Infiel memoria

No, me da la impresión de que usted ni siquiera me está escuchando. Usted está ahí, tranquilamente sentado en su silla y tomando notas sobre el extraño ser que tiene enfrente, como si yo fuese una atracción de feria que le interesara para algún proyecto temporal, pero cuya esencia, cuyo funcionamiento no le interesase lo más mínimo. Me ha cuestionado (típico) acerca de la posibilidad de que existan problemas sin resolver, allá en las oscuras profundidades de mi mente; traumas que hayan sido aplastados por el peso del tiempo, pero que ahora luchen por cavar hacia arriba, por aflorar a la parte consciente de mi cerebro, por hacérselo pagar a mi cuerpo físico.

Me considero una persona normal, doctor. Mi vida no ha sido (¿por qué demonios hablo como si ya hubiera concluido?) muy diferente de la de cualquier otra criatura humana que corretee por la calle de un lado para otro. Sí, es cierto que le confesé (gracias por recordármelo) que siempre he sido un poco solitario. Pero ¿es que en este mundo superpoblado el ser solitario se debería ver como algo extraño?, ¿hemos de estar todo el día acompañados aunque lo que realmente nos apetezca sea salir dando un portazo sin despedirnos de nadie? La soledad es un bálsamo excelente, doctor, y usted, como experto en el cerebro humano, debería saberlo, al menos, tan bien como yo. ¿Que por qué digo que es un bálsamo, me pregunta usted? Porque ejercitamos nuestro interior, por supuesto. Porque podemos abstraernos del mundo físico para estudiarlo desde fuera, desde la tranquilidad de una mente sosegada. Porque aprendemos cuáles son nuestros mayores miedos, cuáles son nuestros sueños frustrados… cuál podría ser el final que nos espera. Además, tampoco es que haya demasiado que ver ahí afuera: existe demasiado ruido, y con el ruido viene la estupidez cerebral; y con la estupidez cerebral viene la mediocridad, y con la mediocridad el ser humano terminará rebajándose al nivel de la bacteria. ¿Qué quiero decir con «ruido», quiere saber usted? Me refiero a todo lo que no es natural, por supuesto; me refiero a la moral artificial de este siglo decadente. No es que yo crea en esa sarta de literatura —por cierto, magnífica— que las circunstancias políticas empujaron hasta el lugar de una religión redentora de la parte de la humanidad que tocara. Pero sí creo que la ciencia (¡la sempiterna batalla!) debería ralentizar su crecimiento… ¡y se extrañaría usted de que me aísle! Cómo no hacerlo, cuando la sociedad cada vez se limita más a una conexión inalámbrica, a los rostros y la lectura por medio de una pantalla artificial. Sí, la ciencia nos lleva cuesta abajo y sin frenos, porque al no haber naturalidad, prima la maldad. El resto de los mortales apenas tenemos tiempo para reflexionar sobre hacia qué lado intentaría volcar el barco, para que sepamos así en qué lado habríamos de hacer contrapeso.

«¿De esa forma se dio cuenta usted de su, llamémosla, “particularidad”: retirándose a meditar sobre la posibilidad de que el “barco se hunda”?», quiere saber usted. Creo que la respuesta ya la sabe usted bien, pero por si acaso se la confirmo afirmativamente. Disculpe, pues creo que antes no he debido utilizar el condicional. ¡Es increíble cómo se defiende la mente de nosotros mismos! He utilizado el condicional inconscientemente, puesto que es mi mente, en su ataque defensivo, la que ha lanzado el condicional contra mis labios; porque en mi mente no quiero aceptar que no se trata de una posibilidad, sino de una certeza. Sin duda, los hablantes de lenguas que carecen de condicional y subjuntivo son los que más aceptan las cosas tal y como vienen: no dejan que su mente les engañe, que los embauque. No sé si envidiarlos, porque están mejor preparados para lo peor; o compadecerlos, porque ni siquiera tienen la oportunidad de vivir en una feliz mentira.

Sí, doctor, ha sido retirándome a las alturas del ermitaño como lo vi todo. Y lo cierto es que cuanto más alto subía mayores eran mis náuseas por lo que se iba quedando abajo, allá donde solo se escucha el ruido. Por eso estoy ante su presencia: para que me explique eso que usted llama «particularidad». Aunque, si le soy sincero, y disculpe esta confesión a bocajarro, estoy ante su presencia de forma obligada, porque no creo que usted sepa darme una explicación convincente; y aunque me la diese, todo seguiría siendo igual.

