¿Empezar de nuevo o añadir más ceros?

Atrás han quedado los días de Navidad, de consumismo desmesurado, de libertinaje gastronómico, de promesas que se perderán en el viento, de regalos por conveniencia o despliegues lumínicos sin parangón. Es La Celebración. La puesta de largo de una maquinaria perfectamente engrasada y diseñada para poseer la mente de la humanidad y conducirla por los senderos de la demencia. Más allá del necesario encuentro familiar o la conmemoración religiosa, para la mayor parte de la población esta fiesta representa una excusa a través de la cual se permite desplegar sin reservas los vicios de una sociedad ahogada por sus contradicciones y enferma de una integridad debilitada. No es que todo ser humano no pueda gozar de los excesos como un derecho inalienable, y no es que yo juzgue con severidad tales abusos, es que me preocupa la falta de coherencia en todo lo que hacemos.

Partamos de una distorsionada reminiscencia sobre estas fechas. Y así vemos que cuando las interminables conversaciones entre amigos y familiares al calor de la hoguera, el festejo de los fieles o el recogimiento meditativo en autocrítica, son elementos canjeables por variopintas carreras entre comercios embellecidos con el fin de malgastar los ahorros cosechados en presentes que hoy cuentan su valor como áurea recompensa incapaz de satisfacer el veraz afecto sentimental, entonces me he dado cuenta que la Navidad se muere. Se muere porque lo permitimos, hemos cedido al chantaje más burdo y antiguo. Se muere porque nuestra sociedad es mediocre, carece de fines sin techumbre y se conforma. Se muere de inmovilidad y de colectivo consentimiento. Miro atrás y veo que hemos permitido la invasión desproporcionada de corrientes que, lejos de enriquecer la memoria común y de inculcar la continua búsqueda de la imaginación o la fantasía, atacan a nuestro sentido común, agujerean nuestro bolsillo y descomponen nuestra visión de la realidad hasta formar entes frecuentemente vulgares. A decir, sentimos la obligación de cubrir las exigencias que previamente nos ha ido aleccionando el bombardeo mediático masivo, e incorporamos estos menesteres al cuaderno colectivo de equipaje inamovible de la vida, tanto es así que hasta la fecha defendemos a aquéllas como un carácter cultural y tradicional básico de la modernidad, sin preguntarnos su origen o condición, y las alabamos como baliza preferida para alcanzar la felicidad.

No obstante, la Navidad es en sí misma un fiel espejo en el que observar el vapor que día a día aspiramos, y siendo así, he mirado y escuchado y puedo afirmar que veo esperanza, al menos de pensamiento. Es una sensación agridulce surgida desde la intimidad del alma de cada uno como un inconformismo estructural, una rebelión por naturaleza, que nos lleva a proposiciones y búsquedas de ilusiones perdidas que sí sacian el apetito individual. Nos proponemos romper con lo que odiamos o por lo menos minimizar el impacto que nos causa, moldeándolo a nuestro antojo. Es una impresión agria por lo efímero del contraataque, pero también dulce al fin y al cabo, porque seguimos vivos y con ganas de luchar, aunque ya no queden fuerzas y hayamos abandonado el barro de las trincheras.

No hay comentarios

Dejar respuesta