El ojo que todo lo ve

En el contexto presente, a menudo vemos noticias relacionadas con el espionaje internacional y estatal, hemos de tener en cuenta algunos precedentes que han derivado en la situación actual, para comprender que el ser humano no debe ser privado de su intimidad -en el sentido más auténtico de la palabra-, porque, si bien es conocido que una de las definiciones más acertadas sobre él es la de animal – racional, estaríamos truncando su esencia, con todo lo que ello implica.

Nos encontramos en una esfera donde no queda espacio alguno que no esté vigiado por ojos ajenos. Todas nuestras actividades y propiedades están registradas y estudiadas, desde la información buscada en internet hasta las llamadas telefónicas que hacemos. El hombre se considera un ser dual en todos los sentidos (por ejemplo, puede dividirse en cuerpo y mente), y, en sociedad, podría hablarse de dos facciones: lo privado y lo social. Pero lo privado no interesa en muchos aspectos: a nivel individual es lógico que sea necesario, pero la disolución de lo privado implica un conocimiento sobrecogedor del individuo, que puede ser empleado con objetivos lucrativos o de cualquier otro ámbito.

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Es posible encontrar en las legislaciones vigentes de la mayor parte del mundo, el derecho a la intimidad o privacidad. Así, encontramos en la Ley Orgánica 15/1999 de España, en el primer artículo -en el cual se define el objeto de dicha Ley-, que “tiene por objeto garantizar y proteger, en lo que concierne al tratamiento de los datos personales, las libertades públicas y los derechos fundamentales de las personas físicas, y especialmente de su honor e intimidad personal y familiar”; en el artículo 2, se explica que será aplicada a los datos de carácter personal registrados en soporte físico, que los haga susceptible de tratamiento, y a toda modalidad de uso posterior de dichos datos por los sectores público y privado; y en el artículo 4, sobre los principios de protección de datos, podemos ver que (punto 1) los datos de carácter personal sólo se podrán recoger para su tratamiento, así como someterlos a dicho tratamiento, cuando sean adecuados, pertinentes y no excesivos en relación con el ámbito y las finalidades determinadas, explícitas y legítimas para las que se hayan obtenido; (2) los datos de  carácter personal objeto de tratamiento no podrán usarse para finalidades incompatibles con aquellas para las que los datos hubieran sido recogidos, y que no se considerará incompatible el tratamiento posterior de éstos con fines históricos, estadísticos o científicos;  (3) los datos de carácter personal serán exactos y puestos al día de forma que respondan con veracidad a la situación actual del afectado; o que (5) Los datos de carácter personal serán cancelados cuando hayan dejado de ser necesarios o pertinentes para la finalidad para la cual hubieran sido recabados o registrados[1].

En el territorio estadounidense encontramos la Ley Patriota, que creada con la finalidad de combatir el terrorismo, permite hacer un seguimiento de cualquier ciudadano que pudiere considerarse un peligro para la sociedad. Sin embargo, la problemática de esta ley es que ha llegado a trascender las fronteras de Estados Unidos, violando archivos de información y la privacidad individual de millones de ciudadanos extranjeros[2]. Además, en cuanto a la legislación de la Unión Europea también aparece recogido el derecho a la privacidad de datos de las personas físicas pertenecientes a su territorio, en niveles tanto administrativos como cibernéticos, entre otros[3].

Sin embargo, encontramos un alarmante número de elementos espiatorios a nivel global que ponen en gran tensión a las relaciones internacionales. Éste hecho se refleja en los acontecimientos revelados por Edward Snowden (ex – trabajador de la N. S. A.), como que Estados Unidos espió los teléfonos móviles de 35 líderes mundiales[4]; o los millones de “filtrados” de comunicaciones civiles[5]. Así pues, los problemas internacionales se acentúan debido a la falta de confianza de unos estados en otros. Como diría Viviane Reding -vicepresidenta de la Comisión Europea-, “Los amigos no se espían el uno al otro… El espionaje no genera confianza”[6].

Es destacable el papel de la Red Echelon. Se trata de un programa informático para el análisis de las comunicaciones, empleado por una organización varios países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Canadá y Nueva Zelanda) iniciada por UKUSA (Inglaterra y Estados Unidos). Este entramado de espionaje dispone de 120 satélites conocidos que rastrean las comunicaciones de ciudadanos, empresas y gobiernos, reuniendo la información en Fort Meade (Maryland). La intercepción de la información se produce tanto de las comunicaciones por cable (gracias a los nodos intermedios o “routers”; sin embargo, hemos de decir que la mayor parte de la información europea no abandona el continente, pero sí dispone de ella el Reino Unido), como las que son por ondas (mediante estaciones terrestres; satélites geoestacionarios, que permiten una interceptación masiva de todas las comunicaciones; satélites espía SIGNIT; Barcos y aviones como los AWACS o los EP-3, que dependen de un registro central).

Sus actividades se remontan al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando sólo participaba UKUSA, como sistema de recopilación e intercambio de información y espionaje del bloque del Pacto de Varsovia, a China y a Japón. Pero tras el derrumbamiento del comunismo europeo, teóricamente su función es la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico.

