El humano impasible

Podría empezar este artículo de mil formas posibles. El título da mucho juego. Sin embargo, cuando hablo del humano impasible, me refiero a lo que veo a mi alrededor. Es decir, gente que observa con indignación lo que está pasando en este país, pero en realidad le resulta indiferente.

Más de uno estaréis poniendo el grito en el cielo en este momento. ¡A mí no me resulta indiferente! ¡Estoy muy indignado! ¡Esto es una vergüenza! Y tal vez eso es lo que piensas hoy, pero no haces nada. No atisbas la solución. No aportas nada. Solo te indignas en este momento, y mañana te habrás olvidado cuando ya no sea noticia y volverás a votar a los mismos de siempre. Eres el humano impasible.

Vemos la televisión. Observamos cómo nos hinchan de basura mediática y nos cabrean con la corrupción. Ahora llega la Operación Púnica. Mañana será otra. Hay tanto fango ya anquilosado en los organismos de poder, que es prácticamente imposible erradicarlo. ¿Por qué? Porque mañana nos habremos olvidado y los dos grandes partidos en este país, los que aspiran a gobernar, volverán a recolectar 20 millones de votos, y todo seguirá igual. Somos humanos impasibles.

En cierto modo es normal. Cuando encontramos nuestro umbral de confort, hacemos todo lo posible para que nadie nos mueva de ahí. Nos aferramos a la normalidad con uñas y dientes y gastamos mucha energía en evitar perder el estatus tan duramente conseguido. Nos han educado para ello durante años. Mientras tanto, 800.000 niños en España pasan hambre, mucha gente está parada y no encuentra trabajo aunque mire bajo las piedras y otros que sí lo tienen, se callan para no perderlo o aguantan aún sin cobrar con la promesa del ansiado dinero que algún día llegará. No nos han formado en solidaridad y unión. Seguimos impasibles.

Otros que son auténticamente sorprendentes son los que defienden a capa y espada su ideología. Eso es algo que respeto, pero no cuando lo haces a través de algún partido de gobierno. Es indiferente que seas de izquierdas o derechas. Esa gente ya no entiende eso. Solo sabe de poder. Si lo pierden, lo quieren. Si lo ganan, se enriquecen mientras están ahí. Y el humano de a pié, pobre marioneta, se va a sus mítines a blandir banderas, gritar, aplaudir y tragar toda la verborrea vergonzante que echan por su boca con una sonrisa y orgullo patrio, como si el partido fuese el suyo. Es mejor no mirar las cloacas. Todo está bien. Hacen lo correcto. Somos impasibles.

Si esta vez no somos capaces de cambiar y en 2015 volvemos a tirar esfuerzo, trabajo, valores y derechos a esta gente regalando nuestros votos a los partidos de gobierno, será la primera vez en mi vida que diré con verdadera convicción aquello de “tenemos lo que nos merecemos”. Tal vez incluso lo diga impasible, sin denunciar ni cabrearme.

Dejemos al humano impasible en casa y echemos un poco de valor. Aquí hay otras opciones. Si un día se cambió una dictadura por una democracia, ¿por qué no podemos echar a los que se han aprovechado de ella durante años y tratar de regenerarla? Tal vez no se consiga, pero que nadie diga que no lo intentamos.

 

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