Conformismo low cost: en busca de un relato ideológico y un sujeto político para el siglo XXI

Poco queda al neoliberalismo por privatizar, aunque sus últimos coletazos todavía pueden hacer más precaria la existencia de cientos de millones de personas. Su relato contra el Estado del Bienestar va perdiendo eficacia en medio de un caos estructural y de valores éticos a escala internacional.

Algunas voces críticas dicen que el capitalismo como sistema mundial ha entrado en su crisis definitiva, sin embargo eso no asegura que lo que se está gestando de sus ruinas y contradicciones sea mejor, más democrático, social y equitativo en suma.

Lo que si es cierto es que su relato se agota. Ya no tiene nuevos argumentos que esgrimir en mitad de un desierto de ideas críticas, desigualdad en aumento y pobreza generalizada. Su mayor aliado, las clases medias, optan por populismos derechistas y soluciones fáciles contra los otros, chivos expiatorios que toman cuerpo en inmigrantes, refugiados y rebeldes en el amplio sentido de la palabra, categorías todas ellas asimilables al concepto terrorista. Sus miedos necesitan ese fantasma del terrorismo para justificar la falta de relato ideológico que guíe sus vidas.

Desde la caída de los socialismos reales inspirados por la extinta Unión Soviética, la famosa frase There Is No Alternative (No hay alternativa) de Margaret Thatcher inauguró un teatro internacional donde el monólogo capitalista liderado por EE.UU. era el único protagonista de la poshistoria o posmodernidad como eslabón postrero de la cultura humana.

Se quiso definir la posmodernidad como la era de la política sin conflictos de clase, del imperio del yo y de la experiencia libre contra las exigencias tiránicas de papá Estado. Cada biografía podía ser lo que su portador quisiera pergeñar con ella. El bello relato milenarista en la frontera del siglo XXI nos susurraba al oído que comenzaba la época del pleno empleo y la sociedad del ocio y el conocimiento. Mientras la propaganda nos prometía el Reino de Jauja, el neoliberalismo real trajo mayor precariedad vital y laboral y guerras más cruentas en el denominado Tercer Mundo.

La crisis (espontánea o provocada por las  elites, que eso aún está por dilucidar) de 2008 nos despertó de un sueño demasiado bonito. La realidad era cruda: más paro, más pobreza, más desigualdad, más miedos… Más de lo mismo, capitalismo desatado de tabúes a todo trapo, pero con menos derechos civiles, sociales, económicos y políticos.

Hoy sentimos un vacío inmenso. No hay relato a la vista para esbozar una tímida sonrisa. Se vota por impulsos, lo menos malo. Vamos de contrato en contrato sin posibilidad de tejer una trayectoria vital coherente y a largo plazo. Acumulamos experiencias, fracasos y objetos de consumo fútiles sin saber cómo ni por qué ni para qué.

Rodeados de naderías, el vacío es una cárcel sin barrotes, silenciosa, donde cuesta reconocernos entre la multitud como personalidades diferentes: la sensación de ser clones a la deriva nos sirve de triste consuelo. Todos sobrevivimos más o menos igual, en la miseria existencial de no conocer dónde estamos, ni de dónde venimos, ni hacia dónde nos gustaría dirigir nuestros pasos. Huimos despavoridos de las utopías del siglo XX para caer de lleno en una distopía gaseosa de clones programados para cumplir objetivos y metas mecánicas: comer, dormir, trabajar, consumir.

El riesgo ya no es vivir en la sociedad sin red del neoliberalismo de la posmodernidad. El verdadero riesgo es asumir la soledad del yo, su imperiosa necesidad de construir un nosotros desde la precariedad del hoy. No habrá yo auténtico sin nosotros que le dé sustento. La gran falacia del liberalismo, neo y viejo, es que tras sus conceptos solo hay idealismo, destilaciones mentales sin raíces en la realidad material.

Van diciendo por ahí algunos intelectuales interesados en la realidad política que ahora mismo estamos inmersos en una etapa de transición, un lugar que nos llevará a otro espacio todavía sin hacer ni de contornos definidos. Que algo nuevo tiene que nacer de tanto vacío y conflictos soterrados. Tal vez estén en lo cierto, pero lo que hoy vemos, quizá solo en la superficie, es un conformismo de bajo coste formidable: el capitalismo sigue en pie tal cual; los movimientos críticos puntuales suelen acabar ofreciendo su bagaje y armas al régimen al cabo de un cierto tiempo.

