Derrida y la interminable subversión de la filosofía. Un desafío a la actualidad
Fuente: http://s-usih.org/

Una razón debe dejarse razonar.

Canallas, dos ensayos sobre la razón.

Desde la tortilla de patatas hasta los monumentales y casi ingrávidos edificios de Zaha Hadid, pasando por mil ardides artísticos, la deconstrucción ha proporcionado un marco de sentido –o una palabra clave con la que sorprender a los comensales– a lo que ha quedado para la posteridad como un desafío a lo convencional, a lo acostumbrado. La deconstrucción –que no es exactamente una palabra, ni un concepto, ni un método, y que muy bien podría decirse que ni siquiera “es”, sin incurrir, por ello, en teologías negativas– aparece indefectiblemente enlazada al filósofo franco-argelino Jacques Derrida (nacido en 1930 en El-Biar, y fallecido en París en 2004).


La obra de Jacques Derrida, se presenta usualmente a partir de un diccionario cuyas palabras, llevadas hasta sus últimas consecuencias, acabarían con el sentido mismo de ese diccionario, con su capacidad de contener cualquier tipo de orden: archihuella, deconstrucción, différance, etc.


Si pudiésemos permitirnos la injusticia de reducir la biografía de un filósofo a la historia de una palabra, ¿sería ésta capaz de abrirse como ese aleph que describía Borges, y mostrarnos sus destinos, sus recepciones y sus hostilidades?

La obra de Jacques Derrida, tal vez por su capacidad para desbordar lo esperable de un texto o de una obra filosófica, se presenta usualmente a partir de un diccionario cuyas palabras, llevadas hasta sus últimas consecuencias, acabarían con el sentido mismo de ese diccionario, con su capacidad de contener cualquier tipo de orden: archihuella, deconstrucción, différance, etc.

Se trataría de un diccionario en varias lenguas (tal fue la definición más breve que Derrida pudo arriesgar: plus d’un langue) cuyas palabras se encadenan en la desestructuración de lo que históricamente ha sido el seguro de vida de la filosofía: la metafísica.

Tan extendida como erróneamente aplicada, la deconstrucción aparece –y decimos bien aparece, pues no puede adscribirse a un sujeto, nadie ejerce la deconstrucción, ello ocurre– durante la lectura atenta, híper-atenta, de los textos de la tradición filosófica.


La deconstrucción implica asumir la provisionalidad y precariedad de todo significado, y evita la cristalización para no caer en la formalización de una nueva metafísica.


Derrida la encuentra apropiada para traducir la Destruktion a la que Heidegger quería someter a la metafísica, pero la intención de Heidegger iba más allá de un mero derribo de esos presupuestos, y esa destrucción debía ser simultánea con una Abbau o desmantelamiento de sus estructuras. Heidegger planteaba un desensamblaje que permitiese cuestionar los argumentos de la tradición, al tiempo que mantenerlos en la medida en que eran capaces de generar el gesto mismo que los deconstruía.

El juego de esa tensión permite desnaturalizar un sentido, subvertir sus justificaciones, pero evita caer en re-institucionalizaciones. Ante el gesto fundamental de la metafísica, la cristalización de un significado, de un sentido; la deconstrucción implica asumir la provisionalidad y precariedad de todo significado, y evita la cristalización para no caer en la formalización de una nueva metafísica.

Ese movimiento deconstructivo dejaba a la vista una serie de insistencias, unos motivos que se mantenían a lo largo de la tradición filosófica y que daban sentido y lustre final al producto acabado.


Sócrates era tajante: la escritura nos vuelve menos memoriosos, y las cosas que decimos, debemos decirlas en persona, defendiéndolas con nuestra presencia


La atención a estas insistencias, a veces incluso incoherentes, termina desestabilizando todo el sistema.

Platón, a quien leemos hoy gracias a la escritura, se atrevía a decir por boca de Sócrates –que a su vez hablaba por medio de un mito egipcio– que la escritura era un phármakon de la memoria. La elección parecía adecuada, la palabra phármakon en griego era capaz de significar tanto “veneno” como “remedio”.

Esa escritura que el dios Theuth entregaba al dios supremo Thamus como “remedio” para la mala memoria de los egipcios era rechazada por este último como “veneno” de la memoria viva, aquella que solo puede transmitirse por medio del habla, aquella que no comete el “parricidio” de vivir más allá de su emisor.

Thamus temía que los egipcios pudiesen aprender a hablar por sí mismos, y Theuth, dios de los juegos y de la Luna, parecía preparar el terreno para un golpe al trono.

