Juguetes de lo democrático
Fuente: http://www.filosofiaenlared.com/

Como los sucesos ocurren en un tiempo muy diferente al tiempo en que se comunican y esta hipertrofia en tal vinculación, genera la idea solaz, de que los que están en el manejo del poder, pasan a resolver sus problemas más acuciantes o intrascendentes, sin resolver el problema de los más necesitan y que en teoría representan lo más granado de , tal como se entiende, en definición de preescolar a la democracia, como el mejor de los sistemas políticos conocidos, o del gobierno del pueblo, llevaremos hasta cierto límite teórico a este lugar común en donde habitamos cobijados de institucionalidad democrática.

No somos antisistema, ni destituyentes, simplemente creemos como herederos de miles de años de humanidad, que lo que tenemos no es lo mejor que nos podemos dar, y pese a los innumerables problemas acuciantes, importantes y urgentes que nos define la agenda mediática, alguna vez debemos poner el acento en este vórtice desde donde se constituye la organización social que se da en llamar el gobierno del pueblo.

Recurriremos a catedráticos, para encontrarnos en un diálogo constructivo, acerca de lo que pretendemos señalar: La idea ficcional del pueblo en primera instancia:

“Es una ficción considerar un conjunto de individuos la unidad de una multiplicidad de actos individuales-unidad que constituye el orden jurídico- calificándola como pueblo y avivar así la ilusión de que estos individuos constituyen el pueblo con todo su ser, mientras que ellos tan sólo pertenecen por medio de algunos de sus actos que el orden estatal protege y ordena” (Hans Kelsen).  

En una segunda instancia, estos temas que instalamos de sopetón no forman parte, ni formarán de la agenda política-mediática, por los que nos narra a continuación Pierre Bourdieu en Intelectuales, política y poder.  

“La gran tecnocracia encuentra una complicidad inmediata en la nueva tecnocracia de la comunicación, conjunto de profesionales del arte de comunicar que monopolizan el acceso a los instrumentos de comunicación y que, al no tener sino muy pocas cosas que comunicar, instauran el vacío de la rutina mediática en el corazón del aparato de comunicación. Los intelectuales orgánicos de la tecnocracia monopolizan el debate público en detrimento de los profesionales de la política (parlamentarios, sindicalistas, etc.) ; en detrimento de los intelectuales que están sometidos, hasta en su propio universo, a especies de golpes específicos- lo que se llaman “golpes mediáticos”-, como las encuestas periodísticas apuntan a producir clasificaciones manipuladas, o las innumerables listas de adhesiones que los periódicos publican en ocasión de los aniversarios, etc., o incluso las verdaderas campañas de prensa que apuntan  a acreditar o desacreditar autores, obras o escuelas.

Se ha podido demostrar que, cada vez más, una manifestación política exitosa es una manifestación que ha tenido éxito en hacerse visible, manifiesta,  en los periódicos y sobre todo en la televisión, por lo tanto, en imponer a los medios de comunicación (que puedan contribuir a su éxito) la idea de que ha sido un éxito (de allí el hecho de que las formas más sofisticadas de manifestación están orientadas, frecuentemente con la ayuda de asesores en comunicación, hacia los medios de comunicación, que deben dar cuenta de ella). Del mismo modo, una parte cada vez más importante de la producción cultural, cuando no es el producto de gente que trabaja en los medios de comunicación y cuya firma es solicitada porque están seguros de tener el apoyo de los medios de comunicación, viene definida en su fecha de publicación, su título, su formato, su volumen, su contenido y su estilo, con el objeto de colmar las expectativas de los periodistas que le harán existir hablando de ella.

