Hasta aquí todo va bien

O eso parece. Vivir en el supuesto “mundo libre”, que engloba únicamente  la esfera Europea y Americana, implica estar dentro de ese estado de bienestar, ideado allá por los años ochenta. Yo nací en esa época tan ideal, en la cual la felicidad se medía en aquello que se posee y en ese supuesto aire de seguridad soñada que brindaban nuestros lechos calentitos al anochecer, tras la puerta de casa, con el cerrojo echado. En los cumpleaños, se preparaban fiestas pantagruélicas a base de productos obtenidos a libre albedrío en esas fértiles estanterías de los supermercados, en navidad recibía todos los regalos que pedía, luego de ser hipnotizada por los destellos de la publicidad televisada. En verano, mataba el tiempo en grupos de ocio infantil, que se encargaban de entretener a los niños mientras sus padres aún trabajaban y luego, disfrutábamos de unas vacaciones pagadas gracias a las luchas sindicales que ahora parecen pura ficción. Al cabo de los años el telón de acero se desmoronó, el capitalismo se frotó las manos y amplió sus fronteras de manera aún más feroz.

Sin embargo, esa televisión que nos vendía productos que supuestamente traían la comodidad y la abundancia a nuestras casas nos seguía advirtiendo de los peligros que se encontraban fuera del universo de la convivencia modélica que habían adoptado los europeos después de un siglo luchando entre ellos. Dentro de nuestro mundo seguían viviendo personas anónimas y discretas que ponían en entredicho todo el confort al que nos habíamos acostumbrado. Extraños que regalaban caramelos rellenos de droga en las puertas de los colegios, que arrebataban la inocencia abriéndose la gabardina y que en el peor de los casos, abrían las puertas de sus coches, secuestrando a los niños confiados.

Y existía aún un peligro mayor, algo que vagamente entendía mi mentalidad infantil, pero que en mi cabeza sonaba como algo horroroso, dado la etimología propia de la palabra, suficiente para causar la alarma y el desasosiego deseado: Terrorismo. Aún recuerdo aquellas interrupciones a media lección y salir ordenadamente de la escuela porque se había recibido una llamada anónima alertando de la colocación de una bomba en el edificio del colegio. En ese momento, no percibía el peligro real que eso suponía, simplemente se trataba de algo fuera de lo común que nos permitía romper con la rutina tediosa del pupitre del aula. Nadie nos decía el porqué de esas interrupciones que tanto nos alegraban, pero en los rostros de los adultos se podía percibir la preocupación: ¿Cómo mantener a salvo a nuestros hijos?

Con los años, y sobre todo después del 11S, ese peligro que parecía anónimo ha ido adquiriendo un rostro en el que los occidentales vemos sólo signos de fundamentalismo religioso. No es cierto que el terrorismo islámico surgiera con el cambio de siglo, siempre había estado allí, pero parecía nunca traspasar las fronteras de occidente, salvo pequeñas incursiones que no constituían alarma alguna. A partir de entonces, el miedo se hizo latente cuando, al entrar en un tren o sentarse en un café, alguien de aspecto árabe aparecía dentro de nuestro radio. No me considero una persona racista – nadie se considera racista, no obstante…-, es obvio que siento ese pequeño temor inconsciente cada vez que camino por un lugar público. Es normal sentirse así cuando los medios de comunicación en la era dorada de la tecnología te acribillan a información sutilmente manipulada para lograr el objetivo de la tautológica teoría de la conspiración: Ante todo, mantente alerta, el peligro está en todas partes.

