La falta de investidura política
Fuente: https://humanidadesquercus.wordpress.com

En tiempos eternos de idas y vueltas para formar gobierno, el tópico paradigmático por antonomasia, el asesino contumaz, oculto y mordaz, llamado “gestión del poder” (o la razón de, o para gobernar) agazapado, en todos y cada uno de los pretendientes a ser investidos, arropados con el manto protector y cívico del soberano.

“Podemos constatar en qué medida es pernicioso otro slogan de moda, el que sugiere que hay que gestionar el estado como una empresa. Entendemos que lo que quiere decir es que debemos tratar sus diferentes servicios con la única perspectiva de la rentabilidad material. La rentabilidad es solo una de las vertientes de la empresa, y que la otra son las ventajas simbólicas que obtienen los que trabajan en ella. Pero además el estado no es simplemente una taquilla de servicios. Posee un poder simbólico propio, porque ocupa el lugar de dios, cierto que no como objeto de culto, pero si como garante de la legalidad y de la palabra dada…El objetivo del estado no es la rentabilidad sino el bienestar de la población. Esta diferencia en los fines a los que se apunta incluye también a las administraciones y a las instituciones como escuelas y hospitales” (Tzvetan Todorov, Los enemigos íntimos de la democracia)

Hablamos de la verdad de Perogrullo que la política de un tiempo a esta parte, perdió una batalla, en la que continúa tristemente derrotada, en la lona, con pocas expectativas de franca recuperación. Tratase del cautiverio en donde la política ha sido sometida, por consultores, marketineros y un ejército de profesionales que en el afán del vil metal, han asestado un duro golpe a la institucionalidad.

Ese concepto, ladino, afrancesado, perverso  y todos los adjetivos calificativos que puedan ser aceptados por la Real academia, que le caben a la “Gestión”. Dícese de la anti-política, de todo lo representativo a lo antidemocrático, a lo vinculado a los años oscuros, a la violencia dictatorial, que nos lleva a los llantos de los torturados, a la mueca de horror de algún desaparecido, sólo representa, lo diabólico de venderle a la gente, algo que no es, timar al ciudadano, estafarlo en su buena y mala fe, tratarlo de estúpido, de tarado, de imbécil o mejor de idiota en su primigenio sentido griego (los que no se interesaban en asuntos público).

Debería corresponderle cárcel moral (vendría a ser un nuevo concepto de penalidad social más efectivo que el actual y anárquico escrache que lo expondremos en otra oportunidad), al funcionario que pretendiera hablar de gestión, travistiendo bajo ese eufemismo, su obligación, su responsabilidad, la justificación de su sueldo, el deber ser con su comunidad y su razón de ser como hombre en el sentido más amplio.

Es como sí el médico nos dijera que le tenemos que agradecer, tras haberle pagado y tras habernos diagnosticado, una cosa es que le demos las gracias otra que nos la pida, que nos haga sentir que además de todo, le seguimos debiendo, en este caso las gracias. Es como si vinieran todos los maestros y profesores (desde el jardín) de algún hijo recién recibido, supongamos de abogado, y nos pidieran que le hiciéramos una gran cena a cada uno de ellos, por haber sido condición necesaria del título de grado de nuestro vástago. O para terminar con el arbitrio de ejemplos, sí cada uno de nuestros patrones, se instalara un domingo en el sillón de nuestro hogar, para cambiar los canales del televisor, dado que nos da trabajo los días hábiles.

Esta canallada que se impuso por una lógica cultural que se propuso poner de rodillas a la política, tiene a sus defensores a ultranza que son esos petimetres que no tienen inconvenientes en cambiarse de calza para dar a entender una supuesta identidad política que la cambian al primer viento.

Expliquemos entonces, no ya lo que pensamos o creemos, sino lo que nuestros antecesores, nos han legado como las funciones misma del estado.

