La democracia incierta que genera la incertidumbre institucional
Fuente: http://www.taringa.net/

Más allá de que la auto-referencia pueda ser catalogada como mera pedantería o egolatría vana, en este caso particular, es importante determinar que uno vierte su perspectiva desde un lugar específico. Seguramente más por el azar como necesidad que por otra cosa, intitule mi último libro de ensayos de filosofía política, “La democracia incierta” para determinar un diagnóstico, con una proyección correctiva (por más que suene pretencioso o ambicioso) acerca de nuestras instituciones políticas occidentales. Como seres humanos, luchamos fatigosa y paradojalmente contra la incertidumbre innata en nuestra propia condición, no logramos poder hacernos cargo que por más que preveamos, razonemos o creamos métodos y ciencia, nada podrá estar enteramente en nuestras manos. Nuestras democracias actuales son, por definición, inciertas. El presente caso de España es una muestra cabal de lo que hablamos y planteamos desde una óptica, filosófica y política.

Tal vez si no iniciático, una de los conceptos iniciáticos de la filosofía y del pensamiento occidental, introducido por Anaximandro, es la definición de lo engendrado, lo inacabado, el principio donde surge todo lo que perecerá allí. Con el paso del tiempo y de nuestros temores o de la ambición desproporcionada para vencer la naturaleza de ese temor, aquello que no tenía un curso, lo indeterminado, trocó en lo incierto, la humanidad se alarmo y le dio connotación diabólica  a lo que no maneja o no controla.

La exclusividad excluyente de pretender un mundo, en manos de un solo creador, interpretado por hijos dilectos o profetas, socava la armonía de quiénes depositan sus expectativas en aquello que provenga de sus sentimientos más fidedignos (que por lo general son múltiples, contradictorios, la caótica efervescencia en la que se manifiesta la libertad) éstos convertidos por la sujeción o conversos por condicionamiento, no tienen problemas después, de vehiculizar esa violencia, esa ira, ese odio que cultivaron en ellos, en actos de violencia, en heridas desgarradoras, diciéndose adalides de ese dogma que los ha vejado, están prestos a perpetrar cualquier tipo de tropelía en contra de esa humanidad que ha permitido que les supriman el derecho de creer en lo que rayos hubiesen querido. Esta radicalización, por no decir talibanización, descansa en el apotegma inescrutable de que les espera otra vida en un más allá imposible de escudriñar por nuestras falencias de las que en un segundo término, operan como persecución, en quiénes dictaminan que la falta de fe en tal trascendencia, puede resultar pecaminosa como ignorante, pero en igual caso, pasible de ser sancionada, excluyendo, nuevamente, al ya considerado marginal que no se atiene a lo establecido, como lo único, que para no ser presentado ante el mundo como arbitrario, se han permitido, subdividirlo en tres vías, que son ni más ni menos que la tríada conceptual monoteísta que impera en el mundo del logos, en el mundo de los conceptos. Las otras manifestaciones humanas, variopintas y por lo general, politeístas, no poseen otras consideraciones más que de carácter multicultural, exóticas, estrambóticas, o dignas de ser retomadas como si fuesen modas circunstanciales solo asequibles para señores ricos y aburridos, con derecho, ellos sí, a cualquier cosa y todo.

Lo más preocupante, de lo que aún no se discute, o no se ha planteado, es la socialización de esta discusión, pues sólo fue abordada desde el bostezo de lo filosófico,  esta violencia, esta corrupción imperial, esta vejación al espíritu múltiple del ser humano que es el substrato de su ambición de libertad, permite que vivamos y que continuemos viviendo bajo un mundo, supuestamente seguro, tendiente a lo armónico y pre configurado hacia una paz perpetua imposible, en donde los latrocinios se siguen llevando a cabo, básicamente, por el costo que pagamos por tener un mundo que nos pretende creyentes de un solo dios, llámese como se llame este, sus discípulos, hijos, profetas o seguidores.

