Faltan palabras

Como si fuese la verdad revelada, nuestros políticos, como unidad conceptual, la política en verdad, que también incluye la facción, que le arma la programación de lo que deben hacer, de un tiempo a esta parte, comandados no solamente por las corporaciones (como nos quieren hacer creer sesgadamente), sino por los gurúes de la mercadotecnia, como los privilegiados de un sistema académico, endogámico, como profusamente faccioso y refractario, como  los adalides de lo numerológico, autoproclamados consultores, estampan a fuego la frase “hechos y no palabras”, como si la misma revistiese la síntesis en tamaña frase conceptual de los 10 mandamientos que le bajaron a Moisés. Podrá poner casi en serie, una diarrea de acciones, de acuerdo a cada sitio occidental, en donde el dogma reine, y tendrá los los ejes de gobiernos, de sociedades que ocluyen lo “dialógico”, que se circunscriben en círculos en donde nada se modifica, y sólo se redistribuye la falsa expectativa de ese algo que supuestamente andará mejor. Los hechos sin palabras que lo sostengan, son como el látigo para el amo que azota al esclavo. La reducción de lo democrático a un pernicioso juego en donde son siempre los mismos quienes conducen y deciden, en verdad casi nada, haciéndonos creer a las mayorías que elegimos entre muchos para definir todo o casi todo.

Lo peor de todo es que les pagan (en verdad redistribuyen, es decir se la sacan a los insumos del hospital o de la obras para las escuelas, o se las dan directamente en sus cátedras universitarias) fortunas, a viejos y nobles encantadores de serpientes (en su gran mayoría, como si respondiesen a un phisique du rol determinado, extravagantes y exóticos) para que los llenen de contenidos. Es decir para que lo nutran de aquello que carecen, para que le dan las razones para lo que están sentados donde están. Y como el consultor, como el polítologo que ocluye la posibilidad de pensar e insta a la acción estupidizannte, lo hace también por dinero, pero a diferencia de su cliente, es honesto con su contratante, crea un método, un sistema, pasa de lo artesanal a una producción cuasi industrial, seriada. De allí que casi todos los candidatos a cualquier cosa, se parezcan entre sí, tanto que parecen haber sido paridos por la misma madre, en realidad fueron eyaculados por los mismos consultores o publicistas, o por distintos, pero que en verdad casi todos (dado que es una disciplina menor) abrevan más o menos en lo mismo.

Por tanto, estos aventureros, que desconocen mucho de casi todo, no dudan en hacerle afirmar al político, la barbarie presentada como título “Hechos y no palabras”, sin reparar que una expresión semejante es casi tan demoledora para la humanidad, como lo podría ser negar el holocausto.

Primero porque así como somos seres para la muerte (es decir nos conducimos inevitablemente hacia ello) nuestra esencia, tiene que ver, necesariamente con el habla, nuestro ser habita en el lenguaje, a decir del filósofo M.Heidegger, y el hecho de que la política haya vaciado el sentido de la palabra (sobre todo el de la palabra empeñada, o la promesa) no significa que los políticos, deban dejar de usarla y a cambio de ella, se pongan a ser meros repetidores de  mandaderos mercadotécnicos y entreguen preservativos, choripanes, lámparas, semillas y asfalto, de acuerdo a un algoritmo inventado por un publicista.

Vamos camino a tener políticos en serie, que hablan igual, ríen igual, contestan igual, proponen igual, y quizá hasta argumenten, que no está mal, que se rigen por el principio de igualdad, pero claro, esto mismo genera que nada sea diferente, incluyendo esa supuesta igualdad que tan solo es una expresión de deseo, lo que se iguala es que nunca se modifica la marginalidad, la situación de los que están por fuera del sistema, y de los que a costa de ello, son los que mandan, que lo hacen sin siquiera plantearse porque, tan solo por una inercia social, porque están en tal lugar, y les llega el momento de hacerse hombres, se rodean de los gurúes mencionados y se hacen políticos. Dándonos esa nada que parece mucho, esa ilusión de felicidad, esa réplica que podría ser vivir mirando televisión o hacer el amor por la interface de una red social.

La vida es otra cosa, o también tiene que ver con otra cosa, pues la política también, necesita de muchas más palabras que de obras y que nuestros políticos empiecen a entender esto ya sería una gran cosa, hasta para ellos mismos en sus más velados y egoístas deseos personalísimos. Por ello, y por más que sea una de las excusas como para este accionar criminal, que las palabras estén bastardeadas o vaciadas de contenido, por un uso banal y licencioso, por más que muchas veces el concepto no refiera a lo asequible, a lo que ocurre. Debemos revelarnos ante esto mismo, usar, precisamente la facultad de pensar y razonar, para redefinir, reescribir y con ello volver a dotar de sentido, las palabras y nuestra universalidad política. Se descuenta que con ello, arribaremos a la tan necesaria e indispensable redefinición de lo democrático. Antes debemos dar esa revolución y explicar de que trataría la misma.

