El despertar

Parte II

Aurora despierta y se encuentra ahora en un espacio libre, diáfano, natural y fantasmagórico.

Siente frío y miedo a la vez.

Una enorme puerta de madera ante sí,… entreabierta.

Sabe que debe empujar el porticón y se propone encontrar un lugar más cálido en su interior.

Dentro,  hay una sala de decoración neutra y minimalista al máximo, similar a una habitación preparada para recibir a todo tipo de invitados, de todas las clases e idiosincrasias. Un espacio así siempre es cálido y bienvenido.

-Esta es mi habitación; es mi espacio; es mi ambiente – exclama, para sí.

-Nadie que yo no quiera tiene cabida aquí.

Aurora escudriña la sala.

No hay cortinas. No hay apenas muebles. Tan sólo un cuadro naíf preside una de las paredes.

Aurora observa el cuadro. Una hermosa niña de tirabuzones rubios sostiene un gatito gris; ambas parecen salidas de un cuento de Mary Shelley.

Bajo el cuadro, Aurora advierte un minúsculo  tobogán de aluminio blanco. ¿Un entrañable objeto de decoración? Aurora apenas se había percatado.

Debe ser un tobogán esperando a un niño de dos o tres años. Sus patas están alicatadas al suelo. Es extraño…

La sala debe medir unos veinte metros cuadrados. Aurora disecciona cada milímetro de estancia, fijándose en sus paredes de un blanco roto perfecto, y un esmaltado impactante.

Toda la estancia brilla.

Justo delante, una alfombra circular, color coral. Aurora percibe la ausencia de asientos.

De pronto, una corriente eléctrica recorre su cuerpecillo y percibe una cómoda a su derecha, con cuatro cajones.  Juraría que antes no estaba.

La cómoda es de un amarillo sutil. Entre éste y pocos metros antes del tobogán, hay una nueva puerta de cristal opaco.

Aurora sigue oteando. Poco más que ver. Se dispone a mirar la cómoda.

Abre el primer cajón. La estancia cambia. Un extraño y sucio aire gélido empaña el cristal de la corredera opaca y recorre la estancia. El esmalte de las paredes se torna sutilmente polvoriento.

Aurora se turba, cual Pandora al abrir su caja. Sabe que algo no funciona.

Siente miedo. Ya no quiere estar allí.

Intenta salir por la puerta opaca, pero no se abre. Intenta mirar qué hay al otro lado y no lo vé con claridad, pero sale que afuera estará mejor que allí.

Sigue sin abrirse.

Aurora cierra el primer cajón con fuerza y algo le impulsa a abrir el segundo. No sabe que se encontrará, así que los abre todos de golpe.

Aurora ya no es Aurora.

No hay comentarios

Dejar respuesta