Sócrates era tajante: la escritura nos vuelve menos memoriosos, y las cosas que decimos, debemos decirlas en persona, defendiéndolas con nuestra presencia; tal vez Sócrates deseaba infructuosamente desaparecer en el silencio de la historia.


La deconstrucción, además de estar escrita en varias lenguas, terminaría siendo el gesto de una escritura –y de una filosofía– que ya no quiere estar dominada por una única voz, no se deja circunscribir en una única época o cultura.


A Derrida esta anécdota extraída del Fedro le sirve para escribir “La farmacia de Platón, donde terminaríamos aprendiendo que, al mismo tiempo que Platón rechazaba la escritura (incluso a pesar de haberla introducido con un término marcadamente ambivalente), rechazaba también el acceso del pueblo a los caracteres de la escritura, a la posibilidad de que sus escritos llegaran hasta nosotros y subvirtiesen, al menos, al implacable paso del tiempo.

Con la misma autoridad con la que Platón nos alertaba de los riesgos de ciertas tecnologías, nos enseñaba también la capacidad de éstas para subvertir la autoridad de los poderosos –que se esconde en la costumbre y la rutina–.

La capacidad de la escritura de romper con la hegemonía discursiva de quienes detentan el poder como si fueran los señores del logos; la capacidad, incluso, de subvertir la mortalidad humana de las palabras, y permitirles decir algo a lo largo del tiempo y del espacio.

La deconstrucción, además de estar escrita en varias lenguas, terminaría siendo el gesto de una escritura –y de una filosofía– que ya no quiere estar dominada por una única voz, no se deja circunscribir en una única época o cultura.


La filosofía trata de justificarse a sí misma a través de su mismo ejercicio, tratar de captar o de frenar este círculo virtuoso supondría imponerle un destino que la misma filosofía acabaría descubriendo y desestabilizando.


Decía Deleuze que la respuesta a la pregunta “¿para qué sirve la filosofía?” debía ser respondida con agresividad: la filosofía no sirve a ningún poder establecido.

Este motivo subversivo está presente en la obra de Derrida desde el principio hasta su lejano final. ¿Cómo podríamos formular una justificación de la filosofía y la deconstrucción que no caiga en el vocabulario de la utilidad y la servidumbre?

La respuesta a una pregunta como ésta solo puede ser respondida por medio de una lectura atenta y rigurosa a los textos y a los usos de las palabras, para derribar en ellos toda justificación servil, toda fundamentación de una única perspectiva.

Una vez realizado el derribo, la deconstrucción se plantea también como la búsqueda de un vocabulario que escape un poco más al discurso tradicional, aunque siempre en riesgo de volver a ser recuperado por el poder que se pretendía subvertir.

Por eso la deconstrucción termina identificándose con un gesto de subversión continua, interminable, pero –y ahí radica la diferencia con el inconformismo automático e irreflexivo– cada nueva sospecha, cada nueva desestabilización debe ejercerse desde el rigor y la lectura atenta, exige un trabajo continuo. Esta tensión constante es la que define el gesto deconstructivo.


Una filosofía, como la que encontramos en el gesto de la deconstrucción, que trata de identificarse con la búsqueda de la justicia, nunca se acaba, nunca se conforma; no se queda quieta.


Pero la pregunta vuelve, inquietante: ¿para qué, hoy, filosofía, para qué deconstrucciones? Es difícil responder a estar pregunta sin ejercer la misma filosofía, y ya consideraba Aristóteles que incluso para proclamar la muerte de la filosofía era necesaria la filosofía.

Solo poniendo nuestras certezas en suspenso podremos llegar a situarlas en una crisis en la que cuyo sentido ya no estará dado ni impuesto.

La filosofía trata de justificarse a sí misma a través de su mismo ejercicio, tratar de captar o de frenar este círculo virtuoso supondría imponerle un destino que la misma filosofía acabaría descubriendo y desestabilizando.

Una filosofía, como la que encontramos en el gesto de la deconstrucción, que trata de identificarse con la búsqueda de la justicia, nunca se acaba, nunca se conforma; no se queda quieta.

En ese sentido la filosofía, hoy más que nunca (pero entendiendo ese “hoy” de forma intemporal), puede ser un phármakon contra la quietud, contra el silencio de muchos y el monopolio discursivo impuesto por otros pocos; más de una lengua, siempre más de una voz.

Elementos extraños”; año: 2013; técnica: mixta sobre papel; autor: Santiago Caneda Blanco
Elementos extraños”; año: 2013; técnica: mixta sobre papel; autor: Santiago Caneda Blanco

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