La canción del viento

No muy lejos de donde ahora estamos, antes de que el tiempo fuera tiempo y los sueños fueran  algo más que leves recuerdos al despertar por la mañana, existió un extraño y mágico lugar llamado El Páramo.

Allí sus habitantes vivían sin temores ni miedos ni dudas.

Y todo gracias a ella.

El Páramo era especial porque ella, la más dulce y hermosa de las ninfas de agua, se encargaba de cuidar y mimar a sus gentes.

Nacida del rocío de la última noche de invierno y protegida por el suave manto de los pétalos de los nenúfares, Danae pronto se encariñó de todos y cada uno de los habitantes de El Páramo, a quienes, secretamente, observaba oculta en los reflejos del sol.

Pero observar nunca es suficiente, y eso le llevó a crear un pozo, a las afueras de la ciudad, en el claro que anunciaba la llegada del Bosque de Cristal.

Aquel pozo llamó la atención de los habitantes, ya que no se explicaban cómo había llegado hasta allí o quién lo había construido.

Muchos curiosos se acercaron a observarlo, hasta que la novedad poco a poco se convirtió en rutina, y la rutina en silencio.

Todo hasta que una noche en la que un joven, despechado por el amor no correspondido de una doncella, encontró en su triste caminar el pozo de Danae.

Sollozando, apoyó sus manos en el pozo y miró hacia el fondo. Las lágrimas que brotaban de sus ojos caían suavemente en su interior creando ondas en el agua. El joven suspiró profundamente y de su corazón escapó un lamento al que sus labios dieron forma: “Ojalá me amara”.

Se secó las lágrimas, se tranquilizó y decidió que lo mejor era regresar a casa y tratar de dormir algo.

Lo que no sabía es que en el interior del pozo se encontraba Danae, quien, conmovida por el lamento del joven enamorado, decidió ayudarlo.

Visitó en sueños a la doncella que perturbaba la razón del joven y le susurró palabras de las que nacerían sentimientos hacia él, del mismo modo que de una semilla germina una hermosa flor.

Aquella misma semana, los jóvenes se comprometieron. El pueblo celebró la unión y hubo una gran fiesta. Y Danae se sintió tan alegre con su obra, que elaboró una suave y hermosa melodía que escondió en lo profundo del arrullo del viento sobre las ramas de los árboles.

Así, todo el mundo podría sentir su felicidad.

Durante aquella fiesta, y ayudado por el abrazo del alcohol, el joven confesó a unos amigos que todo había sido gracias a su lamento en el pozo de las afueras de la ciudad.

El rumor de que aquel pozo podía conceder deseos pronto se extendió tan rápido como haría un frasco de tinta que se rompe en el interior de un vaso de agua.

Danae, al principio, escuchaba curiosa y alegre lo que los habitantes susurraban en el interior del pozo y con cada nuevo deseo que cumplía, la canción del viento era cada vez más hermosa y majestuosa, añadiendo nuevas melodías con cada nuevo corazón que sanaba de la tristeza.

La felicidad parecía que se había mudado a El Páramo y todo gracias a la “misteriosa dama del pozo de los deseos”, como empezaron a llamarla.

Pero tras el hermoso manto de la felicidad se esconde siempre, un implacable filo que amenaza con rasgarlo. Y así, la codicia, fue creciendo entre las buenas gentes del Páramo.

Los deseos que susurraban al pozo de Danae, comenzaron a perder sentimiento y a poblarse de frialdad y vanidad.

Si tienes todo lo que deseas ¿para qué seguir pidiendo más?

Pero esa era una respuesta que la gente no quería conocer…a excepción de una niña pequeña a la que Danae no consiguió ver, pero sí escuchar.

Aquella inocente criatura no deseó nada, simplemente susurró:

“Dama del pozo de los deseos, recuerda que sin lágrimas, sólo habrá tristeza”

Aquellas palabras resonaron en la mente de Danae durante semanas sin comprender su significado.

Largo tiempo la buscó en el silencio de la noche, mientras todos dormían, pero jamás la encontró. Aquella niña era la única que aún hablaba desde el corazón y que no había sido presa por la codicia.

