El apasionante mundo de las ovejas negras

Dichosos los que vienen ungidos por la seductora fragancia del cotizadísimo don de gentes. Dichosos los que armados con su carismática e hipnótica sonrisa, despojarán a sus víctimas de cualquier intento de desacato a ese influjo demoledor que emana de tan dulce estampa. Dichosos los que respaldados por esta o aquella insigne influencia maquillada por un máster en “Recursos inagotables del vividor del cuento”, engullirán,  (siempre con desmedida gula), a sus inocentes congéneres, que ciegos pastan embelesados por un discurso, que el mismísimo Cicerón hubiera envidiado, no por lo talentoso, sino por la capacidad de éste para convencer a quienes presumían de que sus verdes prados no serían nunca hipotecados.

Dichosos todos ellos, o mejor dicho, ellas, esas ovejas negras que aprovechando su intimidador pelaje oscuro, cardan la lana a la vez que crían una fama que les hará siempre justicia, única justicia aplicada a este tipo de oscuro espécimen. Ellas encarnarán desde su privilegiado estatus, un referente, un modelo incontestable a seguir, la revolución más ansiada por la plebe.

Y es que cuando en coalición o en solitario, estas marginadas criaturas ponen en marcha su taimada maquinaria, el interesado panegírico en su honor, está servido. La muchedumbre abrazará su discurso, imitará sus gestos, y lo más grave de todo, seguirá sus consignas como si de un autómata programado se tratase.

El resto del rebaño, en consonancia con la docilidad propia de este tipo de criaturas, se verá arrastrado por lo que sus lóbregos congéneres le dictan como el mejor de los caminos a seguir, la guía perfecta para alcanzar unos sueños que ni siquiera ellos han soñado. Solamente bastará con que se dispongan a mirar de soslayo tal anuncio publicitario inflado de ominoso recetario de moda, o atisben algún programa político donde las promesas van siempre en negrita, o incluso si intentan vislumbrar que hay detrás de ese negro y atractivo pelaje que tanto éxito les proporciona. Todo esto les llevaría indudablemente a caer en ese espacio oscuro donde es inevitable que el rebaño entero, lejos de condenar los clásicos desaguisados propios de estas ovejas, vitoree al unísono a unos ídolos con piel de cordero y artimañas de lobo.

No hay mayor enemigo que el camuflado dentro de casa, y estas criaturas ni siquiera, la mayoría de las veces esconden su siniestra capa negra con la que envuelven sus singulares tretas y con las que sin ningún pudor, aniquilan toda forma de pensamiento de ese triste rebaño que les servirá de firme pedestal donde asentar su vasto imperio.

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