Huelga destacar que no se trata de una cuestión religiosa, teísta o filosófica, es una cuestión política, pues este ordenamiento, este verticalismo, se difumina en todas las estructuras de ese sujeto al que sólo le queda creer, y casi colateralmente obedecer a un uno, llámese este caudillo, dictador o presidente. Para reconfigurar lo expuesto, en nuestras democracias actuales, se debería empezar a pensar en que los ciudadanos, en vez de elegir a personas que encarnen proyectos, ideologías, o letras muertas de lo establecido en partidos políticos, votemos directamente, proyectos, propuestas, modelos o formas de hacer las cosas y que la ejecución de las mismas, pase a ser un tema totalmente secundario, esto sí podría denominarse algo que genere una revalidación de lo democrático, pero no estamos en condiciones de hacerlo actualmente, primordialmente por lo que veníamos diciendo con anterioridad, el gobierno de ese pueblo, está en manos de uno sólo, a lo sumo, en cogobierno por un legislativo (con flagrantes problemas en relación a la representatividad, que sería todo un capítulo aparte el analizarlo) y supeditado a un judicial, que siempre falla, de fallar en todas sus acepciones, liberar la opción de ese pueblo, para que elija su gobierno, mediante las ideas que se le propongan, sin que sea esto eclipsado por la figura de un líder o lo que fuere, en tanto y en cuanto siga siendo uno, recién podrá ser posible, cuando su vínculo con la vida y la muerte, no tenga que ser anatematizado mediante la creencia o no creencia, que como vimos son las dos caras de una misma moneda, en un ser único y todo poderoso, creador de este mundo y de todos los otros, los posibles como los imposibles.

El filósofo o quién filosofa, es un dictador sin ejército o con soldados imprimibles en papel, desea, intenta dominar al mundo bajo un antojo argumental, la política o el político sin embargo, intenta, más allá de tantas cosas, obtener el control sin que nunca lo obtenga del todo, el político puede ser un dictador, circunstancial, pero nunca reconocerá tal situación, que pretende, en lo subyacente ese dominio real, el filósofo sin embargo, es honesto desde el inicio, y muchas veces, en caso de pretender ser un filósofo en la política, reconocerá los límites de lo imposible, por más que sea tentador, de trasladar la fantasía filosófica de dominar todo en la realidad, además de su presumible preparación cultural e intelectual, pese a ello, nada garantizará un éxito en lo político, lo que sí, el filósofo tiene más elementos para hacer política, que el político para hacer filosofía, sobre todo en nuestras tierras, muy ocupado en cuestiones menores, hasta para la política misma.

La intemperie de la nada, como producto o respuesta de eso otro, de eso no controlado que es lo incierto,  es la sensación más fuerte y fabulosa que podemos experimentar en la experiencia de la vida, ni la mejor comida, ni el polvo más intenso, ni la mirada más pura y candorosa de un hijo le asemejan, estar frente al mundo efímero siendo plenamente consciente de ello, es como volar sin prisa ni pausa, sin horizonte ni norte, haciéndolo simplemente para fundirnos en el viaje mismo, desintegrarnos en partículas para volver al todo, al cual pertenecemos y por el que imploramos regresar.

En él mientras tanto, este que llamamos, fútilmente vida (lo que se inicia y termina, de alguna manera está controlado, escapa a lo incierto, el tramo, ese estar) supuestamente hacemos y dejamos de hacer muchas cosas, pero en verdad en la medida del tiempo de lo que somos íntegramente, la vida vivida es como el fractal de tiempo en que decidimos tocar el botón del control remoto para cambiar un canal, la tecla del teléfono o de la computadora, el resto, lo sustancial, ese instante eterno es cuando todo y nada sucede a la vez.

Seguramente podrá parecer para algunos, un juego de palabras, un acertijo de intenciones o un truco de ilusionistas de los conceptos, en verdad vamos con el bisturí hasta el hueso, cavamos hasta la profundidad del núcleo y nos elevamos infinitamente, como cuando nacemos o abandonamos el mundo, como cuando nos duele algo, cuando estamos contentos, cuando comemos, cuando vamos al baño, cuando besamos, cuando lo hacemos, en esa suma de instantes de plenitud, que más luego pretendemos replicar o mantener o repetir, vanamente, es precisamente la razón de ser de nuestra finitud, de sabernos prescindibles, por más que pretendamos dejar de serlo.

Es como pretender captar, capturar o secuestrar el instante mediante una foto, contar, narrar o describir una vida, mediante una novela o una película, un divertimento menor en los tiempos del calvario cuando nos azota la certeza de sabernos enfermizamente débiles, suplicantes, originariamente creativos como para inventarnos el rededor de la vida.

Esa historia detenida, por nuestros miedos, por nuestras ausencia abismal de arrojo, para que todo valga lo que tiene que valer, esa sensación, única y pura, que no se repite, ni repetirá por nada del mundo, porque de eso se trata, el poder movilizarnos en un espacio en donde la repetición constante, la instantaneidad, las imágenes deconstruidas desde su misma inconsistencia ya no representen ninguna significación, que la implosión esperada en verdad sea el sendero que nos vuelva, o nos devuelva la magnificencia de volver a sentir, a ser lo que somos y dejamos de serlo, por la concavidad de aquellos espejos enfrentados, la vieja alerta de la caverna de la que aún no podemos ni asomarnos a la hendija que nos libera.

