te vuelva a conceder otros años de gracia? ¿Para que tu prole te vea tan vencido, tan ultrajado, tan indigno de vos, como de ellos mismos? Para que los otros, que antes te ponían obstáculos, ahora se te hagan alfombra, para que los que te trataban con indiferencia, ahora te adulen, ¿para ser un actor de reparto en ese teatro de la hipocresía? Para todo ese concierto de valores de uso, que no tienen valor de cambio a nivel espiritual ni acabado del fenómeno humano, ¿es que seguís hipotecando lo que te resta de persona? ¿Por una turbamulta de billetes, que no pueden hacerte adquirir la tranquilidad necesaria para que puedas dormir sin el psicotrópico, sin el alcohol, sin el temor crepitante de que te levantes y termines viéndote desnudo, despojado de esa mortaja de poder que te arropa infantilmente?.

“Pues si uno por querer recibir dinero de alguien, desempeñar un cargo público u obtener alguna otra influencia, tuviera la intención de hacer las mismas cosas que hacen los amantes con sus amados cuando emplean súplicas y ruegos en sus peticiones, pronuncian juramentos, duermen en su puerta y están dispuestos a soportar una esclavitud como ni siquiera soportaría ningún esclavo, sería obstaculizado para hacer semejante acción tanto por sus amigos como enemigos, ya que uno le echarían en cara las adulaciones y comportamientos impropios de un hombre libre y los otros le amonestarían y se avergonzarían de sus actos” (Platón “El banquete” 183ª)

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