El problema de la inmigración

Ahora resulta que la inmigración es un problema. Más que un problema, el problema de la inmigración parece ser que es un problemón, y la solución es tirar a todo aquel negro que se acerque a España vía mar, pelotazos de goma, no sea que dentro del agua y con un flotador hecho a base de botellas de plástico vacías le dé por montar  algún disturbio o exacerbar a las masas. Y sino colocaremos cuchillas en la valla, que oye, al menos que se lleven unos tajos, y si la palman, pues uno menos con opciones a entrar.


“El problema de la inmigración es curioso. Hace unos cuantos años, y quizá no hace tantos, el negro, el sudaca, el moro o quienquiera que fuera, nos venía estupendo para que trabajara como el que más”


El problema de la inmigración es curioso. Hace unos cuantos años, y quizá no hace tantos, el negro, el sudaca, el moro o quienquiera que fuera, nos venía estupendo para que trabajara como el que más, por un precio irrisorio en dinero negro, con tal de poder enriquecernos desmesuradamente, porque como no tenían papeles, ni trabajo, ni techo para dormir, ni nada parecido, pues no se quejaban y aceptaban cualquier cosa y cualquier trabajo por unos cuantos euros con los que llevarse algo a la boca, o incluso para poder enviar a su país de origen para ayudar a sus familias.

También hubo una época, no tan lejana, que como éramos tan inteligentes y tan modernos, en ningún caso se nos iba a ocurrir hacer un trabajo no cualificado y que requiriera cierto esfuerzo, porque nosotros somos lo más de lo más, y limpiar calles, vaciar cubos de basura o cargar bombonas de butano a la espalda, no eran trabajos hechos para nosotros, y no podríamos pertenecer a esa sociedad vacilona y moderna en la que estaba tan de moda tener tu gran piso, tu gran coche y hacer esos maravillosos viajes para “conocer mundo”.

En aquel entonces, la inmigración era más que bienvenida, legal o ilegal, porque como siempre, eran las personas destinadas a hacer lo que no nos gusta, y a prestarnos esos servicios básicos sin los cuales no podemos vivir.  Pero ahora que todo se ha complicado, sale a resurgir nuestro espíritu egoísta, y ahora ya estamos preparados para limpiar basura, cargar bombonas, limpiar calles o lo que se tercie con tal de tener un trabajo. Ahora la inmigración sobra.

A veces no entiendo, y me cuesta comprender, como es posible que la memoria histórica se pierda de una manera tan peculiar.

Partiendo de la base, que tanto inmigrantes como residentes son personas, todas ellas de carne y hueso, y salidas del mismo proceso de procreación, muchas veces me he preguntado, que es lo que lleva a una persona a dejar su tierra, a su familia, dejar atrás sus costumbres y tradiciones y salir de su hogar, para ir a otro país totalmente diferente y lejano, y con unos medios mediocres y la mayoría de las veces jugándose la vida en ello.

Ahora toda esta gente es mala y nos sobra, y no la queremos con nosotros, pero quizá deberíamos pensar que ha pasado para que lleguen a tomar tales decisiones, y una vez han conseguido su objetivo lo celebren con la mayor de las sonrisas igual que nosotros celebramos un aumento de sueldo, o cualquier golpe de buena fortuna, teniendo en cuenta que a pesar de haber llegado a otro país, siguen sin tener nada, absolutamente nada, y que a partir de ese momento no van a ser nadie en el país el cual va a ser su hogar a partir de ese momento.


“Quizá deberíamos hacer una breve reflexión, asumir nuestra parte de culpa, e intentar ayudar y hacer lo posible porque esas personas a las que en su momento les reventamos la vida para siempre, pudieran recuperar una pequeña parte de felicidad, en vez de repudiarlos y odiarlos como si fueran el enemigo.”


Resulta que hubo un período de la historia, llamado imperialismo o colonialismo, o llámese como se quiera, en el cual una gran cantidad de países de esos que se llaman civilizados, se dedicó a invadir otros, para extraer todas sus riquezas y explotar a las personas que tranquilamente residían en ellos, sembrando la violencia, la explotación y sobretodo la semilla del odio.

Se les maltrató, se les quitó todo lo que tenían, se les sumió en la miseria y no se respetó ninguna de sus costumbres, tradiciones, formas de vida. Mientras hubieron intereses económicos, nos paseamos por allí, porque nosotros éramos mejores que ellos, se les esclavizó, se les gobernó y se les maltrató, y una vez que ya no había nada más que rascar, nos dio un alarde de falso respeto y responsabilidad, y nos fuimos de allí proclamando independencias y  sumiendo a esas personas en la miseria más absoluta y con una división interna que a día de hoy perdura, provocando múltiples guerras y haciendo que la semilla del odio germinara y creciera libre y a sus anchas. Pero de eso ya no se acuerda nadie. Ahora se nos pintan a esas personas como una panda de ignorantes y analfabetos, que parece ser que no tienen otra cosa que hacer que pasearse por medio mundo, hasta que pueden meter la cabeza en algún lugar, en el que por muy dura sea la vida, va a ser un juego de niños comparado con lo que les ha tocado vivir en su país de origen por nuestra culpa.

Quizá deberíamos hacer una breve reflexión, asumir nuestra parte de culpa, e intentar ayudar y hacer lo posible porque esas personas a las que en su momento les reventamos la vida para siempre, pudieran recuperar una pequeña parte de felicidad, en vez de repudiarlos y odiarlos como si fueran el enemigo.

Quizá a esas personas que tanto odiamos y que no queremos que vengan a nuestro país, deberíamos respetarlas más, por lo que han vivido, por la triste vida que les ha tocado vivir, y por esa gran parte de culpa que tenemos por creernos superiores y mejores que nadie, destrozándoles la vida para siempre, cuando resulta que todos somos personas de este mundo, y que ni siquiera podemos escoger donde nacemos ni la vida que nos toca vivir. Porque pensemos… ¿Y si en vez de haber nacido aquí, te hubiera tocado nacer allí? ¿Te gustaría que te trataran así? ¿Qué harías en esa situación?.

La imposición del modelo. “La relación asimétrica de intercambio comercial como política de estado”

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Rubén P.

Pensar y reflexionar debería ser una obligación en esta sociedad. Creerse todo sin plantearse “por qué” es un error. Vivimos en una constante manipulación, en la que las medias verdades es el pan de cada día. De uno mismo depende creer o crearse.
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