¿Por qué decimos sí cuando queremos decir no?

¿Cuántas veces nos han pedido algo y hemos dicho que sí aunque una voz dentro de nosotros se desgañitaba gritando: “¡No aceptes!”? Quizá el miedo a tener un conflicto con la otra persona, o ser políticamente incorrecto nos han empujado a aceptar algo que sabemos a ciencia cierta nos creará problemas a corto plazo. Sobre todo porque estaremos dándole vueltas continuamente al asunto y nos haremos mil veces la misma pregunta: ¿por qué tuve que decir que sí?

Desde encargos-trampa del jefe, pasando por compromisos familiares o hasta citas incómodas que no sabemos cómo quitarnos de encima, todos hemos vivido situaciones que podrían haberse solucionado con un simple no, pero que al final nunca hemos tenido el valor de pronunciar.

Debemos tener claro una cosa. Cuando alguien nos pide algo es igual de lícito decir que sí a decir que no. Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto decir que no? ¿Por qué anteponemos los deseos de los otros a los nuestros? ¿Por qué nos cuesta tanto ir en contra de las expectativas creadas? Según los expertos, la principal razón para evitar a toda costa el no es el miedo a no ser aceptados. El posible rechazo es el que nos hace instintivamente asentir para no enfadar o contrariar a la gente.

Pero esta automatización nos viene impuesta ya desde pequeños. La mayoría de las preguntas que hacen los adultos a los niños prácticamente neutralizan la posibilidad de un no por respuesta:

  • ¿A que quieres mucho a mamá?
  • ¿Vas a estarte calladito y sin hacer ruido, verdad?
  • ¿A que vas a ser obediente con los abuelos?

Cualquiera dice que no… Pero lo cierto es que todos esos mensajes van calando en nosotros y estamos más dispuestos a decir que sí   a todo aunque en el fondo queramos decir que no. Quizá porque sabemos que un no puede propiciar una discusión o una batalla que no tenemos ganas de empezar. Sin embargo, en el fondo sabemos que ese “sí” también nos va a proporcionar un nivel de estrés importante, porque haremos la tarea sin convicción y con ganas de terminar cuanto antes.

De ahí la necesidad de poner límites a las peticiones que recibimos para que los demás sepan exactamente dónde está la línea que no han de cruzar. Pero esa línea la debemos marcar nosotros. Si no lo hacemos, otros la marcaran en nuestro lugar.

Un caso muy corriente donde el no está casi penado es el de la familia, cuyos códigos internos están basados en la reciprocidad de favores y que nos encadena a hacer cosas que no deseamos solo porque lo exige el “protocolo”. En la mayoría de los casos preferimos herirnos a nosotros mismos antes que explicar nuestros razonamientos.

Nos falta asertividad, es decir, saber expresar a los demás nuestros sentimientos y pensamiento sin sentirnos culpables, respetando la opinión de los demás y, por supuesto, la nuestra. Se trata de defender nuestros derechos sin agredir a los demás ni hacerlos sentir mal.

Cómo ser más asertivos

Es importante tener claro que todos tenemos el derecho a decir que no y a expresar libremente nuestros pensamientos y sentimientos alejando el temor de ser tachados de egoístas. En realidad, expresar nuestras ideas debe ser considerado un ejercicio de responsabilidad y madurez y el que no lo entienda así muy probablemente no haya alcanzado las cotas de madurez y responsabilidad deseadas.

A la hora de ejercitar nuestra habilidad para decir que no, debemos tener claros los límites que queremos poner y los valores éticos que están detrás de cada decisión. Los expertos utilizan de manera efectiva los juegos de rol para ponernos en situaciones comprometidas y obligarnos a decidir y defender nuestras posiciones sin sentirnos mal ni hacer sentir mal a los demás.

Existen distintas técnicas para desarrollar la habilidad de decir que no, pero se puede correr el riesgo de pasarnos al otro extremo y decir a todo que no con argumentos inmovilistas y cerrando la puerta al diálogo. No se trata de construir un muro para que reboten las opiniones de los demás. Debemos intentar defender nuestra postura con firmeza pero con delicadeza y hacer ver a la otra persona que nuestra opción es tan válida como la suya.

Cuando dos valores importantes para nosotros entran en conflicto es cuando tenemos el problema de decidir. Por ejemplo amor-dignidad. Sí decimos que sí a alguien por el miedo a estar solos, perdemos nuestra dignidad por un amor que en realidad es una destructiva relación de dependencia. Otro ejemplo podría ser la amistad y la salud cuando un amigo nos ofrece droga. En muchos casos, aunque no nos haga ninguna gracia, la tomamos por no hacerle un feo.

Debemos darnos cuenta que solo debemos decir que no cuando realmente lo sintamos así, cuando vemos claramente que es mucho mejor para nosotros que decir sí. Ahí es cuando debemos ser fuertes y hacerlo. Seguramente no estemos entrenados para ello, pero con la práctica lo conseguiremos. Un no a tiempo refuerza nuestra autoestima y nos convierte en dueños de cada situación sin depender de la influencia de otras personas.

No hace falta ser tajante ni desagradable al decir que no; se puede ser diplomático, pero sin dejar lugar a dudas sobre nuestra negativa, ni tampoco entrar a justificar nuestras decisiones. Cuando desarrollemos esa habilidad, sabremos decirlo en el momento adecuado, de una manera elegante y sin dejar rendijas abiertas para que nadie rebata nuestra decisión. Nuestra salud física y mental nos lo agradecerá.

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