Es entendible la angustia de vivir entre la espada y la pared, es decir ante el prisma que vivimos en una sociedad donde nuestra clase dirigente, salvo contada excepciones, no posee, no ya principios, ideologías o ideas base, sí no una mísera noción de cómo pararse ante dilemas, que cada tanto aparecen, pero que nunca se pueden dejar de lado, porque vienen con nuestra historia, con nuestro ser.

Que nuestro “sistema” funcione, desde hace cientos de años, con millones de pobres, excluidos, marginados, un tercio cuando no, casi la mitad de la población en vastos de nuestros terrenos, no puede ser consuelo o perspectiva que nos incite a tener una mirada positiva. Las usinas en las que se viene enseñando a nuestros niños que el mundo debe ser habitado, y vivido, tal como su entendimiento o sus talentos así lo han indicado, nunca nos dieron resultados del que podamos estar mínimamente satisfechos. Ni la política, ni la juridicidad, ni la comunicación, tal como nos vienen “enseñando” desde esas perspectivas occidentales, nos ofrecen respuestas a las demandas de nuestras poblaciones, que no casualmente además de las hambrunas y la desigualdad, también padece, sus democracias inacabadas, sus sistemas punitivos que no redimen, ni expían, sino que exacerban las diferencias, las recrudecen en grado sumo.

Tampoco sus técnicas, ni de riego, de cultivo, o de producción de elementos, puede ser vista como un “avance” (ese es otro de los engaños, como sí la vida fuese una escalera o un dispositivo que tenga una bandera al final de llegada) dado que desde esa positividad de la técnica, no hacen más que enfermar el cuerpo de quiénes manipulan esos elementos como de los que los consumen, lo mismo que esos avanzados sistemas de detección temprana de problemas de salud, para que concluyan siempre en ese otro invento del stress que no puede ser visto, ni medido, por ninguna de sus máquinas que se preciaban de medirlo y observarlo todo.

Su mundo y su sistema, para no extendernos en cada uno de los campos en donde se aprecia que es un terreno fértil para que ellos se lleven la cosecha, producto del esfuerzo de nuestras siembra en nuestras tierras, no ha modificado en nada, la profundidad de nuestra humanidad, es decir, no es que mediante sus “lecciones” su civilización, vivimos muchos años más, o la calidad de los mismos, puede considerarse como sustancialmente mejor, no somos más felices, que antes cuando no nos cuestionábamos acerca de si lo éramos.

Lo más correspondido o correspondiente con lo que planteamos desde un inicio es no brindar una conclusión, o síntesis de lo expuesto, ni cómo corolario, ni mucho menos como una explicación acerca de algo que nos brinde una nueva batalla ganada, ante la eterna disputa a la que estamos condenados a salirnos perdidosos, aceptar el poder de lo incierto, sin que ello signifique claudicar en lo que deseamos, por más que esto mismo nos debata en contradicción con lo que pensamos y queremos epidérmica o sentimentalmente, podría ser una senda en el bosque, de los tantos existentes y a existir que nos llevarán a un lugar determinado, lugar que seguramente estará controlado por algo o alguien (conceptualmente) y en el caso de un no lugar sin este requisito, nuestra mente estará creando o recreando algo, para hacernos sentir, esa sensación de certeza, que podrá ser la muerte, como cesura del todo, la añoranza de la vida intrauterina como reflejo condicionante de un estado de conciencia, o la verdadera práctica de la filosofía, o mejor expresado la faz ontológica, el aspecto más crudo de aquello que le brinda sentido, haciéndole perder sentido a quién lo ofrece a esos otros que por intermedio de ese discurso o interpretación pretende controlar para no ser controlado por esa necesidad sustancial de la certeza o lo cierto.

La institucionalidad es la certeza que termina con la incertidumbre, que por definición y correlato lógico, debe estar manifestado o abrevado en lo incierto de lo democrático. La democracia incierta no debe atemorizar a nadie, y menos aún ser negada o tapada. Cuando los votantes asuman que todo puede pasar, es decir que elijan verdaderamente, sin condicionamientos de ningún tipo, estarán construyendo bajo las certezas de sus pretensiones, mientras tanto, seguiremos en la atrapante incertidumbre de la democracia, que como tal nos podrá otorgar, resultantes varios y de índole tan variada, como también, incierta, probablemente como reflejo de la vida misma, pero esto ya sería una cuestión metafísica como nos enseñó Anaximandro.

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