Contra el terror(ismo), unidad global

El terrorismo sigue llamando a las puertas de quienes están cansados, de quienes ya estamos hartos. Contra esta causa –la barbarie– no hace falta sumarse, por el hecho de ser demócrata se asume que el rechazo es evidente y caemos en una redundancia que, no es menos cierto, sigue siendo necesaria.

Sin embargo, quisiera ampliar miras y enfocar la cuestión desde otro ángulo: un proceso integrador a nivel mundial, al menos, un inicio de proceso. Hacia ahí tenemos que caminar, y juntos/as, de la mano. Cuando desde determinadas posiciones políticas/sociales se habla -hablamos- de cambio, nunca puede estar la mira en nuestro ombligo. Hemos de recordarnos, continuamente, que nunca nos llegamos a cortar el cordón umbilical con las sociedades y países que conviven diariamente con nosotros/as. No se trata de co-responsabilizar, se trata de englobar(nos). Mientras abrimos millones de regalos y al día siguiente hacemos colas para seguir regalándonos falsedades, hay países que -no por decirlo muchas veces es menos importante- siguen en guerras o guerrillas. Hay miles de refugiados políticos que emigran a diversos lugares del mundo porque terroristas como los que aparecen ahora en los medios, siguen cortando el camino de la vida digna a más miles de inocentes cuyo único pecado es haber nacido en un lugar equivocado. Ahora podremos detenerlos, juzgarlos y condenarlos. ¿Y luego qué?

Sin una cooperación internacional -no bilateral- sino multilateral o, mejor, global, la integración entre países, que conllevará mayor respeto y ausencia de salvajismo, nunca será del todo posible. Las guerras, se dice que además de rentables económicamente, son producto del desconocimiento del otro. Debemos normalizar, en el mejor sentido de la palabra, culturas ajenas, sin etnocentrismo, solo portando la única bandera de la paz posible: ni un solo muerto más. Quien no respeta la vida por una ofensa a su profeta, además de ofender la vida ajena, intenta imponernos –o querernos convencer de ello– un modus operandis en nuestra propia cultura. La imposición se debe a dos razones, como decía: falta de conocimiento y respeto a otra cultura y, consecuentemente, falta de empatía sobre la misma y el valor que aquí se da a la vida. La multilateralidad cultural impide, entre otras cosas, que ese miedo a lo nuevo exista e iniciará un proceso de respeto mutuo, que ya existe, pero que parece todavía insuficiente. Oriente Medio lleva demasiado tiempo en guerra y todos/as nos lavamos las manos cuando escuchamos quién ha vendido armas a determinados grupos violentos o gobiernos antidemocráticos. Ahí no hay cooperación internacional. Ahí hay falta de preocupación sobre los derechos humanos en otros países. Y se acepta la afirmación –que no se comparte–, pero, al menos, seamos sinceros.

La barbarie debe desaparecer. Entendamos que no somos culpables de nada, que los únicos responsables son los que aprietan el gatillo. Pero abramos el melón por un futuro mejor: ¿apunta la cooperación internacional actual a la buena dirección? ¿Ha dejado el etnocentrismo de existir, en ambas direcciones, en las relaciones bilaterales? ¿Por qué lo bilateral sigue primando a lo global? ¿Es esta la globalización que buscamos? La perversidad de la globalización, en el sentido que Milton Santos señala en Por otra globalización, sacude los telediarios de todos los hogares diariamente. Sin miedo, porque podemos entendernos.

Vamos a por ello. Sin miedo, porque el miedo reduce la libertad o, al menos, a veces la castiga cruelmente. Francia sabe esta semana de primera mano qué es eso.

1 Comentario

  1. Amigo mío, dices que “La barbarie debe desaparecer.
    Entendamos que no somos culpables de nada, que los únicos
    responsables son los que aprietan el gatillo” ¿Quién aprieta el gatillo? Permíteme que ponga aquí, para señalar a unos que tienen gran responsabilidad en todo esto, una parte de mi artículo de la semana pasada en LIVERDADES titulado “es mentira, es mentira: ellos no son …” atiende: ““De acuerdo con el entonces Consejero de Seguridad Nacional
    Brzinski (EEUU), la ayuda de la CIA a los insurgentes en Afganistán
    fue aprobada oficialmente en julio de 1979. La yihad fue
    incentivada por la administración Carter y la administración Reagan
    y la proveyeron de armamentos, equipos modernos, recursos y
    demás pertrechos a los muyahidines. EE. UU gastó con los
    muyahidines hasta aproximadamente 40 mil millones de dólares. El
    presidente Reagan dijo de ellos:

    «Ver a los valientes
    afganos luchadores por la
    libertad contra modernos arsenales con simples armas
    de mano es una inspiración para aquellos que aman la
    libertad.»

    Los muyahidines
    afganos recibieron refuerzos extranjeros: hasta 35 mil yihadistas
    internacionales reclutados por la CIA combatieron en Afganistán
    contra los comunistas. El más famoso fue Osama bin Laden, de origen
    saudí , quien creó en esos años su red Al Qaeda como una
    coordinadora de inteligencia de los muyahidines.

    Algunos jefes
    muyahidines utilizaban el dinero de la CIA para recompensas a sus
    combatientes según el tipo de víctima: matar un soldado enemigo:
    250; matar un docente: $750; matar un clérigo no-extremista: $2500;
    derribar un avión civil o militar: $25000. Otros, como Gubulfin
    Hekmatiar, pagaban en moneda local: por soldado muerto, entre 5 y 7
    mil afganis; por militante del Partido comunista, entre 10 y 15
    mil; por oficial del ejército, 30 mil…”

    ¿Quién aprieta el gatillo, dices? Pues muchos… un saludo.
    Muy interesante tu articulo, cierttamente.
    josep turu

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