El fin de las ideologías: todo es nada y viceversa

El capitalismo convierte en mercancía todo lo que toca, incluso los denominados movimientos contraculturales y las mismas vanguardias artísticas. Un símbolo o signo inequívoco revolucionario como el Che lo llevan como fetiche gentes muy dispares, turistas de altos vuelos, rojos maduros y jóvenes rebeldes. Algo parecido puede decirse de la kufiyya o pañuelo palestino que lucen como complemento de moda estilo sucio estético alrededor del cuello personajes de la derecha, de la izquierda o apolíticos recalcitrantes indistintamente.

De las figuras legendarias de Gandhi y ahora Mandela diríamos cosas similares. El fin de la historia proclamado de manera unilateral por Francis Fukuyama tras el derrumbe colosal de la URSS coincidió con el auge de la era posmoderna, las dos patas que inauguraron una época más tenue o entre bambalinas, el tiempo sin guión previo de la posideología, en términos más coloquiales también llamada globalización o crisis de valores, siempre al gusto o preferencia particular de diversos autores y analistas según sus adscripciones políticas propias.

Tiempo de posideología, definido por la eventualidad de comprar todo lo que nos sugiera el deseo íntimo: sensaciones, emociones, objetos, instantes, aventuras… Al menos, teóricamente. La realidad, sin embargo, no se adecua en nada a la nueva plantilla con vocación universal. El régimen capitalista ha transformado los seres humanos en sujetos virtuales que desean el infinito y en prisioneros efectivos del acontecimiento concreto y vacío.

Cuando deseo y realidad no se encuentran, solo queda el consumo de sí mismo: autoculpabilizarse por no alcanzar los mínimos necesarios para alimentar el yo fracasado en el mercado social del vaivén incesante. La maquinaria del capital no admite parones reflexivos. Pensar(nos) provocaría la búsqueda crítica del otro, adentrarse en la contradicción y afrontar el conflicto social como motor inexcusable de la historia.

Pensar y pensarnos recíprocamente requieren el uso de una herramienta intelectual y práctica, de un corpus ideológico que nos abra el horizonte de comprender y enfrentar la realidad de modo dialéctico. Hoy vemos nuestro entorno a través de los ojos prestados de la mercadotecnia y el espectáculo global, somos producto elaborado por el sistema capitalista después del borrado de la conciencia autónoma y la lucha de clases. Conciencia troceada y en precario, ofrecida por la obligación imperiosa de sobrevivir al postor anónimo que quiera alquilar nuestra fuerza de trabajo. Una situación generalizada al borde del precipicio, instalados en el futuro que nunca llega, en la posideología, un espacio de control sin salidas tangibles, concéntrico, agobiante.

Las únicas libertades incondicionales son la de callar y la de renovar las expectativas de consumo: trabajar para desear y viceversa, volver a empezar sin metas colectivas. El riesgo de gritar puede ocasionar secuelas muy graves, la cuneta de la marginación, la locura o la enfermedad en sus múltiples variedades, la muerte social o el suicido de la integración irremediable.

La posideología no es más que el cuaderno de bitácora abrigado en eufemismos y metáforas de la elite, del opresor, de los fantasmales mercados financieros, de la derecha. Por su parte, la crisis de valores tiene doble sustancia: la ausencia de una alternativa socialista coherente y la presencia totalitaria de la doctrina falaz del neoliberalismo como religión irreversible del género humano. El capitalismo ha robado a la clase trabajadora sus referencias y señas de identidad originales, desde los iconos secundarios o sentimentales a las ideas radicales o revolucionarias por un mundo más habitable o mejor.

Antes, no hace tanto, sobre el concepto trabajo giraba todo el edificio o entramado social y político. Desde ahí, lugar donde emanaba (y sigue haciéndolo a pesar de las telarañas que impiden una visión precisa de la contradicción) con mayor virulencia el conflicto objetivo e ideológico fundamental del capitalismo, la oposición más o menos virulenta entre el empresario-capital y el obrero, brotaba y se proyectaba una filosofía profunda de entender la vida y sus complejas relaciones. En el terreno laboral nacía el trabajador a un mundo insospechado e iniciático: era capaz de reconocerse en toda su integridad, de verse en el otro como entidad activa del devenir histórico, de alcanzar una personalidad propia y construir un sueño de solidaridad para transformar la realidad que le oprimía.

De la alienación asumida a la conciencia política, salto mayúsculo que hizo que el capitalismo se estremeciera. El proletario, paria, esclavo, siervo, se había transmutado en sujeto histórico. Daba la sensación de que el mundo iba a cambiar de manos o de base, que el poder se haría auténticamente democrático por fin. No obstante, el progreso tecnológico no fue a la par con los avances en otros vectores de la superestructura cultural. El sustrato económico y financiero cabalgaba por encima de las costumbres y las tradiciones, las condicionaba, mientras que estilos de vida diferentes presentaban sus credenciales en el escenario público con entusiasmo casi delirante.

El capitalismo aprendió a amoldarse a las circunstancias, tomando los símbolos de la izquierda como antídoto para neutralizar la posibilidad de una sociedad de nuevo cuño. El discurso político se alimentó de ambigüedades calculadas (y socialdemócratas) y la libertad adoptó un rumbo individualista. Soñar la utopía del bien común se segregó en innumerables pesadillas privadas en feroz competencia denominada técnicamente crecimiento ilimitado. Cada persona era lo que soñaba cada noche, lo que adquiría cada día. El otro no era más que una referencia abstracta en la búsqueda del camino propio.

Más allá de la ideología vencedora, la globalización, el neoliberalismo, el relato circular de la mismisidad, nada había, nada era/es potencialmente factible. El desierto capitalista está plagado de oasis y espejismos donde abrevar la sed imperiosa que se ahoga en una mirada de ansiedad que se desintegra ininterrumpidamente.

La posideología triunfante del siglo XXI ha dejado a la clase trabajadora sin ideas en propiedad, sin sus iconos clásicos, sin alternativa radical. Resulta muy complicado decir en público socialismo, comunismo o autogestión sin acabar muriendo social y políticamente en el intento. Nuestras mentes están colonizadas por la ideología del capital porque vivimos inmersos en la posideología, un no lugar o muro invisible sin adversario antagonista que pueda hacerle frente con plenas garantías de éxito. La posideología es la ausencia activa u operativa de la ideología dominante: los ojos que nos formatean, los ojos ajenos con los que interpretamos la realidad cotidiana.

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