La empresa y la religión, estatus de impunidad
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La democracia no inspira ni a la empresa capitalista ni a las religiones, principalmente las tres grandes de un dios único, el cristianismo, el Islam y el judaísmo. Las dos son instituciones ubicuas en el concierto internacional y de las que es muy difícil escapar en la vida cotidiana de cualquier ciudadano.

En realidad el sistema democrático de corte occidental suele estar rapado por diversos motivos, siempre para controlar ideas, movimientos o partidos que puedan poner en cuestión el orden establecido. Las paradojas llegan al extremo cuando observamos que Trump será presidente USA obteniendo dos millones de votos menos que su oponente Clinton. La finta de la legalidad y de los subterfugios normativos se burla, una vez más, de la pura democracia. Y todos tan contentos.

Una cosa resulta evidente: democracia sin proporcionalidad justa es un régimen cojo y mentiroso que transforma la voluntad o soberanía popular en un factor móvil y moldeable por las elites y la demoscopia para sujetar y maquillar los resultados electorales, eso sin hablar de la distorsión previa de que la ideología dominante es a la vez la dueña casi absoluta de los medios de comunicación de masas, aquellos que permean, influyen y crean casi de la nada la denominada opinión pública.

No obstante, la falla más elocuente, y que suele permanecer  apartada en el silencio total, es que la institución laboral más poderosa, la empresa, está exenta del procedimiento universal de la democracia. Solo votan los accionistas, una minoría selecta que detenta la propiedad de la estructura laboral simplemente por el hecho de poseer los dineros o títulos legitimados por la sociedad para ser los únicos amos del proceso productivo. Y a nadie alarma esa excepción fundamental.

Y la negociación colectiva o las leyes que afectan al mercado de trabajo no pueden suplantar ese hueco tan elocuentemente eludido en el debate político. Tal asimetría se toma como un tabú sagrado que se encuadra dentro de lo consabido. La costumbre ideologizada de no hablar de ello permite a la empresa huir de la democratización de sus espacios de intervención propios o genuinos.

Damos por bueno que la empresa debe regirse de otra manera, de un modo peculiar y antidemocrático, al margen de votaciones plurales o mecanismos participativos. Porque sí, zanjando cualquier discusión crítica al respecto. Las derechas callan, por supuesto, pero también las izquierdas que otorgan un estatus de anormalidad normalizada a las relaciones laborales. Y ni desde la academia o desde del pensamiento radical se dice nada, aceptando ese silencio sospechoso como un dogma cuasi religioso.

¿Por qué se sigue manteniendo esa excepción antidemocrática hacia las empresas capitalistas? Es obvio, en el trabajo es donde el sistema se juega su razón de ser, el beneficio y la capacidad de controlar, supervisar y dirigir el resto de esferas sociales y políticas. También el credo ideológico que sustenta el edificio capitalista en toda su extensión.

La empresa no se toca. El beneficio empresarial tampoco. Ni, por supuesto, la relación de supeditación del factor trabajo a los intereses de los propietarios de la marca y del proceso de explotación laboral. Y no se toca porque es allí, en ese territorio de impunidad donde de verdad se hallan las esenciales contradicciones sociales entre los que venden sus habilidades profesionales y los que emplean esa fuerza colectiva e individual para sus propios fines. Fabricar, distribuir y consumir son momentos subsidiarios del beneficio empresarial.

Ahí nacen y se originan las auténticas libertades, en ese encuentro eminentemente antidemocrático de trabajar con las condiciones impuestas por el capitalista de turno. Las otras libertades, civiles y políticas, vienen determinadas por el instante elusivo del trabajo efectivo.

Un empresario te puede mandar al paro de manera fulminante y unilateral, mientras siguen en activo tus derechos políticos formales. El choque de legitimidades salta a la vista: la empresa dicta sentencia condenatoria sobre tus recursos económicos vitales prácticamente sin trabas a la vez que la democracia textual te mantiene vivo a efectos meramente estéticos. La aceptación mayoritaria de este evento singular vicia la democracia de realidad sustancial. Por eso se tapa esta secuencia tan importante con mensajes ideológicos que salvan a la empresa de los requisitos mínimos para homologarse como una institución plenamente avalada e inserta en el régimen que se llama a sí mismo democracia representativa, el culmen celestial de las posibilidades políticas justas y equitativas tanto en el terreno moral o ético como en el político y social.

La otra vaca sagrada de las instituciones más señeras de las democracias occidentales y satélites de la posmodernidad es la religión en sus distintas versiones o advocaciones sectarias. Y en este campo la palma se la lleva la transnacional católica, con Estado propio, exenciones fiscales por doquier, súbditos extraterritoriales en cada país o sucursal regional, primacía en los sectores educativos y asistenciales y un discurso hegemónico transversal que hace de la moral un saber exclusivo de sus mandatarios, ninguno de ellos (hombres) elegidos por la feligresía o sus fans más adictos.

Cierto es que la cuestión religiosa suele manifestarse en forma de controversia en muchos países, pero siempre consigue guardar para sí privilegios y excepciones con respecto a las obligaciones jurídicas en vigor de los diferentes países donde funciona. A pesar de la ciencia y de la razón, la irracionalidad religiosa continúa aferrada a su antigua y trasnochada fe: en ella se cobijan muchos dolores del mundo que no hallan una solución política efectiva a sus avatares privados. Ese consuelo sin salida es básico para mantener el statu quo. En ese sentido, la religión es como el fútbol, un espacio lúdico y ritualizado para sublimar el conflicto social y esconder las causas del devenir histórico y político en un momento dado.

La religión rinde grandes beneficios al neoliberalismo. Parece que amaga con criticar excrecencias morales sueltas del sistema-mundo, pero ahí se queda en la teoría dispersa y el asistencialismo caritativo de arriba-abajo de la emoción inmediata. Por esas razones tan poderosas goza de un estatus de impunidad antidemocrático en nuestras sociedades de la tecnología instantánea. Seca las lágrimas para que todo siga su rumbo en pos del beneficio empresarial. El más allá luminoso continúa siendo el faro metafórico más preciado para los indigentes del mundo.

La libertad religiosa esgrimida por los papas, imanes y rabinos solo es una argucia semántica para dar carta de naturaleza a discursos irracionales y hacer sus dogmas tan aceptables como las hipótesis científicas o las investigaciones sociales o filosóficas. Pero esa añagaza de libertad espuria es un trágala recurrente que engullimos casi sin rechistar. Las principales religiones viven del victimismo de una persecución universal ficticia: de ese humus falso sacan su enorme fuerza de convicción y proselitismo irracional y antidemocrático, vendiendo emociones a flor de piel a cambio de sumisión y liturgias espectaculares y vanas.

La religión y la empresa son dos instituciones complementarias que operan con diversas fórmulas magistrales. La empresa capitalista convierte la necesidad vital en beneficio contante y sonante mientras que las religiones trasforman el detritus de impotencia social y el dolor de la pobreza en alimento emocional que se sublima y reconduce al más allá de la gloria eterna.

Si fueran instituciones regidas por los procedimientos democráticos serían otra cosa y el sistema capitalista se vendría abajo por completo. De ahí que sean resortes insustituibles y tabúes que no permiten la crítica profunda de su razón de ser. Admiten críticas parciales pero jamás una revisión a fondo de sus fundamentos dogmáticos y existenciales. Ese silencio sacrosanto las mantiene al margen de la controversia pública y la acción política coherente. Ni las izquierdas populistas se atreven en sus diatribas furibundas con ambas realidades institucionales. Por algo será.

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