Podemos dar el salto a Hegel, en “La Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas” cuando afirma “La esencia del estado es lo universal en y para sí, lo racional de la voluntad, pero que en tanto está sabiéndose y actuándose es subjetividad simplemente y en tanto realidad efectiva es un único individuo. Con referencia al extremo de la singularidad como multitud de individuos, su obra consiste en general en algo doble: por una parte, en sostener a estos individuos como personas y por tanto en hacer del derecho una realidad efectivamente necesaria, promover luego el bienestar de aquellos individuos (bienestar que cada uno procura para sí en primer término, pero que tiene simplemente un lado universal) proteger a la familia y dirigir a la sociedad civil…Con respecto a la libertad política, o sea la libertad en sentido de la participación formal en los asuntos del estado por parte de la voluntad y actividad de los individuos que, por lo demás, tienen como tarea principal los fines particulares y los negocios de la sociedad civil, se debe advertir que por una parte, se ha hecho corriente llamar constitución solamente a aquel aspecto del estado que se refiere a una tal participación de esos individuos en los asuntos generales, y se ha hecho también corriente considerar como estado sin constitución a aquel que no da lugar formalmente a esa participación”.

La política no está en el funcionariado, en la gestión, en la oficina del Alcalde, en el aparataje Kafkiano, en el expediente que reposa en la oficina del gobernador, del despacho del Ministro, la política está en las ideas, que pueden venir de la cabeza, del corazón o del militar (pero una militancia, sin respuestas concretas, porque eso es asistencialismo u otra cosa) hablamos de ir, a un barrio residencial o de emergencia, a no llevar nada, ningún plan, ni programa, ni nada, tan sólo la presencia con la palabra, el encontrarnos en ese diálogo para saber qué es lo que queremos entre todos, en presentarles ideas, proyectos, pero nada prefigurado, premoldeado, por esas prefiguraciones de escritorio que destrozan lo más sagrado de la política.

La ciencia, lo académico y por ende nuestro mundo del logos, de la razón, o arriesgando un poco más, el propio orden indispensable (desde un semáforo, hasta el sentido de las calles) que nos generamos como comunidad, requieren de un compendio de aspectos ordenados y ordenadores, iniciado desde el sentido común y prorrogado por lo normativo.

Es decir desde el tiempo mismo, que sean las 4 o 5 de la tarde, con convencionalismos para ponernos de acuerdo, para dotar de equilibrio a las expectativas, a los derechos y las obligaciones, pero a lo que vamos con estas disquisiciones, es que cuando hablamos de procesos políticos, ocurre tanto igual, o exactamente igual.

Por supuesto que los “decidores “de lo político, que alambraron el supuesto conocimiento de la política (como mezcla de lo practico con lo teórico) querrán enmarañar su propio no entendimiento con datos, con rumores y supuestos saberes que no hacen más que confundirlos y por ende confundir a los que casi obligadamente tienen que escucharlos (como son parte de lo imperativo de la agenda política, como se las arreglan para estar en todos y cada uno de los medios y sus formatos, es un imposible el no vislumbrarlos y en todo caso ser hablados por ellos) de allí que la política sea tan aburrida para el común de la gente.

Primero que no es tan así, consagran tal principio, para generar un petición de principios, es decir para que sí uno no está de acuerdo, ya arranque teniendo que forzar su voluntad y manifestar su disconformidad (siempre es más cómodo en todos los órdenes de la vida, levantar la mano como son acusados siempre los legisladores oficialistas de cualquier oficialismo) y segundo que en el caso de que la política sea aburrida tiene más que ver, no con los políticos o la gente misma, sino con sus intérpretes, con sus analistas, con sus comunicadores, que no la saben presentar en sociedad de la forma más auténtica de cómo se manifiesta.

Esta es la política desaparecida, lo que con tantas palabras se pretende tapar u ocultar, una verdad que inexplicablemente para los que la usufructúan la necesitan esconder, probablemente por ese principio de filosofía política que reza que el poder es más vigoroso para los que lo ejercen cuando es menos evidente y ostensible para quiénes no lo tienen.

“Es evidente que el exceso de libertad que hay en la democracia acaba por reducirla a la esclavitud, porque es evidente que todo exceso suele conducir a su exceso contrario, tanto en las estaciones como en las plantas y en los cuerpos, y más que en ninguna otra cosa en los gobiernos” (Platón, La República).

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