En una sesión anterior usted me preguntó si pensaba que había crecido demasiado deprisa, y le contesté afirmativamente. Me dio una explicación de por qué tenía ese pensamiento, pero la explicación de un problema no siempre lleva implícitamente a su solución. En el ámbito matemático, un axioma se define como un principio indemostrable con el que se construye una teoría. Yo pienso que la Psicología es muy ajena a la Retórica. Usted puede tener su propia teoría al respecto, pero la construye por medio de axiomas; la construye con axiomas porque el cerebro humano aún es un completo misterio. Usted especula, presupone, se basa en algo que no puede demostrar para construir una explicación —que procede de esa supuesta teoría— de mi problema. ¿Cómo es posible que una teoría sea verdad cuando sus componentes no se pueden demostrar? Si no se pueden demostrar, es que no son ni verdaderos ni falsos, porque nadie conoce su esencia; por tanto, esa teoría debería ser más bien una hipótesis —la hipótesis tampoco resuelve el problema—, pues sobre ella planea siempre la sombra de la incertidumbre.

El crecimiento implica tiempo, y mi axioma es el tiempo. ¿Es lineal, porque se mide en función de la destrucción celular; es cíclico, porque el universo nunca deja de girar sobre su propio centro; o ni lo uno ni lo otro? El tiempo no se puede demostrar; no es como una roca inerte que puedo sentir, lo que me proporciona la certidumbre de que efectivamente esa roca está ahí. Y con esa roca —y con muchas más— puedo construir una casa —una teoría—, y luego podré dar una aplicación práctica a la casa porque sé que está construida con algo que puedo sentir. Si usted no es capaz de explicarme con qué materiales construye su casa, dudo mucho de que esta se trate de una casa (¡y de que pueda aconsejar a los demás cómo construir una!). Así que, ¿sabe qué?: ya ni siquiera estoy seguro de que haya tenido el pensamiento de haber crecido demasiado rápido; es más, ya ni siquiera estoy seguro de que haya tenido la sensación de haber crecido simplemente… No obstante, cuénteme usted su teoría, y que el condicional de nuestro bello idioma haga el resto.

Me encuentro aquí, doctor, obligado, como ya le he dicho. Ahora maldigo la soledad que me hizo subir a mi montaña. No era mi intención ver lo que vi, y ahora estoy atrapado. ¿Qué le diría usted a alguien que ha observado en primera persona su propia muerte, que es la mitad de las razones por las que estoy aquí? No he podido evitar percibir el ligero alzamiento de sus cejas, aunque no sé si interpretarlo como interés o como incredulidad, si bien es cierto que la segunda suele llevar al primero. Lo cierto es que no sentí miedo cuando contemplé aquella imagen. No sabría reconocer ni el lugar, ni siquiera la causa, pero vi cómo mi existencia pasaba a otro plano. Si no hubiese tanto ruido en el mundo, quizás todos podrían observar su propia muerte. Hay animales salvajes —libres— que saben cuándo van a morir. ¿Quién sabe si, por ejemplo, el elefante anciano siempre ha sido consciente de cuándo llegará su hora, y ha actuado en consecuencia durante toda su existencia? ¿El saber cuándo moriremos sería un don o una maldición? Algunos individuos que aplazan hacer buenas acciones porque creen que tienen «toda la vida por delante» se quedarían sin excusa; por otra parte, podría haber individuos que decidieran hacer malas acciones, conscientes de que ya sería demasiado tarde cuando les llegase el castigo. ¿O el saber cuándo moriremos nos permitiría, justamente, impedir que llegase ese día; podríamos ser, por tanto, eternos, esquivos a la Guadaña?

La otra mitad de las razones por las que estoy aquí, como ya sabe, doctor, es que no recuerdo nada de todo lo que he vivido desde que vine a este mundo. Tan solo tengo conocimiento a partir de la primera vez que decidí subir a las alturas para alejarme del ruido, y lo que vino después son las sesiones con usted. Es un blanco abismo de lo más desagradable: no recuerdo a mis padres, no recuerdo a mis amigos, no recuerdo dónde ni qué estudié, no recuerdo mi primer amor. Supongo que es el precio que he tenido que pagar por ese don o esa maldición de ver el futuro. Quizás yo sea una deformación de ese personaje de Fitzgerald, y las tornas se hayan invertido: el futuro —mi muerte— es lo que ya he vivido, de lo que tengo conocimiento, y el pasado aún está por descubrir. O quizás, en este momento en que le escribo, ya esté muerto. O quizás lo que vi no fuese mi muerte, sino mi nacimiento… Ahora comprende por qué ya no creo en el axiomático tiempo: todo está al revés.

