La esencia pura y la conveniencia democrática: ser contra hacer
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Sin ponerse demasiados profundos o prolijamente telúricos, a veces da la sensación de que, de una u otra forma, siempre estamos librando la misma batalla desde la Grecia clásica, al menos en Occidente: el ser inmutable contra la dialéctica material e histórica que se va haciendo y transformando en la evanescente realidad que no se deja aprehender por un concepto fijo o definitivo.

A propósito del conflicto entre Catalunya y España, tales disputas filosóficas o ideológicas colorean bajo la superficie las múltiples declaraciones que venimos escuchando en los últimos días, provocando colisiones furibundas entre la razón fría y la caliente emoción. Las ideas de Parménides y Heráclito subyacen en las discusiones como trasgos maléficos o duendes traviesos que guían en la sombra las palabras de unos y otros contendientes.

Para los conservadores, quizá sin apercibirlo de un modo consciente, continúa vigente la doctrina del viejo Parménides, esa que dice que el ser, entre otras cualidades intrínsecas, es unitario, indivisible, inmutable e indestructible. Y que el no ser no es. Como corolario a su tesis asegura el sabio heleno de la antigüedad que del no ser no puede nacer el ser. Estamos ante el círculo perfecto del que nada ni nadie pueden salir a escena… ni tampoco entrar en ella.

Las secuelas de un pensamiento tan cerrado sobre sí mismo siguen teniendo un peso político inmenso. De ese ser casi divino e inefable nacen conceptos dogmáticos como la unidad de la nación o patria fundadora, la soberanía nacional y la legalidad. Pura esencia constitutiva formada en la mera identidad solipsista.

Ese pensar tautológico tiene sus aplicaciones políticas prácticas en sociedades no democráticas donde priman regímenes dictatoriales o totalitarios. Autoritarismo, fundamentalismo e integrismo beben de estas fuentes de presunta agua pura y cristalina. Estas formaciones han adoptado miles de métodos o formas sociales, pero todas ellas basan su idiosincrasia en jerarquías (sociedad esclavista, sociedad estamental, sociedad clasista…) casi fijas e inamovibles. Todo aquello que no sea conforme a esa descripción mítica e ideal cae en el foso del no ser, esto es de la nada absoluta.

Este idealismo metafísico creó un arquetipo mental que perdura hasta nuestros días. Es el statu quo, una situación que defienden a capa y espada las elites ubicadas en la cúspide social del capitalismo y que se manifiesta en la defensa rabiosa de sofismas tales como la patria, la soberanía del pueblo y los textos legales, que cuando se ponen demasiado eruditos o líricos denominan estado de derecho o constitución.

Lo cierto es que la perspectiva parmenídea del mundo hacía aguas por todas partes. Su visión fue arrasada por la realidad histórica preconizada por su coetáneo Heráclito, otro griego ilustre presocrático.

Para Heráclito “todo está en movimiento y nada dura eternamente”. Este sencillo aforismo en apariencia es una bomba de relojería de incalculables consecuencias. De hecho, Heráclito, tal vez sin pretenderlo, regala la llave maestra para que los esclavos, las mujeres y los siervos salgan de su no ser como sujetos activos de la historia y den un salto político asombroso al transformarse en roles protagonistas con conciencia de sí mismos del devenir histórico.

De las revolucionarias ideas heracliteanas surge la diversidad encerrada hasta entonces en unidades ficticias y rígidos esquemas ideológicos. Las pirámides sociales se resquebrajan. Los privilegios fundados en linajes de leyenda o estirpes divinas caen por los suelos. Todo está por hacer porque hacer es la obligada existencia cultural del ser humano.

La democracia se nutre de la diversidad, de intereses contrapuestos, de argumentos razonados y también de emociones a flor de piel. Podría decirse que el resultado da la praxis democrática son normas de conveniencia que se implantan después de la lucha de intereses en liza y de las controversias deliberativas entre las distintas facciones en disputa.

Por tanto, no existe la legalidad como tal. Ni la exaltada soberanía nacional. Ni, por supuesto, la tan manida patria de ternura indescriptible. La democracia es nada más y nada menos que conveniencia práctica que es superada por los cambios sutiles o abruptos que van sucediendo a cada instante en su textura social.

Abrazarse emocionalmente a momentos fijos e inmutables, negando la veleidosa realidad de transformación incesante de sí misma, es caer en la mentira radical o dogma autoritario de la verdad absoluta. Aquellos que blanden la patria, la soberanía popular o la legalidad como dogma son los que apuestan por soluciones de fuerza para restituir las esencias puras de una sociedad dada o una nación cualquiera, solapando sus propios intereses entre las banderas al viento manejadas por las multitudes ganadas para su causa. De estos énfasis emocionales emergen guerras, represiones policiales y golpes militares.

La democracia es puro diálogo y contraste de pareceres entre adversarios o enemigos. La paz impuesta lleva el germen del resentimiento del perdedor o vencido que alguna vez volverá a salir a la palestra cuando las condiciones históricas así lo propicien.

Escuchar, dialogar, comprender, negociar. La legalidad siempre se está haciendo y siempre se verá superada, más tarde o temprano, por la realidad social. A corto plazo, la victoria puede decantarse por la fuerza bruta, pero a medio o largo plazo, la intensidad de la realidad democrática dará la razón a los que entienden el mundo como una expresión plural de una convivencia libre y contradictoria.

Sirvan estas líneas para ilustrar desde un punto de vista pacífico el conflicto actual entre las huestes unionistas y las multitudes democráticas afincadas por igual tanto en el territorio catalán como en la vasta geografía española. En ambos bandos o latitudes cuecen habas, esto es, hay súbditos adscritos al equipo del ser indivisible y ciudadanos inscritos en la diversidad ideológica del diálogo razonado desde la empatía sincera con el otro o los otros. A buen entendedor… pues eso.

Aunque siga viva y coleando, la historia ha refutado la doctrina de Parménides. Como dijera Heráclito, todo fluye en constante discusión con todo, del no ser invisible y aherrojado en las actitudes conservadoras han nacido sujetos políticos de muy diversa índole. Que se lo pregunten si no a los esclavos, a los siervos, a las mujeres, a los indígenas, a la comunidad LGTBI, a los países colonizados, a la clase trabajadora… El etcétera es interminable. No hay legalidad ni patria que pueda ser cárcel eterna del ansia de libertad.

Parménides de Cataluña

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