Cuando nos enfundamos nuestro flamante traje de cuatro ruedas

Llega la época estival, el momento dorado por el tórrido escenario veraniego y por nuestros más anhelados sueños de ociosos momentos. Después de tantas duras e interminables jornadas en las que estos días de estío parecían  tan lejanos que su vista en el calendario nos propinaba un vahído momentáneo a razón de los numerosos dígitos que precedían a la añorada fecha, por fin, ya delante de nuestros ojos las maletas repletas de toda una sección de ropa veraniega y sus respectivos complementos,  establecemos ese vínculo eufórico que automáticamente nos indica que ahora sí llegaron las vacaciones.

Este grandioso momento, inexorablemente se vincula a otros tantos elementos relacionados con este descanso estival, tales como chiringuitos de playa, copiosas comidas regadas con las espirituosas bebidas que el calor demanda, o parajes idílicos que después de titánicas búsquedas en esta o aquella agencia de viajes, acaban siendo nuestro destino vacacional.

Pero un elemento crucial, casi indispensable, el “Sursum corda” de nuestros estresantes tiempos modernos, y aludiendo a este clásico del cine mudo, donde el gran Chaplin acaba engullido por las fauces de una cadena de montaje, donde sin remedio su feroz maquinaria ha tomado el mando, dejando postrado en un rincón, sentidos comunes y dignidades humanas; es sin duda nuestro ultramoderno y velocísimo automóvil.

Es curioso observar, como esta poderosa máquina de cuatro ruedas nos convierte en otra persona cuando nos aposentamos en el asiento destinado al conductor y quedamos abducidos por palancas de cambio, volantes de cuero, y sobre todo por aceleradores que impulsan este vehículo a velocidades que nos elevan a soberbios estados muy distantes a los que se dan en nuestro ancestral  y humilde caminar.

Esta transformación que la máquina opera en nuestro comportamiento, se ve de alguna manera reforzada-agravada en esta época estival por la coincidencia de millones de vehículos en vías atestadas de soberbios e impacientes individuos, ansiosos por llegar a ese destino apacible y bucólico que se resiste a ser disfrutado, y va “in crescendo”, a la vez que ese pie derecho conversor de octanos en velocidad, se ve impedido a aplastar la palanca donde descansan los innumerables caballos que desbocados harán las delicias de tantos conductores en tal o cual autovía, dejando atrás a los demás con esa sensación tan gratificante que otorga esa absurda altísima velocidad, alimento esencial de egos superlativos.

Y es que en este y en cualquier momento en el que tengamos la necesidad de circular con un vehículo por la vía que sea, hemos de ir pertrechados de la mejor de las paciencias y sobre todo de una gran dosis de humildad.

Haciendo referencia a una serie televisiva de los `80: “Tengan cuidado ahí fuera”.

 

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