El siglo XXI nació huérfano, porque murió Cupido

Ese es el problema, nos atrevemos a decir que amamos a alguien cuando en realidad tan sólo le queremos. Y querer se quiere como el niño quiere la piruleta en la cola del súper, de la forma en la que llora y patalea por conseguirla. Como cuando la madre sucumbe a los deseos del crío y a la media hora el caramelo está tirado en alguna parte de la trasera del coche, olvidado y embadurnado en basura.

Queremos recelosos e indefensos, como personitas de 4 años que no son capaces de reprimir sus emociones internas. Qué no están seguros de saber lo que desean. Olvidaron enseñarnos las materias del corazón, y así estamos. Desconocedores del verbo amar que tratan de practicarlo equivocamente. Que no saben del cariño desinteresado, ni de la libertad de amar sin jaulas. Dónde encerradas mueren respeto, lealtad, y la verdadera confianza que no se sujeta de explicaciones.

Pero no nos confundamos. El amor no está hecho para los que piensan que tan sólo hay que amar a una persona. Esos se conforman con un refugio carceloso. Cuando uno ama de verdad, ama al universo y a todo lo que hay en él.

Y por ello tan poco amor y tanto querer. Y tantas guerras, de tantos tipos.

 

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