Estamos de rebajas: compre ya “gobierno del cambio”
Fuente imagen: http://www.huffingtonpost.es/

No es novedosa la fórmula del manifiesto público desde las alturas áureas para provocar adhesiones de última hora a un proyecto político con dificultades para cristalizar en una realidad concreta.

Comentamos aquí y ahora el caso reciente de un centenar de intelectuales, artistas y sindicalistas (los de siempre, todos ellos dentro de la órbita del PSOE) que promueven un “gobierno del cambio” integrado por el partido de Feraz, Podemos y Ciudadanos, asumiendo de facto, aunque de manera sutil y entre líneas, la postura de Pedro Sánchez y su acuerdo con las huestes de Albert Rivera.

En el fondo, lo que se quiere vender sin tapujos es que no existe ninguna izquierda posible fuera del PSOE nacido en la transición posfranquista, desdeñando de paso una alternativa plural distinta compuesta por más de 5 millones de votos de la marca y confluencias ubicadas en Podemos más la suma de IU y otras fuerzas menores de carácter nacionalista, regional o autonómico. En total, alrededor de 7 millones de sufragios tirados por la borda.

La teoría del mal menor o la opción menos mala viene vertebrando la política en España desde los primeros comicios generales de 1977. El hundimiento programado del PCE dejó malherida la ideología de la izquierda transformadora e instaló a fuego lento en el subconsciente colectivo que solo el PSOE podía representar con eficacia las inquietudes, aspiraciones y reivindicaciones de la clase trabajadora, que desde entonces vive sin rumbo, supeditada o a expensas de una clase media sociológica y transversal que ya no tiene raíces profundas en la historia al haber aceptado que fuera del sistema capitalista solo hay vacío, utopía sin salidas concretas y sueños rotos por doquier.

Tras el mito del consenso la forma usual de hacer política se basa en el miedo recíproco: desde el PSOE se arguye contra el PP como la derecha montaraz y franquista mientras que desde la óptica de Génova se esgrime el pánico a los comunistas (o radicales o extremistas o antisistema: existen versiones para todos los gustos) si el PSOE está en óptima disposición de llevarse el gato al agua en la competición electoral.

La lógica bipartidista impide que otros argumentos políticos e ideológicos entren en liza con la misma presencia y autoridad que los dos mayoritarios. Hemos creado una democracia impotente con las puertas bloqueadas a cambios profundos y reales que toquen al sistema económico y financiero, permitiendo caminar por sendas de mayor justicia e igualdad social.

Parecía, aunque resulta probable que todo sea un espejismo antes que tarde, que la vía mediática iniciada por Podemos abriría nuevos cauces y expectativas para que se colaran ideas, conductas y actitudes más izquierdistas en el secarral político de España. Si bien es cierto que tras las declaraciones ampulosas de Iglesias y los suyos el discurso se ha ido atemperando hacia posiciones a la defensiva y tácticas de cariz socialdemócrata, todavía quedaba un resto de ilusión en gentes muy diversas, muchas desencantadas, hacia la eventualidad de unas políticas de verdad, de izquierdas y transformadoras, que hicieran frente al conservadurismo del tándem PSOE-PP.

A lo que estamos asistiendo es a un imposible metafísico. El PSOE no quiere ir más allá de un pacto con la derecha, esto es, Ciudadanos, o sea, el PP y los poderes fácticos representados por el testaferro Rivera. De esta manera descoloca a Podemos, crea rencillas en su interior con su alma más proclive a entenderse con Ferraz, y se dirige a la opinión pública como una alternativa blanda, moderada y posmoderna al neoliberalismo de Rajoy. Su tesis es que cualquier medida que proponga, aunque sean fruslerías de medio pelo o meramente estéticas, será mejor que lo que venga del PP. Por eso, arenga a Podemos a dar su aval a Sánchez y Rivera. Y, de paso, que la clase trabajadora comulgue con ruedas de molinos.

La lógica apuntada continúa siendo bipartidista, neoliberal y de mal menor, eso sí, aderezada con el eslogan publicitario de “gobierno del cambio”, sin programa de izquierdas ni previsiones a largo plazo.

Los cien sindicalistas, artistas e intelectuales que han puesto su firma y voluntad inequívoca en el manifiesto ya aludido solicitan crecer para crear empleo, políticas sociales contra la desigualdad y por el Estado del Bienestar, regeneración democrática contra la corrupción y unidad nacional contra las tensiones territoriales. Frases hechas que suenan vulgares al día de hoy. Miremos a Grecia, veamos a Syriza, observemos a Tsipras.

Lo que se pretende es llegar a la mente de gentes de la izquierda reacias a pactar con el PSOE porque sí, y menos aún con la vigilancia y las imposiciones de la artificial formación de Ciudadanos, un partido veleidoso que puede tumbar cualquier iniciativa mínimamente progresista que perjudique los intereses de la elite. Tumbar incluso a su antojo al PSOE cuando la situación lo requiera.

Para convencer a ese electorado renuente a los cantos de sirena del PSOE, hay firmantes muy bien elegidos para tocar fibras y sensibilidades muy alejadas unas de otras: PRISA-El País (Estefanía), rojos excomunistas con pedigrí (Sartorius), expodemitas de ocasión (Jiménez Villarejo) la nueva izquierda permanente (Almeida), cultura sin adscripciones muy marcadas (Gutiérrez Aragón), iconos del antifranquismo que hoy abrazan la simpática posmodernidad (Serrat y Ana Belén) y algunos dirigentes de segundo escalón de CC.OO. y UGT.

El alegato es típicamente de clase media, transversal, indefinido y calculadamente ambiguo en sus propuestas. Despejando los arbustos de la retórica, su mensaje resulta claro y evidente: gentes de la izquierda dejad a un lado vuestras ideas y vuestros sueños, el capitalismo es invencible, solo el PSOE puede representar las aspiraciones del pueblo llano, solo o en compañía de Ciudadanos, con apoyo por activa o pasiva de Podemos.

Y siempre el miedo como pantalla. Y siempre el voto útil como añagaza. ¡Qué viene el PP! Pobre y viejo manifiesto de personalidades que nada tienen que ver con la realidad y las urgencias cotidianas de la clase trabajadora. Hacen uso de esa precariedad existencial para vender saldos y rebajas como el remedio universal y único de sus problemas sociales.

Los firmantes (los de siempre) se erigen en exégetas de los que sufren la crisis en primera persona diciéndoles a la cara, sin mediar previa solicitud al menos por mera cortesía: lo vuestro solo tiene solución si no os ponéis excesivamente farrucos, insolentes y reivindicativos con los empresarios y los poderes financieros. Todo llegará, aunque no sabemos cuándo. Tampoco conocemos qué llegará si es que algo llegare.

Las elites persisten en vendernos la visión maniqueísta absoluta de ahora PP, luego PSOE. No hay más alternativas desde su interesada perspectiva de clase media acomodada. La simpleza de “gobierno del cambio” se cae por si sola.

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