El sexo como actividad intelectual

Las películas pornográficas se distinguen, además de por mostrar relaciones sexuales explícitas que presumen de ser reales, por no tener casi ningún desarrollo argumental salvo el propio de las reacciones genitales y el arrastre hacia ellas del resto de los cuerpos implicados.

La cuestión de la realidad de las relaciones sexuales no simuladas en ese tipo de películas no es tan simple como pudiera parecer. Está claro que una penetración del tipo que sea o un frotamiento de la intensidad que se quiera son hechos mostrados en esas películas y realizados por actores especializados, pero cualquiera puede notar que en muchas ocasiones sus reacciones faciales, jadeos, gritos y demás parafernalia erótica está bien o mal disimulada para favorecer supuestamente la excitación del espectador.

Con este pequeño análisis deseo apoyar la constatación de que la aparente realización de las funciones sexuales en pantalla puede no llegar a ser tan excitante como una buena simulación de las mismas en una película no considerada pornográfica. Una simulación que puede ir arropada, como ocurre en la vida más acá de la pantalla, por otros muchos factores de ambiente, lugar, momento, actitud, aptitud, desviación e interacción, que son quizá el núcleo duro de la excitación aunque puedan parecer impertinentes respecto al roce genital. O dicho de otra manera: una buena metáfora puede tener más potencia explicativa y comunicativa que la pura descripción de unos hechos concretos.

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Lars von Trier, con su acostumbrada habilidad para provocar a los medios y al público en general alimentando de esa forma el interés por su cine, anunció hace pocos años que iba a dirigir una película pornográfica. El año pasado tuvimos el resultado de aquella propuesta suya, Nymphomaniac.

Esta larga película comienza con la soledad de una mujer en un lugar desolado. Herida y tirada en el suelo la encuentra y recoge quien se convierte en el interlocutor de su historia, la historia de sexo y anhelo que va a ser el aparente núcleo de la película. El interlocutor de la mujer se presenta como una necesidad narrativa para acceder a la historia que ella cuenta, y como un catalizador para aderezarla con paralelismos y metáforas que convierten las actitudes y hechos sexuales que ella desgrana en recreaciones mucho más atractivas que la presencia de cuerpos desnudos y la realización de acciones sexuales. La sucesión de imágenes, la intercalación del relato entre mujer e interlocutor y la representación de los hechos que ella narra, junto a la forma de presentar todo ello mediante capítulos con nombres sugerentes, casi anulan el interés puramente sexual que pudiera contener la película y van llevando la mente del espectador, sus sensaciones, a mundos paralelos (la música, la pesca, la religión…) que desenfocan y modifican la sucesión de escenas sexuales que se ven y se narran a saltos de una forma muy particular y secamente sugestiva.

Hay algo de puzle en el desarrollo de la película que la convierte en una obra desigual, pero que le añade momentos de genialidad que la hacen difícilmente comparable con ninguna otra. El humor ácido y ambiguo que se percibe continuamente, dota a Nymphomaniac de una ironía que deja al espectador en situación de sentirse incluido o excluido de lo que en ella se desarrolla, quizá tanto como la propia vida y pensamiento del director lo está en la sucesión de escenas provocativas y reacciones humanas tan creíbles como extraordinarias.

La película juega con el espectador y sus expectativas, juega con el ansia de sexo y con su realización felizmente infeliz, con el melodrama que se desarrolla sutilmente a lo largo de la dura historia de la mujer y con un mundo de plenitud insatisfecha en el que el sexo es el gran motor averiado de la sutileza vital. Lars von Trier nos ofrece la inevitabilidad del sexo como algo que no es hermoso, ni dulce ni placentero, pero que es tan necesario como elegible. Algo así como si la libertad fuera inevitable y apenas alcanzable por el deseo impotente de quien penetra en el bosque de su propia vida sin armas que lo defiendan ni referencias que lo guíen.

Si alguien desea excitarse y gozar intelectualmente con la representación del sexo ésta es su película, una película ni buena ni mala, una película otra, una obra diferente y estimulante. Si alguien desea penetrar en el misterio de la narración e intuir que en el relato de una vida el sexo no es otra cosa que los puntos y las tildes sobre las palabras que la cuentan, debería ver esta obra tan imperfecta y llena de sentido como cualquier vida que se vive sin cortapisas y reflexivamente.

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Otra película radicalmente diferente, aunque también muy interesante, que no pretende presumir de pornográfica, pero que alguien podría pensar que lo es, se llama L’inconnu du lac (El desconocido del lago, dirigida por Alain Guiraudi)

Es una película cuyos protagonistas son exclusivamente hombres y que se  desarrolla en un único lugar, un lago durante el verano. En ella se representa el sexo explícitamente. Su sencillez narrativa y de puesta en escena produce una sensación de intensidad cuyo leve desarrollo dramático la convierte en una experiencia de gran impacto. El deseo, junto al sucederse de la vida, solo queda sugerido al mismo tiempo que, paradójicamente, llega al paroxismo.

Su desarrollo deja intuir al espectador, con una maestría inolvidable y sin mostrar nada de ello en pantalla, todos los momentos que no se ven: la vida fuera del lago. Y el lago parece convertirse en un reducto de expresividad, como si fuera el centro simbólico del mundo.

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Ambas películas asumen, y quizá esa es la causa de mostrar el sexo explícitamente, que no estamos compuestos de cuerpo y espíritu, que esa dualidad ya no es aplicable al humano, que somos uno, pero ya no una unidad de ambos elementos sino un tercero por definir que se propone y realiza con claridad en la relación sexual, en el encuentro de pieles y pliegues marcado por el deseo, la sensación, el pensamiento, la Historia, lo oculto y lo público, lo común y lo dispar…

La dualidad es una elaboración conceptual con la que se ha vivido en Occidente y Próximo Oriente durante milenios. Ni en Africa, ni en América, ni en el Lejano Oriente ha existido esa concepción hasta que comenzó la europeización de su propia forma de pensar. Hoy, el momento en que el mundo ha comenzado a ser uno y que ni Oriente ni Occidente se pueden situar en el mapa de forma clara (al este de qué lugar u océano, al oeste de qué mar o meridiano…) no es aplicable el dualismo para conocer la vida, la ética con la que enfrentarla y la evolución que deseamos para nuestra especie, aunque ese dualismo siga siendo el cimiento de muchas realidades e intenciones que gobiernan el mundo y sobrevuelan nuestra capacidad de inventar para, con su grisura, arrebatar el color de la invención y la recreación de la vida.

Las relaciones sexuales pueden ser desde gloriosas hasta terribles, además de alcanzar la plenitud de todo el abanico que se puede encontrar entre ambos extremos. Parece deseable que su mostración y narración no permanezca en un coto cerrado y señalado como evasiva de consumidores que no desean asumir la vida en su plenitud creativa, que no desean sentirse marcados por tantos encuentros humanos insuperables en su definición pactada y en su gloriosa limitación natural.

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