Corazón VS Razón. Elabora tu PLAN B

Sí, todos sabemos que la cosa está muy mal, que la crisis nos está machacando, que hay que esperar a que escampe, que no es momento para hacer gran cosa… Son bonitas excusas para quedarnos de brazos cruzados y no hacer nada, solo esperar a que la situación nos la solucionen otros (¿políticos? ¿mercado?), y que todo vuelva a la “normalidad”, pero me temo que esta vez nunca volveremos a lo de antes. Las crisis cambian todo el statu quo que conocemos y solo nos queda la opción de adaptarnos al nuevo organigrama o sufrir pensando que algo mejor llegará en el futuro.

Esa espera, ese cruce de brazos, en el fondo es reconfortante. Pensamos que los que nos metieron en este embrollo nos sacarán de él, pensamos que todo esto es cíclico, una mala gripe que hay que pasar, que será un mal recuerdo y todo lo que venga será mucho mejor… Bueno, algunas de estas ideas pueden ser ciertas, pero ¿quién nos asegura que los años venideros serán mejores?

Hemos creado tales lazos de dependencia con todo lo externo que preferimos dejar nuestro porvenir y nuestra existencia en manos de otros. Al fin y al cabo es una actitud que nos hace sentir cómodos. Vemos la miseria, la injusticia y la desesperanza a nuestro alrededor, pero nos tranquilizamos pensando que será algo pasajero, que esto no puede durar mucho más, “si la gente no se ha echado aún a la calle es porque todavía no estamos tan mal como pensamos…”, es una de las reflexiones recurrentes en estos momentos.

Efectivamente, no nos echamos a la calle porque preferimos esperar sentados en el sillón a que todo se solucione por arte de magia, pero en realidad, nadie hace nada. Si alguien quiere abrir un negocio prefiere esperar: “con la que está cayendo…”. Si alguien desea cambiar de trabajo, también prefiere esperar: “cuando se reactive la economía habrá más empleo”. Todos esperamos que cambie algo. O quizá estamos “Esperando nada”, como decía aquella gran canción de Antonio Vega.

La razón mantiene secuestrado al corazón

En estos tiempos de incertidumbre y confusión, el corazón está cautivo en un cuarto oscuro, maniatado con grilletes, sin derecho a hablar ni a exponer su punto de vista. Está secuestrado por la razón, que le esgrime: “Ahora no es tu momento, cuando llegue te avisaré”. Esa es la cantinela que el corazón lleva escuchando toda la vida y ahí sigue el pobre, resignado a su suerte, a pan y cebolla, esperando como todos, en este caso a ser escuchado.

El corazón es ese charlatán que solo dice cosas sin sentido, al que la mayoría rechaza y, en el mejor de los casos, provoca una simple sonrisa de conmiseración. Pero creo que el corazón puede completar una misión muy importante ahora que la desilusión se ha adueñado de buena parte de la gente. Voy a poner un ejemplo muy claro. Si en estos tiempos de crisis surge el amor entre dos personas, acaso se dirían a bocajarro: “No, es mejor esperar, con la que está cayendo… Mejor cada uno por su lado y ya cuando cambien las cosas podríamos probar…”. Sería impensable ¿no? Precisamente esa nueva ilusión, esa pequeña llama, sería la que nos ayudaría a dejar de esperar nada y a vivir algo emocionante.

Con los sentimientos a flor de piel, la razón no tiene nada que hacer, ha perdido la partida antes de comenzarla. Entonces, ¿por qué no intentamos aprovechar cualquier oportunidad que tengamos para encender nuevas llamas que nos emocionen y dejemos esa espera a un lado? Si tenemos un proyecto en mente desde hace tiempo y sabemos cómo echarlo a rodar, ¿por qué no hacerlo? ¿Solo porque sencillamente “no toca” por las circunstancias? ¿No será que tenemos miedo o que no somos capaces de controlar la incertidumbre? Si no salimos a ganar, nunca ganaremos y nuestra vida se escapará sin darnos cuenta como el agua en un cesto, y lo peor es que nuestra única coartada es la de siempre, que ya vendrán tiempos mejores para llevar a cabo nuestros proyectos. ¿Tenemos la certeza de que llegarán esos tiempos mejores?

Esperando a Godot

En esta obra de teatro de Samuel Beckett de los años cuarenta, dos personajes esperan a alguien llamado “Godot”, no sabemos por qué ni para qué, pero lo esperan aunque alguien les dice repetidamente que hoy no vendrá, quizá al día siguiente. ¿Hay algo más aburrido que esperar? Lo mejor de esta obra sin duda es el final. Ambos personajes, cansados de que no aparezca el tal Godot deciden que lo mejor es irse, pero no son capaces. Se quedan esperando en el mismo sitio. Dependen tanto de la llegada de Godot que ya no saben hacer otra cosa que esperar. Si decidieran suspender la espera no les quedaría nada. Al menos así tienen algo en lo que concentrar sus fuerzas. Esperar.

Esa es la pregunta que debemos hacernos nosotros: ¿Prefiero esperar a que pase algo o puedo hacer algo para provocarlo? Ese es el Plan B que debemos tener preparado y para ponerlo en marcha lo primero que deberíamos hacer es rescatar a nuestro corazón de su cautiverio y dejarlo expresarse libremente. Si lo escuchamos con atención puede que aprendamos algo. Quizá nos enseñe a valorar más nuestro presente, a no esperar nada de los demás y a apreciar más nuestro tiempo, nuestra vida, que malgastamos esperando a Godot aunque en el fondo sepamos que nunca aparecerá.

Si nuestro corazón nos anima por ejemplo a montar ese negocio que llevamos planeando toda la vida, ¿por qué no hacerlo? La razón dirá que no es buen momento, como siempre, ¿pero acaso hay un buen momento para ella? Siempre habrá poderosas razones para no hacer nada.  El mejor momento siempre es ahora porque es cuando lo estamos viviendo. Mañana, la semana que viene o el mes que viene no lo estamos viviendo ahora, lo viviremos en su día, pero no ahora. El presente es lo único que podemos controlar nosotros y lo que hagamos ahora determinará las próximas semanas, meses y años, por tanto sí que podemos influir en nuestra vida sin esperar a que alguien modele nuestro futuro sin consultarnos.

En la eterna lucha entre la razón y el corazón mi propuesta es dejarnos llevar por el corazón, siempre tratando de buscar el equilibrio, claro. Secuestrar a la razón tampoco es una buena decisión. Pero cuando tengamos que resolver un dilema importante, escuchemos al corazón por una vez, puede que nos dé el empujón que necesitamos para salir de la mal llamada zona de confort. Yo más bien la llamaría la zona de “confort-mismo” o de “des-confort”, pero de eso hablaremos otro día.

No hay comentarios

Dejar respuesta