¿De qué sirve que caiga un sicario si Don Corleone y la Familia siguen con el negocio?

¿Por qué razón ocurre que, a pesar de la multiplicación de los procesos, de las intervenciones policiales, de las sentencias y de la entrada en prisión de señalados políticos como Matas o Fabra, no terminamos de creernos la cantinela de nuestros políticos sobre la regeneración? Leo los periódicos, escucho en la barra del bar, en las cada vez más infumables tertulias televisas y no parece que nadie dé mayor trascendencia a esas sentencias y actuaciones policiales. ¿Por qué? Afino el oído y me parece escuchar un rumor de fondo en el mar de la opinión pública: el rumor de un gran escepticismo.

Han sido tantos los casos que han quedado impunes -de momento-, tantas las actuaciones incomprensibles de fiscales que sin vergüenza alguna se esfuerzan en proteger al poderoso; tan absurdo resulta para la ciudadanía que jueces respetados como Garzón o Silva hayan sido castigados por su empeño en la persecución de los delincuentes ricos y poderosos, que jueces como Castro tengan que luchar a brazo partido con un fiscal reconvertido a defensor de infantas o que le muevan la tierra bajo los pies al juez Ruz con la descarada intención de retrasar la acción de la justicia, que unas pocas condenas sólo parecen el resultado de oscuros pactos en los que algunos son sacrificados como inevitables cabezas de turco -a su pesar, eso sí- para salvar a los verdaderos culpables del expolio a la que a clase política y alguna satrapía periférica vienen sometiendo al pueblo español desde la transición. Una clase política con siglas definidas: PP, Psoe y CiU, con la participación extemporánea de algún otro mindundi.

Una tomadura de pelo. Y más en una crisis que ha llevado al 30 % de la población a la miseria, al espeluznante dato de los 2.800.000 niños en riesgo de pobreza, a la depauperación de la sanidad y la educación, a la precarización del trabajo, al abandono en la cuneta de los dependientes etc. Tan grande es el desastre que no parece que baste el castigo de unos pocos y evidentes culpables. Y eso sucede porque se ha instalado en la ciudadanía la convicción de que esos corruptos castigados son sólo el botón de la verdadera corrupción institucionalizada por los partidos del poder, que se han convertido con el tiempo en verdaderas mafias de reparto de prebendas y mordidas pagadas por quienes realmente mandan: los ricos (en forma de oligarquías o de multinacionales, tanto da). De nada sirve que caiga un sicario si Don Corleone y la Familia siguen con el negocio. Esa es la convicción general y esa es la causa del escepticismo del pueblo español ante esos encarcelamientos.

Ya antes entraron en la cárcel Barrionuevo y Vera, y Roldán también, y algunos filesos, ¿recuerdan? y no pasó nada: el felipismo cambió de cobradores y siguió siendo una máquina de reparto de mordidas y remunerados sustitutos. Luego, con Aznar, llegó la Gürtelada: mayor corrupción, mayor desfachatez y mejor organizada; Valencia y Baleares se convirtieron en verdaderos estercoleros de corrupción a la sombra del Boom Inmobiliario y chiringuito bancario que lo contaminó todo, y animó a los demás partidos en la competición por la recalificación y la concesión indiscriminada. Una trama que desde el menor de los ayuntamientos hasta las sedes centrales madrileñas han cubierto la piel de toro, de arriba a abajo, con una ponzoñosa red de araña.

¿Cuántos irán a la cárcel? Tanto da que sean cuatro que cuarenta -piensa el pueblo-, el sistema seguirá igual mientras sigan los mismos partidos y las mismas estructuras que los mantienen en el poder. Esa es la percepción que predomina en la sociedad española.
Ahí es donde los partidos nuevos, principalmente Podemos, pero también los que se preparan para tomar las principales ciudades del país en los próximos comicios, hallan su caldo de cultivo. Nadie se pregunta en realidad por la racionalidad de las propuestas de esos partidos. Sólo importa la imagen de honestidad y la mirada limpia; y el hartazgo de las proclamas farisaicas de los de la Casta jurando que no volverán a pecar, que ahora sí, que ahora serán buenos y lo harán bien y ya no meterán la mano en la caja. No se creen a sí mismos, y se les nota demasiado. Viendo a Rajoy hablando de regeneración tenemos la sensación de que le crece la nariz como a Pinocho; escuchando las proclamas de la Susana Diaz jurando mano dura con los corruptos mientras sonríe a los Chavez y Griñan pergeñadores de ERE’s, no nos cabe duda de que miente más que habla. Vemos a Matas entrando y saliendo del trullo como Pedro por su casa, vemos al Fiscal insultando nuestra inteligencia al mentar la “indefensión” de la hija del Rey, vemos a Blesa paseando tan tranquilo sus canas de diseño por la calle, vemos, en suma, tanta indignidad que no podemos creernos nada: tenemos la sensación de que esos casos son las excepciones que confirman la regla de la Corrupción General y poco más.

Y todavía los hay que se escandalizan cuando escuchan de nuevo aquella vieja canción que clamaba por una escoba que lo barriera todo… lo suyo, claro.

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