El mito democrático
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“El mito, por naturaleza no tiene comprobación. De ahí, resulta la incertidumbre de su identificación. El mythos griego, remite igualmente a la palabra mentirosa, generadora de ilusión, como a la palabra capaz de alcanzar la verdad. (Balandier, G. “El desorden”. Pág. 18. Gedisa. 1999. Barcelona.)

El mismo autor Francés, del que desde su nacionalidad hasta su prestigio académico, lo ensalzan en su propio mito (sumada a su reciente muerte) de revelador de una perspectiva, que probablemente otros vengan trabajando, sin que las luces se detengan en estos, por carecer precisamente de ese acompañamiento angelado que brinda lo mitológico, otorga al mito la función de trabajar para el orden. Destacando, como si fuese poco, que Balandier, es enfático, como novedoso y revelador, al pretender, desde su sólida posición ordenada (de académico, de exitoso, de autoridad, de hombre entrado en años) que aceptemos el desorden, o lo incierto, como una fase, momento o circunstancia, tal vez como condición necesaria (acá es donde el autor nos propone que nos hagamos casi especialistas en sus palabras, como en verdad todo autor en el fondo pretende de sus lectores, además de que se lo reconozca) para que vuelva a reinar lo ordenado, en una suerte de defensa cerrada de lo propuesto hace más tiempo por  Morin, E. con su fundamental “El caos produce el orden” como síntesis exagerada de su teoría del pensamiento complejo, que a su vez, es una suerte de respuesta, al principio de incertidumbre de Helsenberg.  Y no decimos todo esto por una suerte de antología de citas, como para demostrar cierta lectura, por otra parte, que brinda muy mala prensa en los tiempos actuales. Lo expresamos, porque hace algunos meses estas mismas manos, parieron el texto que se dio en llamar “La democracia incierta”, y más allá dela ruin acusación que se nos pueda hacer acerca de autopromocionarnos, sólo podemos responder que las voces que se pliegan a esta posición, dejan en evidencia que la democracia, ha pasado a ser un relato, una perspectiva que ordena, que se impone en el desorden, pero no para ordenarlo realmente, sino para hacer de cuenta que. Es básicamente una respuesta a la necesidad humana de creer que se cree, una suerte de dogma político, en donde la fe en sus resultantes es de condición sine qua non para que no se cumplimente en forma real  ni efectiva. El mito democrático, jamás nos otorgará una democracia real, dado que esta no existe como tal, sino simplemente como mito en los tiempos que corren.

Continuaremos con otro autor, que a semejanza del Francés, pulió su péndola en el mundo académico y ratifico su éxito en la industria editorial, convirtiendo también su pluma en mitológica y generando con ello, la autoridad necesaria, como para que sus palabras se multipliquen en cuanto medio de comunicación llegue y que los oídos a donde se reproduzcan o se traduzcan le presten mucho mayor atención; “La posmodernidad ha destruido el mito de que las humanidades humanizan. No es cierto lo que creyeron tantos educadores y filósofos optimistas, que una educación liberal, al alcance de todos, garantizaría un futuro de progreso, de paz, de libertad, de igualdad de oportunidades, en las democracias modernas”. (Vargas Llosa, M. “La civilización del espectáculo”. Pág. 20. Alfaguara. 2014. Lanús).

La democracia incierta es real, o a decir de otro autor, mitologizado en el mundo de las ciencias sociales, que no casualmente extrajo, o copió de una película taquillera de Hollywood (“El espectáculo es la dictadura efectiva de la ilusión en la sociedad moderna”. Debord, G. La société du spectacle. 1922. Gallimard. París) como “Matrix” la frase o concepto del “Desierto de lo real”, pero nuestra humanidad, precisa crear los programas, la ficción de un mundo otro, el orden del que hable Baladier, que venza ese insoportable arrojo a lo incierto o indeterminado, como lo creemos nosotros, y de allí que la democracia por más que por definición o teleología, sea imposible de ser real, incierta, apocada, solamente desiderativa, incumplible o impracticable, es necesariamente deseable o existente en su formalidad normativa, y de allí que siga prevaleciendo en occidente, porque alcanzó un status de mito político, de mito colectivo, y como lo sabemos, la peculiar característica de un mito como este, es que trabaja para el orden, venciendo el desorden del que como humanos tememos, nos avergonzamos o no queremos reconocer como real.

El sujeto moderno, que representa su comunidad, su espacio político o público, mediante la inter-fase de una red social, en donde comparte información o un dedo pulgar hacia arriba o caritas sonrientes o tristes, delegó su representación del espacio en la internet, en su virtualidad, destinando su energía, en tal sitio, abandonando para ello, la posibilidad de depositarla en la plaza, en la calle, en la esquina, en el aforo, en donde el mito de la democracia se lo resuelve todo. La representatividad, que en política es el nudo gordiano de contradicción entre la teoría democrática y la realidad o su traducción, no es necesaria en el campo de la red social, pues el sujeto tampoco precisa, siquiera, de una idea de manejo democrático de su cuenta en la interfase de internet (es decir, puede bloquear a amistades, cerrar sus mundos, como su participación, como la de otros o directamente cerrar su cuenta, sin dar, ni darse, la posibilidad de poner nada en discusión, una suerte de dictadura con buena prensa). La democracia, está bien como idea impracticable, como aspiración deseosa, en donde el internauta no tiene responsabilidad alguna, todo es “culpa” del político o de la política. El usuario, otrora ciudadano, en sus prácticas dictatoriales, en su ejercicio de vida no democrático, en su cuenta de cualquier red social, puede estar observando pornografía infantil, avasallando derechos, haciendo grooming o cualquier otra práctica, sin que signifique una agresión hacia otro, pero en ningún caso, estará siendo democrático, pues no lo desea ser. La democracia la necesita como mito, como apotegma incumplible e irrealizable que tranquilice su fracaso como humano, una traducibilidad que significa que la humanidad ha fracaso en su intento de ordenarse. Que la humanidad se miente a sí misma por temor a la verdad de que todo es desorden y caos.

La democracia es el opio más adecuado y placentero para el hombre moderno que no se quiere hacer cargo de que el mundo se está acabando producto de su desapego por el mismo, y por su absurda como paradojal, posición banal, en donde, lo más lógico es que tal vez, haya llegado a un punto en donde cierto nivel de conocimiento, de información, de capacidad, gradualmente, se tengan que ir desgranando, para que regresemos a una funcionalidad autómata y maquinal, como la réplica serial de los organismos unicelulares de los que tal vez provenimos.

Finalmente, y en esta suerte de develar o en la tarea imposible de demoler mitos, al intitular el artículo, de forma tal que tenga algún tipo de chance más para ser comunicado o replicado, encuentro por parte de Tomas Bradanovic (quién en su blog no ostenta ser un mito, como lo son todos los citados, tanto en este artículo, como en casi todos, y de allí es que su valor, de verdad, sea un poco más creíble, o más correspondiente, con lo que se pueda pensar en un sentido general) las siguientes palabras y consideraciones:  “En este invento de la democracia representativa, los ciudadanos deben organizarse en partidos políticos que son finalmente los que gobiernan en su nombre: proponen presidentes, parlamentarios, jueces, contralores y todo lo demás en un sistema de discusiones entre ellos, siendo refrendados cada cierto tiempo en elecciones libres”.

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