El proceso de rastreo o espionaje se ejecuta mediante el filtrado de información: unos “sniffers” rastrean palabras integradas en un registro concreto que podrían ser sinónimo de comunicaciones “amenazantes” -tanto de forma escrita como hablada, y en varios idiomas-. Si se encuentra algún mensaje con algunas de esas palabras claves o sus combinaciones, dicho sistema de comunicación es monitorizado, grabado y enviado a centros de análisis, y según las consideraciones de los responsables, los integrantes de la comunicación pasarán a una lista negra para ser espiado e interceptado en caso de amenaza. Sin embargo el problema reside en que incluso los responsables de la red admiten que, debido al factor error, se catalogarán a personas inocentes como “peligrosas”[7]. Podría decirse que UKUSA es la organización, el bloque anglosajón, mientras que Echelon es la herramienta, el entramado de redes, conexiones, satélites y demás artefactos organizados y preparados para el espionaje.



[1] B.O.E., nº 298 (14 de Diciembre de 1999).

[3] 2012/0011 (COD); Comisión Europea.

[7] http://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/echelon02.htm

El ojo que todo lo ve

España, por su parte, también dispone de un sistema semejante de espionaje, el SITEL, pero queda reducido a investigaciones a expensas de órdenes judiciales que autoricen su empleo a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado[1]. Sin embargo, hay que mencionar el ofrecimiento de EE.UU. a España -en el año 2001, durante la presidencia de J. M. Aznar- de emplear el sistema de Echelon con la finalidad de espiar al grupo independentista E.T.A.[2].

Ahora bien, teniendo la situación concretada, ¿en qué puede derivar la eliminación de la privacidad? ¿Qué cabe esperar del hombre en un ámbito privado que ha sido violado?

Podemos encontrar a varios filósofos que hablan de este tema. Un ejemplo sería el esloveno Slavoj Zizek, quien afirma que “si emprendemos el camino de los secretos de Estado, tarde o temprano llegamos al fatídico punto en el que las normas legales que dictan lo que es secreto son también secretas”, tal y como puede leerse en un artículo traducido al castellano por María Luisa Rodríguez Tapia[3]. El problema de esta situación se incrementaría en función de la separación entre el derecho a la privacidad y el control político; es decir, el hecho de una intervención tan intensiva y secreta sobre la ciudadanía por una parte, y sobre el resto del globo por otra, podría desencadenar en una especie de dictadura sumergida en la que unos cuantos gobiernos tomarían el control gracias a la información obtenida, por la cual podrían actuar de forma propicia en busca de sus propios beneficios. Se trataría de la creación de dos o tres organizaciones sin límites de conocimiento; un Ojo de Dios que todo lo ve, y actúa en consecuencia.

Por otra parte, Javier Gomá -director de la Fundación Juan March, doctor en Filosofía y letrado del Consejo de Estado-, expuso en una conferencia que en la idea de la dicotomía entre lo público y lo privado, es que en lo primero se ha de ser ético y en lo segundo auténtico[4]. Esto implicaría que la eliminación de la vida privada (la cual, evidentemente, se considera que no afecta al ámbito público) sería la aniquilación de uno de los componentes definitorios más importantes del individuo: su campo de acción particular y libre -entendamos el término libertad y no lo confundamos con libertinaje-. Si eliminamos ese aspecto, castramos la definición del hombre; el ser humano es único en su especie, y dentro de su especie, cada individuo, de igual forma lo es; y su constitución de “ser único” viene determinada por su amplio campo de actuación, por no estar determinado como cualquier otro animal. Por lo tanto, si vamos acotando su libertad, se va reduciendo su condición de hombre.

Entonces, como hemos cuestionado anteriormente, ¿qué cabe esperar de un hombre que es consciente de que no puede gozar de su vida privada? En el sistema de vida que llevamos hoy en día, pueden entreverse varias etapas. En primer lugar, el hombre cuya intimidad está truncada, sufriría un proceso de resignación, aceptación y cautela en cuanto a su actitud se refiere. Pero hemos de tener en cuenta que el hombre, desde que es hombre, precisa disfrutar de tiempo, espacio y acto para sí mismo, por lo que el sentimiento resignado explotaría en el pensamiento de que no importa que conozcan sus preferencias o lo que haga secretamente, puesto que sin ello su vida no tendría sentido (obsérvese el sentido metafísico que precisa el ser humano). De esta forma, y teniendo en cuenta lo expuesto por J. Gomá, el hombre comenzaría a actuar auténticamente, y no éticamente, en sociedad, lo que generaría un estado de caos y desorden en la mayoría de sus aspectos; el ser humano es un “animal – racional”, y está claro que la razón debe emplearla y la emplea en ambas partes de la dicotomía público – privado, pero además necesita expresar su faceta más primitiva y animal, desde sus preferencias más íntimas hasta el campo sexual o sanitario, y no sería realmente positivo que la expresara en el ámbito público, puesto que podría generar desde agravios a otras personas, hasta la erradicación de la sensatez de acto considerada como correcta por consenso social.

En un punto de vista más amplio, referido a estados y gobiernos, los perjuicios pueden ser más notorios. Las tensiones que provoca el conocer que uno es espiado puede ser motivo de represalias y conflictos que ya no solo afectarían a entidades gubernamentales, sino a la población civil.

Finalmente, podríamos decir que el espionaje, a pesar de sus puntos a favor, como el combate del terrorismo, crea una tensión innecesaria. Además, cabría destacar que los abusos del espionaje a la población civil, analizando su información más privada, carece totalmente de ética. Si realmente se quiere eliminar el terrorismo o el narcotráfico, se puede llevar a cabo un arduo aunque interesante trabajo de educación global -a pesar de las limitaciones que pudiera tenerse-; pero la cuestión fundamental sería la abolición del espionaje. El hombre precisa ser un animal a escondidas (entiéndase como que necesita expresarse sin restricciones en algún punto de su tiempo secuenciado), y los ojos ajenos, inmiscuidos, provocan recelo y la no satisfacción del goce de lo privado.

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