Justicia contra estos vientos

Los vientos soplan raros. Y andan haciéndolo desde hace tiempo. Huelen a indiferencia, a ira contenida, a sumisión y a frustración. Esos vientos son el aire que respiramos. Estamos acostumbrados a él, a sus olores… No obstante, qué le vamos a hacer si es así como huele en nuestra casa y en nuestra oficina. Solo existe esta vida, esta salida. Solo hay una vía posible y es la que mueve el mundo. Es la actual estructura económica. Y apesta. Con todo, recurrimos a ella, ya que es lo único que conocemos y la usamos como protección frente al fuerte hedor que azuza en todas partes. Ya se sabe, si todos huelen mal quién lo va a notar. O eso parece.

Toda la especie se ha adaptado a esta estructura, se ha especializado en alguna de sus ramas, aferrándose a ellas como temiendo caer al vacío, y prosperan bajo la inmensa sombra que proyecta por doquier. Esta umbría tiene un código constituido para un lenguaje de infinito crecimiento. Así, el poder corporativo es el que habla, mientras que el capitalismo lo hace subsistir. El uno condiciona al otro y el otro se moldea según los rigores que impone el uno.

Más allá de eso, no hay nada. Los gobiernos, las leyes, la justicia,… son manzanas que brotan del mismo árbol. Estas manzanas -que fueron dispuestas en el árbol por el propio hombre como entes reguladores de las caprichosas disposiciones del crecimiento del capital y el poder corporativo y que suponen la única posibilidad real de combatir la irracionalidad a la que nos lleva esta estructura- han sucumbido al soborno de un sistema económico que ya crece sin control ni rigor, devorando para existir. Nosotros lo hemos creado, ¿pero quién si no son los gobiernos puede detenerlo, regularlo o atenuarlo? Y como ya he perdido parcialmente la esperanza en los líderes políticos, me viene a la mente un justiciero. Nada de tiranos o dictadores, hablo de un héroe. Tal vez sea un pensamiento algo imaginativo, o incluso fantasioso, pero la solución -sentados en una butaca o en la cabecera de nuestra cama- sería sencilla, práctica y estaría aplaudida por todos.

El otro día rescaté del polvo de mi librería una joya gráfica y un mito de la imaginación;El regreso del caballero oscuro. El Batman de Miller. El justiciero perfecto en el que pensaba. Humano, plagado de dilemas pero incorruptible, inteligente, eficiente y JUSTO. Y pensé en cómo este justiciero de la noche tomaría cartas en el asunto. A buen seguro que perseguiría a los responsables de las grandes corporaciones, a los políticos corruptos, a los delincuentes económicos, ambientales, sociales… en definitiva a la peste de este régimen. Y les aplicaría su justicia. La de todos. Alguna al menos. Y es que cuando uno lee a Batman en ese comic y ve que han hecho con nuestro mundo los administradores de esta superestructura, entiende las decisiones de Bruce Wayne. Es más, da gracias por que exista un símbolo y una figura semejante. Yo veo a este héroe como la reacción a nuestros pensamientos y anhelos.

Hablemos con franqueza. Sí, es cierto, la mayoría de nosotros siente repudia por las injusticias y por las tropelías que los políticos y los banqueros y las cabezas visibles, cometen. Y también es cierto que otros tantos aciertan a intuir la presencia que está por encima de ellos. Sí, esa corruptela mayor, esa epidemia de redes corporativas sin nombre (o con él) que nos roe hasta los huesos; esos titiriteros del sistema económico que pese a que no les veamos, están ahí, corrompiéndolo todo, haciéndose con nuestras materias primas y vendiéndonoslas a precios desorbitados, mercantilizando la vida y la muerte, absorbiendo lo recursos y esquilmando las posibilidades de supervivencia de la tierra en plenitud. Y sí, aún viéndolo o intuyéndolo nadie puede hacer gran cosa. Porque la otra justicia, la que tenemos, la que se elige desde el gobierno y viste toga, la que persigue brotes que apacigüen no que disuadan ni erradiquen, es incapaz. Porque no es justicia. No en todo lo amplio de la palabra y en la medida que se necesita. Así que por ahora me quedo aquí, con las ganas, mirando entre las páginas de un comic las acciones del justiciero enmascarado, añorando su presencia y soñando con una justicia verdaderamente justa.

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