Democracia y mayoría

Si nos atenemos al significado estricto y etimológico de la palabra democracia, entendemos por esta “el gobierno del pueblo”, diferenciándose de aristocracia (el gobierno de los nobles), plutocracia (el gobierno de los ricos) o tiranía (el gobierno ejercido por un usurpador del poder).

Uno de los modos como se ha venido interpretando la democracia, desde que las ciudades de Occidente quisieron regirse por ella, fue el de la decisión por mayoría. Pero dicho método, como deberíamos saber desde que Hitler ganó las elecciones en Alemania, no solo resulta peligroso sino también represivo.

La mayoría impone su voluntad a la minoría. Hasta puede aniquilarla con el respaldo de la ley, tal como se ve hoy día en Hispanoamérica o en los mismos Estados Unidos, respecto de sus poblaciones indígenas. No importa si la decisión proviene del Parlamento o de la calle, mediante presión: la mayoría decide y ejecuta sus decisiones como si nada ni nadie tuviera derecho a oponerse a ellas. Nadie está a salvo de la mayoría cuando queda legitimado el poder de esta a gobernar sobre el pueblo entero.

A parte de situaciones paradójicas como aquellas en las que un partido con seis millones de votos obtiene plena capacidad legal para gobernar un país de cuarenta millones de habitantes, no resulta menos sorprendente comprobar que la democracia occidental haya desembocado en lo que es hoy: una farsa, macabra, a veces; a veces, patética. Nos engañan, nos roban, nos mienten pero nos siguen gobernando. Eso no sucedería si las decisiones respecto del todo no las tomara una parte (mayoritaria pero parte).

Carecemos de un término para designar tal forma de gobierno: “mayoríacracia” me parece preciso pero poco elegante; quizá valga con llamarlo “multocracia”, para darle un referente latino, y explicarlo como “el gobierno de la muchedumbre”, tal como hace Russel Means, activista nativo-americano. Russel Means recoge la preciosa idea del consenso de su propia tradición, en la que enraízan otros conceptos fundamentales como la libertad individual y el respeto a los miembros de la comunidad, siguiendo el ejemplo del tronco de un árbol, que no discute con las ramas, aunque tenga más fuerza.

El consenso permite que cada persona esté de acuerdo con su gobierno porque ha sido escuchada y su punto de vista ha quedado integrado en las decisiones que se tomen. Si el entendimiento resultó imposible, el debate prosigue o se pospone hasta una próxima evaluación. Lo importante es mantener a la comunidad unida y respetar las razones del individuo a no someterse a una decisión que puede perjudicarle.

Nuestra sociedad se encuentra tan habituada a pensar en clave competitiva (hay que ser más que los demás), que unirla en torno a la idea del consenso, la flexibilidad y las concesiones parece imposible. No obstante, el cambio llegará por elección o por necesidad, pues no creo que sobrevivamos como colectividad libre si persistimos en desear nuestro propio provecho, sembrando la rabia del resto.

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