Los deseos de la gente comenzaron a acumularse como granos de arena en un reloj que juega a domar el tiempo, sin que Danae pudiera llevarlos a cabo.

Y empezaron las disputas.

La codicia había abierto una brecha por la que comenzaba a brotar el odio.

El intento de Danae de hacer más felices a los habitantes de El Páramo sólo había conseguido convertirlos en seres codiciosos y envidiosos.

Y la hermosa canción del viento, ahora se asemejaba más al aullido de una bestia que trata de intimidar a sus enemigos.

Los árboles del Bosque de Cristal se agitaban con violencia y las aves que antaño lo poblaban, permanecían ahora en silencio, temerosas de la tempestad que crecía lentamente en el cielo.

En un intento desesperado de arreglarlo todo, Danae destruyó el pozo de los deseos, con la esperanza de que eso despertara a los hombres de su sueño de codicia y envidia.

Pero eso sólo consiguió avivar el fuego de su ira.

Nublados por el odio, decidieron destruir el Bosque de Cristal, con la esperanza de acabar así con Danae, como venganza por haberle quitado la fuente de su felicidad.

Desde la copa del más alto árbol del Bosque, Danae contempló con tristeza, como toda esperanza se difuminaba, igual que un recuerdo de la infancia en la mente de un anciano.

Y lloró.

Lloró al recordar cómo eran las buenas gentes del Páramo antes de que creara el Pozo, y lloró al recordar como el viento jugaba antes suavemente con los árboles.

Fue en ese momento cuando volvió a escuchar las palabras de la niña

“Sin lágrimas, sólo habrá tristeza”

Y comprendió porqué nunca la había encontrado. Había buscado en todos los lugares, menos en uno: en su propio corazón.

Aquella era la voz de su conciencia que la advertía de un peligro latente que no pudo ver a tiempo.

Pero quizá no todo estuviera perdido.

La Canción del Viento necesitaba de un último deseo para estar completa, y Danae sabía lo que debía hacer.

El cielo mostraba su lado más oscuro cuando las gentes llegaron al Bosque de Cristal.

El viento aullaba con fuerza, como tratando de disuadir a la turba que amenazaba con destruirlo todo con fuego.

Danae cerró los ojos y susurró su deseo, completando así la Canción del Viento.

La gente de El Páramo se detuvo y observó con profundo temor, como el viento se convertía en tempestad sobre sus cabezas. De pronto se vieron atrapados en un anillo, formado por terribles ráfagas de aire, que no dejaba de girar sobre si mismo, atrayendo hacia su interior, todo aquello que se encontraba próximo.

Demasiado tarde comprendieron que no había escapatoria; la tempestad los había hecho prisioneros en su espiral de viento y furia.

Los anillos comenzaron a girar más de prisa, levantando a sus prisioneros del suelo y agitándolos como haría una brisa con una hoja.

Los gritos de miedo se mezclaron con el aullido del viento, alimentando el poder de la tempestad.

Y en ese momento el cielo se abrió para arrojar un poderoso rayo que impactó sobre las ruinas del pozo de los deseos, liberando al mismo tiempo, a la gente del Páramo de la espiral del viento.

Cayeron al suelo sin recibir daño físico alguno, y se hizo el silencio.

El viento cesó de pronto y las nubes se alejaron para que un nuevo día comenzara.

Pero no sólo se había ido la tempestad, también todo recuerdo sobre los deseos.

El último deseo se había cumplido y la normalidad había regresado al lugar del que nunca debió ausentarse.

“Deseo que los deseos no fueran reales”, fue lo último que Danae dijo antes de desaparecer de este mundo y esconderse en el mundo de los sueños.

Había comprendido lo peligroso que pueden resultar los deseos demasiado tarde.

Conseguir todo aquello que deseas sin esfuerzo o mérito, hace que no sepas valorar lo que te rodea, llenando tu corazón con la misma codicia que infectó las buenas gentes de El Páramo.

Ahora Danae vive feliz en el mundo de los sueños, donde los deseos se hacen realidad cada noche y sólo duran lo que dura un sueño y es el despertar, el que le da valor a lo soñado.

Y así la Canción del Viento, vuelve a sonar alegre en el arrullo de los árboles.

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