Filosofía, Ciencia y Felicidad

Por Ignacio González Orozco

 

Suele ser unánime la consideración del escocés David Hume (1711-1776) como el mayor de los pensadores del siglo XVIII británico y uno de los principales de la Ilustración europea, junto con Voltaire, Diderot y Kant, además, por supuesto, del inclasificable Jean-Jacques Rousseau. Todos ellos se caracterizaron por su rebeldía ante la tradición académica en que se habían formado intelectualmente. Sin embargo, Hume aún llegó más allá con esta insurgencia, pues su inquietud constitutiva y su sed de saber se revolvieron incluso contra las principales conclusiones teóricas del movimiento filosófico al que con razón se le adscribe, el empirismo británico, y de la doctrina política nacida a su calor, el liberalismo.

Partiendo de los presupuestos teóricos empiristas, y atento a la máxima newtoniana «hypotheses non fingo» («no preparo hipótesis»), Hume renunció a buscar cualquier clase de causa primera o final como referente explicativo universal, y se propuso nerviar la urdimbre de los principios básicos de la naturaleza siguiendo un modelo inductivo, que partía de la metódica comprobación de los hechos particulares para acceder desde ellos a la formulación de leyes generales. Siempre se mantuvo fiel a estos procedimientos, pero su determinación no fue obstáculo para que insistiera en la subjetividad del conocimiento, al negar —contra Locke— la existencia en las cosas de cualidades objetivas como el volumen o el movimiento. A su entender, toda percepción era de orden subjetivo y, por lo tanto, personal e intransferible, ya fuera externa al sujeto (por ejemplo, el peso de una bola de billar) o interna al mismo (el caso del gozo carnal).

Hume sostuvo que nuestros sentidos reciben impresiones cuya huella en la mente son las ideas. Acto seguido, la razón tiende puentes de relación y asociación entre estas ideas, según principios de parecido, contigüidad –espacial o temporal– y causalidad. Estos mecanismos lógicos fueron equiparados por el escocés a las leyes de la física newtoniana, en tanto que directrices estructurales del pensamiento humano. Y al encumbrarlos de ese modo, ¿no cabe pensar que los trataba como contenidos intrínsecos a la conciencia, algo así como pensamientos básicos propios de la naturaleza humana y por tanto innatos? Descartes, fundador del racionalismo, había preconizado la existencia de contenidos mentales que no procedían de la experiencia externa, la de los sentidos, y que podían servir como base para un conocimiento veraz, dada la forma «clara y distinta» en que los percibimos a través de una reflexión introspectiva. Hume salió presto al paso de la tentación racionalista: no hay más origen para estas inferencias que la costumbre (custom), aseguró. En otras palabras, la cercanía o secuencia entre percepciones induce a pensar en unas relaciones que no pueden tener demostración empírica. De este presupuesto derivó su primera objeción seria a la tradición filosófica occidental: el principio de causalidad es una simple ilusión, fruto del hábito. Aunque no deje por ello de tener un valor predictivo, nunca podrá tomarse como cierto en sí mismo.

Derivado de lo anterior, Hume aportó una nueva revolución conceptual que alarmó de verdad a sus paisanos: la imposibilidad de conocer la existencia de entidades espirituales, como el alma o Dios mismo. Concedió el filósofo que nuestras percepciones muestran un mundo ordenado, a modo de aplicación de un modelo racionalmente dispuesto, tal como expusiera Tomás de Aquino en su quinta vía de demostración de la existencia de Dios (decía el Aquinate que la naturaleza no obra al azar, pues todo en ella tiende a una finalidad; su armonía y su orden no pueden ser sino fruto de una inteligencia superior, Dios, que es garantía contra el caos). Pero objetó a continuación que aceptar una relación lógica entre orden y causa inteligente supone la concesión de valor normativo al principio de causalidad. En realidad, lo que el escocés quería destacar es que toda formulación metafísica induce al error, porque su objeto de estudio excede los límites de la razón humana, dependiente de los sentidos, y ello vale tanto para la creencia en la Providencia divina como en el caso de la afirmación cartesiana acerca de la existencia de las ideas innatas. Así pues, el filósofo escocés se propuso a sí mismo una tarea depurativa del conocimiento: antes de saber, tenemos que ponderar con exactitud qué podemos conocer. Décadas más tarde, este proyecto hizo que Kant despertase de su «sueño dogmático» —el estudio de la metafísica— y se empeñara en una revisión crítica de los márgenes del conocimiento humano que sería prosecución y culminación de la tarea iniciada por Hume.

Por tanto, no había otra alternativa al saber metafísico que la empiria. Para muchos, el cambio puede parecer decepcionante: se pasaba de creer en la potencia cuasi omnisciente de un alma o una razón directamente inspirada o en conexión con la inteligencia divina, y capaz de elucidar los principios de una ley natural incontestable en todos los ámbitos de la existencia, a un raciocinio instrumental que parecía corto de miras, esclavo de los sentidos —esa parte fundamental de nuestro organismo, pero tan vapuleada en su sufrida misión por la filosofía clásica— y anclado a los pequeños eventos materiales, como el mitológico Catoblepas, que no podía alzar sus ojos del suelo y, en consecuencia, desconocía el color de los cielos. Sin embargo, ese modo tan humilde en sí mismo de acercarse a los fenómenos de la naturaleza conllevaba la exigencia de un rigor no ideal, como la perfección lógica de la geometría, sino material, es decir, capaz de sentar bases sólidas, respaldadas por la evidencia y no por la creencia, tanto para el estudio de la naturaleza como, a partir de sus enseñanzas, para la construcción de los grandes edificios de la moral y la política, los objetivos más elevados de la creatividad humana.

En este ambicioso proyecto estriba el que tal vez sea el principal atractivo de Hume: su vocación totalizadora. El escocés distaba mucho de la intención de rebatir únicamente la epistemología racionalista, para luego retirarse a una ensalzada jubilación como renovador del empirismo. Tenía ansia de respuestas para los grandes interrogantes con que la humanidad se distrae —y también se tortura— desde que transita por los vericuetos del pensamiento racional. Por eso dejó su impronta teórica en todas las ramas de la filosofía de su tiempo, ocupándose, por orden de aparición, del entendimiento y sus capacidades cognoscitivas; de las pasiones y la moral; de la política y, finalmente, de la religión, sin olvidar sus incursiones en la estética y la historia, pues Hume fue de los primeros en entender su decurso como resultante del juego de los intereses sociales y económicos.

En suma, un viaje completo a través del ser humano. Y no puede entenderse su pensamiento si se pierde esta perspectiva; hay que seguirle en su itinerario lógico de una disciplina a otra, porque su intención estribaba en el desarrollo de una ciencia completa del hombre, construida con los principios inductivos de la observación y la experimentación. Porque, en el fondo, la prioridad intelectual de Hume radicaba en sentar las bases de una sociedad donde todos los individuos pudieran alcanzar razonables cotas de felicidad; de una convivencia que reposara en principios antropológicos establecidos por la ciencia de un modo fiable, en la medida de las posibilidades del conocimiento humano.

(Fragmentos de la introducción al libro David Hume, original de Ignacio González Orozco, que aparecerá en enero de 2016 en la colección «Aprender a pensar». Publicado por cortesía de la editorial RBA.)

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