Fue en la escuela donde nos enseñaron esos valores de los que Europa está tan orgullosa: la libertad de expresión, la libertad de culto, la igualdad, la solidaridad y demás dades que parecen éticamente correctas. La verdad, sin embargo, es que todas esas buenas intenciones que nos intentaron inculcar sólo sirven para crear discursos retóricos que arrancan aplausos cada vez que una tragedia se interpone en nuestras vidas aparentemente perfectas, aunque se trate tan sólo de falacias dadas para consuelo de muchos. La reciente matanza en Francia es un claro ejemplo de este modelo europeo de convivencia. Todos sabemos que la respuesta a la masacre es pura hipocresía que sirve de cortina de humo para cuartar nuestras libertades. No obstante, muchos franceses acudieron en masa a manifestarse por la libertad de expresión y sirvió de perfecto cartel publicitario para aquellos políticos que necesitaban una excusa para mostrar que la libertad es algo por lo que se tiene que luchar. Cuando escuchamos en las noticias acerca de las matanzas más allá de nuestras fronteras suspiramos, como mucho soltamos un “¡Dios mío!” y luego volvemos a las rutinas que no nos dejan pensar más allá. Colgamos alguna foto en Facebook para demostrar que no somos seres sin empatía; lo cierto es que estamos más preocupados por perder esos quilos después de las grandes celebraciones de navidad que por luchar realmente por aquello que debería preocuparnos. España es un buen paradigma de esta pasividad: cada día más gente es desahuciada de sus hogares, la pobreza aumenta día tras día y se aplican leyes antiterroristas a compatriotas cuyo único delito ha sido intentar luchar por acabar con las injusticias de facto y para más inri, pacíficamente. Hoy mismo, una señora con la que comparto horas en una academia de idiomas, me ha comentado el miedo que le tiene a los fundamentalistas. Yo le he contestado “más miedo me da el gobierno que tenemos”, entonces me ha mirado con cara de sorpresa y ha decidido no continuar la conversación. A ella no le preocupan las injusticias en su país o que se pierdan las libertades a golpe de ley, sino más bien sentirse conmovida por un instante por la reciente tragedia en Francia, para luego seguir con su preocupación de dónde ir a almorzar con su hija.

Esta es la doble cara de occidente: Preocupémonos por aquellos locos de allá fuera que intentan convertirnos y coartar nuestras libertades, mientras tanto, no ocurrirá nada si perdemos nuestra verdadera libertad en pro al bien común, que es ante todo, estar seguros encerrados en ese muro invisible, que pretende precisamente mostrarnos cómo pensar y cómo actuar. ¿No es una paradoja que se haya encarcelado recientemente a un humorista francés por defender esa libertad de expresión a la que tanto apelamos? Nos dirán que eso no es libertad, que eso es “apología al terrorismo”. Bien lo saben los franceses, que construyeron su estado moderno en base a esta apología, con la revolución de 1789.

En fin, hasta aquí todo va bien, mientras caemos. Mientras podamos tener celebraciones pantagruélicas, vacaciones pagadas, posesiones secundarias, programas de ejercicio para perder “esos quilos” y entretenimiento banal las veinticuatro horas, todo irá bien.  El problema vendrá cuando toquemos el suelo.

PD: Para aquellos que aún se preguntan el porqué de lo ocurrido en Francia, recomiendo la película El Odio (La Haine, Mathieu Kassovitz, 1995); y no, la respuesta no está en el fundamentalismo islámico.

1 Comentario

  1. Interesante tu opinión Marina. Solo que -como uno ya es un tanto vejete- la sociedad del bienestar se desarrolló antes de los 80 (en españa, no, claro, en europa). Es cierto que el fundamentalismo islámico es un fenómeno reciente en su modelidad talibán o alqaedística (perdón por el palabro). El actual fundamentalismo es moderno en la medida de que es la respuesta ultra de parte de unos pueblos sometidos a la explotación y dominación extrajera. Pueblos que cuando han querido tomar soluciones laicas o socialistas (irak, libia, siria, ejipto, libano…) han sido atacados hasta su absoluta destrucción como estados viables. Si tienes interés en saber quien financió y armó a estos tipos execrables al principio puedes leer el final del artículo he publicado en este mismo medio o buscar en la Wiky: “reagan luchadores por la libertad”… Ya ves que no hay que ir tan lejos para encontrar algo que sinser secreto está olvidado en los circulos del pensamiento organico y los mass media. Un saludo, josep turu

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