Parafraseando a Albert Camus en el Hombre Rebelde, para entender mejor el concepto de rebeldía de la que hablamos.

 ¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese “no”?

 Significa,  por ejemplo, “las cosas han durado demasiado” “hasta ahora, sí; en adelante no”, “vais demasiado lejos”, y también “hay un límite que no pasareis”. En suma ese “no” afirma la existencia de una frontera. Vuelve a encontrarse la misma idea de límite en ese sentimiento del rebelde de que el otro “exagera”, de que no extiende su derecho más allá de la frontera partir de la cual otro derecho le hace frente y lo limita. Así, el movimiento de rebelión se apoya, al mismo tiempo, en el rechazo categórico de una intrusión juzgada intolerable y en la certidumbre confusa de un buen derecho; más exactamente, en la impresión del rebelde de  que “tiene derecho a…”. La rebelión va acompañada de la sensación de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, razón. En esto es en lo que el esclavo rebelado dice al mismo tiempo Sí y no. Afirma, al mismo tiempo que la frontera, todo lo que sospecha y quiere conservar más acá de la frontera. Demuestra, con obstinación, que hay en él algo que “vale la pena de…”, que exige vigilancia. De cierta manera opone al orden que le oprime una especie de derecho de no ser oprimido más allá de lo que pueda admitir.

 Al mismo tiempo que la repulsión con respecto al intruso, hay en toda rebelión una adhesión entera pero instantánea del hombre a cierta parte de sí mismo. Hace pues que intervenga implícitamente un juicio de valor, y tan poco gratuito que lo mantiene en medio de los peligros. Hasta entonces se callaba, por lo menos, abandonado a esa desesperación en que se acepta una situación aunque se la juzgue injusta. Callarse es dejar creer que no se juzga ni se desea nada y, en ciertos casos, es no desear nada en efecto. La desesperación, como lo absurdo, juzga y desea todo en general, y nada en particular. El silencio la traduce bien. Pero desde el momento en que habla, aunque diga que no, desea y juzga. El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo), da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. Todo valor no implica la rebelión, pero todo movimiento de rebelión invoca tácitamente un movimiento de rebelión. ¿Se trata por lo menos de un valor?

Como sí aún viviésemos en pleno auge del Jansenismo, una de las problemáticas claves de la tardo modernidad, que trasvasa, desgarrándola a la política, es la de la predilección del hombre, sobre todo, el hombre de poder, por las cuestiones terrenales (o materiales) antes que la trascendentalidad del acto del bien por sí mismo (o interpretar lo que creen como una abstracción como la gloria eterna de lo inmortal).

De allí que decimos, o leemos que seguimos en aquella aporía Jansenista (opuestos furibundos a los jesuitas, para dato no menor de nuestra impronta jesuítica, como la del Papa Francisco, un hombre de acción), que en verdad surge de una aporía anterior entre Agustín y Pelagio (para los que quieran profundizar). Este dilema, subyace lo que tratamos, a decir de José María Perez Gay; “De tal forma, la aparición de la conciencia, esa confrontación íntima donde el yo se sabe otro para sí mismo, abre el espacio para la libertad y con él un vacío que el ejercicio de dicha libertad obliga a llenar una vez y otra. Sócrates y Platón postulan al hombre como señor de tan urgente actividad; el cristianismo postula a Dios. Tanto los griegos como el hebreo responden al anhelo de unidad trascendente que ha marcado dos mil años de metafísica occidental. Agustín en particular señala que la renuncia a la trascendencia, la reducción del hombre a ser unidimensional es ni más ni menos que el mal, el pecado contra el Espíritu Santo”, para agregar citando a Safranski le hace decir a este: “Un ser humano es una parte del todo que llamamos universo, una parte limitada en el espacio y el tiempo. Se experimenta a sí mismo, con sus pensamientos y sentimientos, como algo separado de todo lo demás, lo cual constituye una ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es para nosotros una suerte de prisión, que limita nuestras aspiraciones o inclinaciones a unas pocas personas cercanas a nosotros. Es tarea nuestra liberarnos de esta prisión…El hombre traiciona lo universal porque la angustia de la vida lo expulsa del propio centro. El centro es el espíritu del amor, fuego devorador que el hombre busca y rehúye a un tiempo. El hombre opta por la periferia de la esencia, se convierte en un ser excéntrico, traiciona al espíritu, peca contra el Espíritu Santo. Tal es la estructura fundamental del mal”

En ese estado, como el nuestro, como el de cualquiera, debemos velar por hombres que más allá de gestos, de palabras, o de acciones políticas, abracen las causas transcendentales por sobre las terrenales, eso los hará libres, cercanos a dios e inmortales. La abstracción, como la trascendentalidad no se puede obrar, hacer o declamar, si antes no se la define, o redefine como concepto, asimilarnos como seres que habitamos en el lenguaje, para más luego administrar nuestras contradicciones en las representatividades que necesariamente usamos para recrear o soportar nuestras limitaciones como nuestras expectativas que nos impelen, a superarlas, por más que nunca lo consigamos.

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