El poder, ¿virus con cura?

Lo vemos al encender la televisión, al escuchar al locutor de radio, al leer al columnista habitual del periódico o revista cual, lo presenciamos al salir a la calle al tener que continuar con nuestras vidas metódicamente reguladas por el tiempo. Al igual que reza la canción navideña: “… está por todas partes…”.

¿Qué a qué me refiero? Tal y como podéis ver en el encabezado de este artículo, hago referencia al poder. Ese ente abstracto y que mucha gente, por no decir la inmensa mayoría de la humanidad, anhela o desea.

A veces, el poder se materializa en forma de dinero, otras en un sentimiento… O como bien dicen algunos autores relacionados con la rama de la sociología: “El poder, es la capacidad de unos para influir en la vida de otros”.

Pero, ¿qué conseguimos en la actualidad con el poder? ¿Dinero, éxito, felicidad, dejar un legado a nuestra progenie?

No señores. España, es un claro ejemplo de la cara más cruda y real de la ambigüedad que supone el poder. Con el poder, unos pocos, consiguen que muchos les sigan hasta el infierno; sin necesidad de que el poderoso, se mueva de su aura de confort.

A día de hoy en España, tenemos ilustres y aberrantes ejemplos de lo que el poder es capaz de hacer si cae en malas manos o más bien, en manos estrictamente relacionadas con el capitalismo extremo. Corrupción, paro, desahucios, desigualdades sociales… todo, derivado del mal uso del poder.

En nuestro mundo capitalista, tenemos predisposición a creer que el poder es la herramienta necesaria para alcanzar el punto álgido de la pirámide de Maslow, es decir, la autorrealización. Llenamos nuestras vidas con objetos innecesarios comprados con dinero para satisfacer ese deseo de poder, esa conducta patológica que se ha enquistado en nuestras mentes y por ende, en nuestra vida cotidiana, con la única finalidad de cubrir todos los escalones de dicha pirámide.

¿Y dónde está la nota discordante de esa actitud?, preguntarán algunos. Dicha mancha, existe en el momento en que echamos la vista atrás y nos topamos con los “daños colaterales” que en nuestro afán subjetivo por alcanzar la mayor cota de poder posible, hemos generado a nuestro paso. Para conseguir nuestros objetivos en la carrera hacia el poder, quizás y solo quizás, por el frenesí en el que nos montamos a horcajadas como un subidón de adrenalina provocado por el éxito, no nos damos cuenta de la realidad. Hemos causado auténticos estragos a nuestro entorno por el mero hecho de tener más.

Ambición personal, éxito, carencia de empatía… son las virtudes del buen capitalista. Lo malo, es que cuando nos damos cuenta del daño irreparable que hemos causado por la ambición, el éxito y la falta de empatía… el tiempo, puede que sea un bien que se nos escapa de las manos y nos impide arreglar nuestro pasado. ¿Deberíamos tener todos una vez al año una noche de pesadilla en la cual los fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras nos abordasen la mente con recuerdos y hechos, al más puro estilo de Charles Dickens, para hacer una retrospectiva o tener una visión más amplia y detallada de nuestra propia personalidad?  Puede que sí.

Lo malo del poder, es que es tan ambiguo, que resulta imposible obviar que ese doloroso término, se extiende como la peste por todos los ámbitos tanto abstractos como materiales de nuestras miserables vidas. ¿De qué depende entonces decirle no al poder? Quizás las personas que hayan logrado desengancharse de un vicio nocivo, logren con mayor facilidad dar una respuesta clarificadora a esta pregunta. La fuerza de voluntad, creo yo, es la única cura contra el poder.

Pero, en vuestro día a día, en el mundo claramente capitalista en el que nos movemos, tener cuidado, pues el poder adopta formas que nuestra mente no es capaz de concebir. El poder, es un virus, y en nuestro mundo, se transmite a través del dinero. Cuidaros mucho de enfermar con este virus, pues a veces, ni la fuerza de voluntad es capaz de acabar con él.

 

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