No es a partir de hoy que existe una literatura comercial y que las necesidades del comercio se imponen en el seno del campo cultura. Pero la influencia de los detentadores del poder  sobre los instrumentos de circulación- y por ello, al menos por una parte, de consagración- no ha sido, sin duda, jamás tan extensa y profunda; ni la frontera jamás tan confusa entre la otra de vanguardia y el best- seller. Esta confusión de las fronteras a la cual los productores mediáticos están espontáneamente inclinados (como atestigua el hecho de que las listas periodísticas de premiados mezclan siempre a los productores más autónomos y a los heterónomos, Claude Levi-Strauss y Bernard- Henry Levi) constituye, sin duda, la peor amenaza para la economía de la producción cultural. El productor heterónomo, al que los italianos llaman magníficamente tuttologo, sobre todo cuando va por el terreno de la política pero sin la autoridad y la autonomía que da la competencia, especifica, es, sin duda, el caballo de Troya a través del cual la heteronomía penetra en el campo de producción cultural. La condena que puede expresarse contra los doxòsofos, como decía platón, está implicada en la idea de que las fuerzas especificas del intelectual, incluso en política, descansa sobre la autonomía que confiere la capacidad de responder a las exigencias internas del campo. El zdanovismo, que florece siempre entre los autores fracasados, no es sino un testimonio entre otros de que la heteronomía adviene siempre en un campo a través de los productores menos capaces de triunfar”.

No es necesario haber leído a Raymond Aron, como para coincidir en que “La verdadera democracia no se agotará con la participación episódica en los asuntos públicos por medio de elecciones o de representantes elegidos, solo se realizará por la fusión entre el trabajador y el ciudadano, por el acercamiento entre la existencia popular y el empíreo político”.

Política es la resignificación de las cosas, es decir, es primero, el diálogo, el encuentro de lo más social del hombre que es la palabra (en su versión expresiva puede ser algo escrito o una manifestación), para luego ir en búsqueda de un sentido de las cosas, para en una tercera etapa, recién ponerse en marcha para que todo lo anterior se traduzca en una realización, en una obra, en una luminaria, en un puente o en una ley que defienda un derecho.

La política, es mucho más, todas las significaciones que la misma ciencia que la estudia en el campo teórico desprenda, como el accionar que un militante convencido imprima, lo que no puede, ni debe, es ser esto que nos quieren vender como gestión, como solución rápida, como respuesta empresarial, edulcorada, descorazonada, carente de sentido, político y por ende humano.

“A la ley no le interesa nada que haya en la ciudad una clase que goce de particular felicidad, sino que se esfuerza porque ello le suceda a la ciudad entera y por eso introduce armonía entre los ciudadanos por medio de la persuasión o de la fuerza… la ciudad en que estén menos ansiosos por ser gobernantes  quienes hayan de serlo, ésa ha de ser forzosamente la que viva mejor y con menos disensiones que ninguna; y la que tenga otra clase de gobernantes, de modo distinto (…) Una vida mejor que la del gobernante, es posible que llegues a tener una ciudad bien gobernada, pues esta será la única en que manden los verdaderos ricos, que no lo son en oro, sino en lo que hay que poseer en abundancia para ser feliz: una vida buena y juiciosa. Pero donde los mendigos y hambrientos de bienes personales los que van a la política creyendo que es de ahí de donde hay que sacar así riquezas, allí no ocurrirá así. Porque, cuando el mando se convierte en objeto de luchas, esa misma guerra domestica e intestina los pierde tanto a ellos como al resto de la ciudad”.  – (La república.  Libro VII. Platón. Editorial  Pag 322).

La democracia sí ha caído producto de los desmanejos de cierta clase política en un juego maquinal, como lo puede ser una tragamonedas, debe re-escribirse, re-interpretarse, de lo contrario, sostener que lo político, mediante lo democrático es un juego adictivo de cierta clase dirigente para con las mayorías no tiene razón de ser, pues así como alguien sostuvo que dios no pudo haber jugado a los dados con nosotros, tampoco le podríamos dejar la representatividad y la institucionalidad democrática a demiurgos, que a imagen y semejanza, pretendan hacer lo que en verdad ni un dios se ha atrevido; jugar con la ciudadanía en el peor de los sentidos.

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