La falsa estética del bienestar

Hoy, como otra de muchas mañanas de las que vivo últimamente, he estado un rato en el parque ,  intentando captar alguna historia. A las nueve de la mañana , todo está en calma. Solo se oyen los pajarillos que siguen sobreviviendo a las mañanas, y algún que otro grullo de paloma silenciosa. Corre un leve aire desecho de otoño, que me alienta a escribir esos versos prohibidos por el celibato de mi alma. La cafetería empieza a montar las mesas, que vacías, esperan la endemia del café. Un carro de la compra se mueve automático, mientras su dueña, indiferente, se preocupa por mantener bien refinado el moño. Al rato, la cosa se va animando lentamente. Una mujer camina con los tacones gastados, sin dejar intuir cual es la intención que tiene este mañana. No creo que vaya a hacer deporte en tacones, aunque hoy en día, podría ser. También hay un perro con su animal social. El perro no muerde. El animal es imprevisible.  Miro hacia el lago, y su agua se refleja en las palmeras, que sin entender todavía porque las han vestido de amarillo, quizás con una finalidad mesiánica que tiene las mentes del ciudadano común controladas. Creo que querrán  ver por el aire una hilera de farolas y árboles amarillos, en señal de una ilusión, que no tiene sentido ahora mismo.  Y yo me pregunto, que culpa tendrán los árboles de todo eso.

Y es que es el momento de abrir el debate de actualidad, sobre esa ilusión independentista que no tiene cabos atados, y que solo hace que marear a las masas, extasiadas de un deseo de libertad. La cosa va a peor. Primero pedían la independencia para su país histórico, ahora ya solo les basta con poder hacer una consulta simplemente para comprobar si la mayoría está de acuerdo. Poder decidir, lo llaman. Votar es importante. En mi opinión, otra nefasta idea de pastorear al rebaño. Si realmente la gente se siente de un país, la gracia está en no querer decidirlo, sino ir a por ello, puestos a desobedecer. Curiosamente la gente se ha manifestado solamente el día de la diada nacional( no pongo en duda el éxito), que curiosamente también es al final de verano y no hace frío. Me gustaría que toda esa gente que tiene ese sentimiento tan fuerte siguiera el ejemplo de Ucrania, por ejemplo,  y se manifestara por la noche, y a cuatro grados bajo cero. En este mundo, es así como se hacen las cosas. Hay que luchar, hay que sufrir. Es muy fácil convencer a la gente para votar una causa solo para reafirmarse como pueblo.  Yo tengo muy claro que la generalidad de este pueblo está de acuerdo con la dicha, y aunque podría salir que no, lo único que consiguen con esa desobediencia, es alterar mucho más a el enemigo, que solamente les va a poner las cosas cada vez peor. Estoy seguro que lo siguiente será que el mesías del señor Mas, después de ser crucificado por los demás miembros políticos que en su momento lo apoyaron( y que ahora niegan)se verá forzado a  convocar otras elecciones, con la finalidad de volver a corroborar el éxito de su mensaje. Yo quiero pensar que el conjunto de ciudadanos despertará, y se dará cuenta de que las cosas no se hacen así. Creo que no pueden marear tanto la perdiz, y que en vez de ovejas, cada uno deberíamos ser pastores de nuestro propio destino.

Sin ánimo de ofender a los que tienen ese sentimiento, muy respetable, yo podría comparar este tema metafóricamente con el sentimiento y la identificación que yo tengo de querer ser un elefante. Si. Resulta que desde pequeñito siempre me han gustado los elefantes. Me parecen unos animales muy sociables y bonachones, y me identifico mucho con ellos. Luego está lo del peligro de extinción, y la caza ilegal y furtiva del marfil, que deja entrever el incierto futuro de estos animales. Yo quiero ser un elefante. Y resulta que no estoy solo. Hay más gente que quiere serlo. Entonces nos ponemos de acuerdo y creamos el día del elefante, y tenemos tantos seguidores que se nos ocurre ir al congreso para pedir que se nos reconozca la identidad. Lógicamente, los señores del congreso, lo ven una idea disparatada; el elefante es un animal que vive en libertad, con su propio lenguaje y su propia vida, ajena a la humanidad. Además, queramos o no, somos humanos. No les interesa. Pero nosotros, nos seguimos sintiendo elefantes, pase lo que pase. Y es que una cosa es el sentimiento, y otra muy distinta es querer imponerlo contra una voluntad injusta y fuera de contexto en este legado de crisis que estamos viviendo. Podemos sentirnos elefantes, eso nadie nos lo va a quitar, pero quizás ahora no es el momento de autoproclamarse. Y lo mismo pasa con un país. Tu país son tus amigos, tu manada, y eso, nadie te lo puede negar.

Mientras tanto, en el parque, las cosas parecen seguir en calma. Me queda un cuarto de silencio, solo roto por una ciclista que cada día a la misma hora pasa apresurada por delante de mí. Pero no he querido describir la realidad. Esas cosas que uno ve, pero que son invisibles. Cada mañana un grupo de personas están sentadas en un banco alejado del parque. Son personas sin hogar, transeúntes de la calle. Personas que van perdiendo identidad, y que el único sentimiento que tienen es el de poder sobrellevar el día a día con lo que se le ofrezca a cada minuto. Los conozco. Estoy en un programa de voluntariado en que tengo contacto con ellos. Yo sé quien son, sé cómo se llaman, conozco sus vidas. Pero esas vidas a nadie les importa. Hoy, ni siquiera los he mencionado al principio del relato, cuando ha sido lo primero que he visto al entrar al parque. Personas que son personas, y que merecen el respeto y el cobijo de cualquiera. Pero vuelvo a decir, que eso no es importante. Para muchos ojos solo son desechos de la sociedad. Es mucho más importante querer sentirse de alguna parte, o un elefante.

Cuando ya me iba, uno de ellos me ha reconocido y me ha venido a saludar. Para ellos sí que somos alguien, aprecian los detalles y agradecen poder tener una conversación.  Y lo primero que ha hecho es decirme que tenía un pelo muy largo en la nariz.

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