La democracia agonizante

La historia política occidental, conserva un ariete especialmente oculto, o muy poco evidenciado o socializado. El sistema mediante el cual se sostiene, precisa cada ciertas circunstancias que las conflictividades o tensiones, institucionales o democráticas, se resuelvan bajo la muerte física de alguno de sus hombres más importante o magnánimos. Estos crímenes, o magnicidios, nunca son debidamente esclarecidos o pasan a ser transferidos a la mano de obra de desquiciados o lunáticos. Desde el mundo Antiguo, hasta nuestros días, en las polis, imperios, países, confederaciones, naciones y demás corpus sociales en donde el poder se manifieste y exprese como latencia ineludible para discernir la imposición o la prevalencia  de una facción por sobre otras del manejo de  la cosa pública, veremos nombres y hombres que “necesariamente” han sido eliminados confirmando tal vez la tesis de que la “última ratio” es la violencia. De aquí podemos realizar también la debida y necesaria abstracción como para considerar que podríamos asesinar a la entelequia que dimos en llamar estado.

La irracionalidad del acto que da la vida, sea señalada como pulsión de vida, como acrobacia sexual, acción instintiva, como acto de fe, como elucubración de lo abstracto bajo el concepto del amor, arroja al humano al laberinto de lo incierto, en donde lo único inexpugnable es que de la manera que fuere, tras un cierto tiempo, indefectiblemente fenecerá. Esa finitud, que puede ser producida, que puede ser generada, que puede anticiparse a la naturalidad del límite, cuando tiene una connotación clara y explícita con los recovecos del poder, es definida como magnicidio. Sin necesidad de transformarnos en historiadores, damos cuenta que estos homicidios del poder, son mucho más comunes y recurrentes de lo que conscientemente tenemos internalizado. Es como sí nuestro sistema, tan prolijamente redactado, con principios tan humanistas y acabados en la garantía de todo y cada uno de los derechos humanos, tuviese esta cláusula, cuasi secreta o al menos en letra chica, que cada cierto tiempo, en los diferentes lugares en donde reina, aplica, mucho más de seguido y naturalmente de lo que pensamos, creemos e imaginamos.

El cadáver de la  entelequia que surgió como tercero, no en discordia, sino para la concordia, ante la posibilidad de conflictos entre seres humanos, comienza a desprender un aroma putrefacto, fétido y hediondo. Ya es indisimulable el difunto, por más que no queramos o no lo podamos creer, el occiso convive como tal entre nosotros. Ante la inminencia del inicio del proceso de duelo, las diferentes acciones que se reproducen hasta el hartazgo, en distintos sitios de occidente  por los medios de comunicación, son las muestras cabales de un llanto a mares, de la indolencia sentimental ante el despojo del que somos víctimas cuando la muerte, como presencia ineluctable, se nos apersona, imprevista e irrefrenablemente. Agravado en el presente caso, por las ceremonias velatorias o de despido, para el posterior entierro o sepultura, del cuerpo social, del organismo colectivo, pero hasta un determinado momento, vivo y aprehensible, que nos decía: qué, cómo, dónde y cuándo, en todos y cada uno de los pactos, implícitos o explícitos que los ciudadanos celebrábamos para no discernir nuestras diferencias a martillazos.

Sí hablamos en tales términos, es porque vamos a reescribir parte de un texto que se dio a conocer como De la Gaya Ciencia, autoría de Friedrich Nietzsche, del que sólo hemos suplantado las palabras Dios y religiosidad, por estado y política. No creemos que se trate de una cuestión meramente semántica. Antes de la reescritura, queremos hacer la salvedad, para el lector más distraído, que no estamos hablando de querer matar al estado, lo que decimos es que ya está muerto, por tanto sería inútil querer vérselas con un cadáver (de aquí se podría entender el porqué de los fracasos fácticos de quiénes proponen disolver el estado).

¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió a la sede del gobierno gritando sin cesar: “¡Busco al Estado!, ¡Busco a Estado!”.. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido?..  ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? – así gritaban y reían alborozadamente varios. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Qué a dónde se ha ido el Estado? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vació? ¿No hace más frío? ¿No viene de continuo la noche y cada vez más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Estado? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción estatal? ¡También los conceptos colectivos se pudren!, los contratos perecen o se dejan de cumplir ¡El estado ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo político occidental se ha desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos estado para parecer dignos de ella? Nunca hubo un acto tan grande y quien nazca después de nosotros formará parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias que hubo nunca hasta ahora” Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y  se apagó. “Vengo demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los ciudadanos. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo son ellos los que lo han cometido.” Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias sedes de gobierno y parlamentos y entonó ante ellas varias de sus reclamaciones más sonoras. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: “¿Pues, qué son ahora ya estas instituciones, más que las tumbas y panteones del Estado?”. (Texto reescrito, básicamente se suplantaron las referencias de Dios y Religiosidad, por Estado y Política, De la Gaya Ciencia, 125. Friedrich Nietzsche).

“Creemos que nuestro presente se apoya sobre intenciones profundas, necesidades estables; pedimos a los historiadores que nos convenzan de ello. Pero  el verdadero sentido histórico, reconoce que vivimos, sin referencias ni coordenadas originarias, en miríadas de sucesos perdidos…El gran juego de la historia es quién se amparará en las reglas, quién ocupará la plaza de aquellos que las utilizan, quién se disfrazará para pervertirlas, utilizarlas a contrapelo, y utilizarlas contra aquellos que las habían impuesto; quién introduciéndose en el complejo aparato, lo hará funcionar de tal modo que los dominadores se encontrarán dominados por sus propias reglas” (Foucault, M “El discurso del poder”, pág. 145)   

Esto parece estar sucediendo en varios de los órdenes en los que nos vemos sorprendidos por la realidad. A nivel internacional, migrantes que se imponen en la fáctica más contundente de cruzar, cuál émulos bíblicos y próceres históricos, montañas y mares, a costa de la muerte de niños, mujeres, ancianos y enfermos, para simplemente tener la posibilidad de subsistir, pero en esa esperanza, casi espiritual, inercial del ser humano, en esa pulsión de vida instintiva, están logrando hacer carne aquel apotegma, Nietzscheano “de lo que no te mata, te fortalece” y más temprano que tarde, serán quiénes manden en los órdenes internacionales, es que nadie aún ha reparado, que ya lograron que las guerras que los azotan, en aquellos terrenos hostiles y lejanos de los que huyen, se disputen ahora en el centro de la comunidad económica europea, y eso, es un triunfo inusitado, un cambio de paradigma, que es sólo un comienzo. Lo venimos sosteniendo desde hace años, la democracia tal como la entendemos, será modificada, por estas generaciones de víctimas de la misma, a las que aún no le han resuelto ningún problema fundamental, tal como se la impusieron bajo promesa. La alborada de que los ricos se hagan cargo del problema de la pobreza, nunca ha sido una cuestión de lástima o de sensibilidad, es una cuestión neta y nata de poder, de poder real, de poder político, que empieza a evidenciarse intempestivamente, tras años de agazapamiento.

La cuestión no pasa por cuantas veces se tenga que votar, ni siquiera a quién. El tema pasa, por sí elegimos a quiénes de verdad nos representarán. Para ponerlo en términos del presente artículo, no se trata de sí hemos matado o están matando a la democracia, el problema es que se está muriendo.

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