De ciudadanos y ciudadanos
Fuente imagen: http://anterior.ultimocero.com

El ejercicio de la ciudadanía en democracia, al menos en las más consolidadas, exige el cumplimiento de reglas de juego explícitas e implícitas. Son estas últimas las que hacen del sistema una pauta efectiva que garantice la equidistancia y la proporcionalidad en su desarrollo y aplicación. Porque la democracia supone valores nobles. Cuando se aprecian episodios que exceden el marco de esas reglas, dejamos en evidencia que algo no funciona bien.

El fin del franquismo, si lo hubo, no culminó con un proceso de desmantelamiento de las estructuras del régimen. Ni siquiera se acometió una labor de verdadera democratización de sus élites y servidumbres consecuentes. El control de las expresiones franquistas, que con esa denominación ya es bastante, no se penalizó. Los símbolos del régimen permanecieron. Los grupos de poder económico surgidos tras las cortinas de aquellos años no sólo no se investigaron o controlaron: se alentaron. En cuanto a la relación Estado e Iglesia, poco se ha hecho para dejar que se consolidase la idea madura de una España aconfesional. Ese fue el fracaso de la Transición.

Por el contrario, los sucesivos gobiernos supuestamente alejados de las fuentes franquistas, simplemente llenaron titulares de eufemismos, propuestas y palabras que poco favor han hecho a la consolidación de la democracia en España. Esto ha sido tan así, que ni siquiera se han sentido con el compromiso de cumplir con su mandato constitucional de preservar los derechos de los ciudadanos. El Pazo de Meirás es sólo un símbolo. Legislar para poner al franquismo y a sus símbolos en la ilegalidad, es otra muestra de la pobre calidad democrática que padecemos.

En buena medida se trata entonces de reconocer que tenemos un problema de legitimación del actual sistema. No de su legalidad, la que, por otra parte, nos recuerdan desde la UE, que solemos transgredir las líneas de los principios democráticos en la creación de leyes y procedimientos calificados como ilegales. La cuestión de las devoluciones en caliente de Melilla es sólo el último llamado de atención. Todo un indicador de un Estado que no resulta capaz de asumir sus errores y resolver las cuestiones para las que debería ser apto.


España exige recuperar un ejercicio de la ciudadanía que vaya más allá de tararear un himno nacional para el que no se ha sabido, o querido, poner una letra que signifique unidad para todos los españoles


Por tanto, cuando se sigue hablando de “nación” para referirnos a España, en lugar del más democrático “país”, sin haber apagado los rescoldos franquistas, sólo estamos recuperando una dialéctica que nos llega desde las profundidades de aquél régimen. El uso de la violencia es el modo en el que ese sistema imponía sus principios. Tales prácticas no pueden, en ningún caso, recuperarse. Tampoco el “Cara al Sol”, bajo la complacencia o impotencia de un sistema judicial que parece adecuarse a esa línea de pensamiento. Además, el abuso de la utilización de la bandera actual para vestir ideologías excluyentes, o tapar delitos sin resolver, no parece ser augurio de mantener la paz social, en un entorno en el que las tramas de corrupción perecen ser “liberadas” de sus responsabilidades ante la ley y ante los ciudadanos.

De ciudadanos y ciudadanos
Fuente imagen: http://www.huffingtonpost.es

En la Francia de Vichy, los dirigentes oficiales del Estado no asumían de muy buen grado el enrolamiento de los jóvenes franceses en la fuerza de choque militar del movimiento nacional-socialista, la Waffen SS. Recuperemos a este respecto, una frase del poeta Jean Cocteau: “Puesto que los acontecimientos nos superan, finjamos que somos sus organizadores…” Es lo que tiene ser colaboracionista, a la larga no puedes evitar quedar en evidencia.

España exige recuperar un ejercicio de la ciudadanía que vaya más allá de tararear un himno nacional para el que no se ha sabido, o querido, poner una letra que signifique unidad para todos los españoles en las nobles ideas de la igualdad ante la ley, la fraternidad y la libertad, sean cuales fuesen sus condiciones y calidades de españolidad.

En todos estos años, desde la muerte del dictador, o no se ha comprendido que significa ser ciudadano, o no se ha querido definirlo. Porque, mal que nos pese, parece que en la España de hoy se ha regresado a la inequidad ante la ley, a la insolidaridad, y a los excesos del poder de los más fuertes frente a las vulnerabilidades de los más débiles.

Ejercer la ciudadanía, más que convertirnos en cómplices, debe suponer el convertirnos en actores. Son dos modos de ser ciudadanos. ¿Cuál prefieres?

El sistema está en peligro. “La implosión de la democracia”

A este gobierno le das el beneficio y te roban el bienestar

No hay comentarios

Dejar respuesta