Me gustaría dar marcha atrás (¿o marcha «adelante»?), doctor, en serio. Me gustaría abandonar las alturas y zambullirme en el ruido, dejar que me contaminase. Quizás así recuperaría mi memoria del «pasado» y olvidaría lo que vi, y podría ser feliz. ¿Quién es más dichoso: quien recuerda todo lo que ha felizmente vivido e ignora lo que vendrá, o quien olvida lo que ha vivido y conoce todo lo que vendrá (porque así siempre sabría cómo actuar, cómo huir del dolor)?

¿Sabe qué, doctor? He escuchado por ahí —o eso creo— que en el término medio está la virtud. En el caso que nos compete, ese término medio se llama presente. No sé si lo que voy a conocer es el pasado o el futuro, ¡y a quién demonios le importa! Solo puedo medir el presente en función de lo que respiro, en función de mis otras necesidades fisiológicas, en función de lo que siento que debo hacer en este justo instante (ya han transcurrido dos segundos desde que usted empezó a leer esta frase). Quizás en este justo instante en que estoy escribiendo estas líneas, el destino marca a la que será (¿o fue?) mi futuro (¿o pasado?) amor; o un responsable de recursos humanos está leyendo mi currículo, completamente interesado en contratarme. Desconozco por qué, pero tengo la ligera impresión de que nunca llegaré a saberlo.

 …

Hoy he llegado a casa y he hecho que el calendario dé la bienvenida a un nuevo mes. Hay células de mi cuerpo que han perecido tras el movimiento de mi brazo; pero el calendario, como tantas otras veces, vuelve a estar en un mismo mes. Usted me preguntó la primera vez si cabría la posibilidad de que existiesen traumas aplastados por el tiempo. Con todo lo que le he contado hasta ahora, ya podemos decir que el tiempo, como concepto y como realidad, es mi trauma. ¿Y qué solución tiene usted, como especulador sobre el cerebro humano, para un problema así?

He cerrado los ojos con la esperanza de encontrarme ante ese negro inabarcable que precede al sueño. En esa negra inmensidad siempre se pueden percibir infinitesimales destellos de luz que, si se juntan, forman figuras concretas que representan lo que hemos vivido, y, si nos concentramos, podemos soñar con ellas. Pero yo ya ni siquiera puedo ver ese negro, doctor, ni los destellos. Lo único que veo cuando cierro los ojos es el blanco abismo del que antes le he hablado. Y la única forma de rellenar ese níveo infinito es mediante el negro de la tinta, la cual no deja de ser algo artificial, no tiene nada que ver con los destellos de luz con los que el cerebro feliz —el mío ya ha desistido— llena la oscuridad bajo los párpados. Yo no quiero inventar y escribir mi vida, doctor. Lo que quiero es vivirla y soñar con ella a la luz del astro vespertino, pero ¿cómo hacerlo cuando mi propio cerebro ya me ha abandonado al blanco abismo?, ¿cómo hacerlo si ya sé cuándo mi existencia cambiará de plano?

No puede ser… Ahora que estoy llegando casi al final de este cuaderno que usted me dijo que escribiese, siento una miríada de déjà-vu que no dejan de invadirme. Es un sentimiento extraño, como si unas delicadas manos invisibles estuviesen empujándome hacia adelante. Sí… creo que «esta es la frase que iba a escribir justamente ahora».

Pronto descubriré la verdad, lo presiento. Descubriré si lo que contemplé fue mi muerte o mi venida al mundo terrenal.

Los demonios de las agujas del reloj ya vienen a por mí. En este instante sí siento miedo, doctor, pero al mismo tiempo, no quiero huir. Termino despidiéndome de usted, pues sé que en el instante inmediato me llegará la hora.

Ahora sí, doctor. Ahora sí comprendo los axiomas. Ahora sí comprendo lo que los mortales llaman tiempo…

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