Y todo sucede sin relato, a pelo. La masa continúa con la cabeza hacia abajo, casi sin inmutarse. ¿En qué mitos o paradigmas transversales low cost se basa la anodina realidad del presente?

Crecer. Ante el desprestigio del progreso ilimitado (tanto desde la perspectiva izquierdista como desde la óptica de las derechas), el crecimiento es la meta de todo, desde la economía a la cuestión estrictamente privada o personal. Crecer invita a pensar en algo grande, no más sutil, sublime o mejor. Y lo enorme nos lleva a lo espectacular y, por ende, a lo grandioso. Una aplicación concreta y antigua de este mito viene a señalar que cuanto más grande sea la tarta más habrá para todos, eludiéndose los graves problemas de los recursos escasos, la contaminación medioambiental y la sociedad dividida en clases. Pero crecer, cueste lo que cueste y caiga quien caiga en el proceso, continúa siendo un señuelo mágico para concitar a riadas de gente tras tal percepción irracional. Crecer se ha convertido en una palabra comodín que se usa a troche y moche sin saber qué se pretende con ella. Con todo, a su estela reúne consensos de muchedumbres ávidas de hallar un tótem al que adorar sin ofrecer nada a cambio ni pensar en exceso más allá de uno mismo.

Solidaridad estilo ONG. Estamos ante la caridad laica por excelencia de los últimos tiempos. A través de ella canalizamos nuestras emociones de salón-comedor no teniendo que comprometernos con ninguna alternativa política crítica con el sistema. Los pobres y desgraciados de la Tierra nada tienen que ver con el sistema-mundo que habitamos. Sus calamidades y miserias son de orden natural, inaprensibles a la voluntad o el entendimiento. Y con la caridad ONG salvamos nuestras responsabilidades personales y colectivas. De esta forma, el primer mundo, Occidente, se exonera de culpa, mitiga su mala conciencia y distorsiona la realidad política doméstica. Donde no hay responsabilidad evidente, nadie es culpable. Más que conciencias tranquilas, la solidaridad ONG crea conductas dormidas y dóciles, masas con una capacidad inmediata de sentir emociones a flor de piel que se olvidan al instante ante otra emoción de distinta naturaleza que exalte su buen corazón de ciudadano medio de la globalización rica u opulenta. Todas las emociones ostentan idéntico valor en el escaparate del consumismo neoliberal. A mayor entrenamiento en discernir emociones dispares, menor disponibilidad para utilizar la inteligencia comparada y la razón crítica.

No hay alternativa. Pese a que la realidad refute los datos oficiales, por muy lesivos o negativos que estos sean, vivimos en el mejor de los mundos posibles. El pensamiento único, aún con grietas sangrantes en su edificio, persiste en vender que la desaparición súbita del Muro de Berlín certificó el fin de la historia y de las desavenencias sociales. Solo queda adaptarse y competir hasta la extenuación. Hay que trabajar más, darlo todo por una causa sin causa noble que perseguir, entregarse al dios capitalista en la esperanza de que algún día alguien o la esquiva suerte reconozca nuestros particulares méritos. Si miramos a nuestro alrededor la realidad que nos circunda invita a pensar que habitamos una única verdad: la verdad única de los principales mass media al servicio de las elites hegemónicas, los hacedores de la realidad autorizada, el camino a seguir.

Peligro, terrorista a estribor. Es la palabra fetiche de moda: terrorista. No teniendo enemigos o adversarios de calado en el escenario ideológico y político, el sistema debe inventar personajes imaginarios para mantener un control selectivo de las opiniones y acciones de rebeldes, librepensadores o izquierdistas irredentos. Existen terroristas reales, tan reales como la desigualdad, el racismo, las injusticias sociales y el terrorismo de Estado. No obstante, elevar las alternativas políticas opositoras al rango de terroristas mancha sus opciones en la esfera pública. Y terrorista es una posibilidad semántica en la que puede caber cualquier actitud contraria a los intereses de los poderes fácticos: desde refugiados o minorías étnicas y de género a marginales expulsados del sistema y hasta rebeldes anónimos con causa o sin ella. El vocablo terrorista activa los prejuicios sociales y culturales de modo instantáneo y aglutina tras de sí una oleada de gentes diversas unidas en un pánico semejante: el odio irracional al otro, al extranjero, al diferente aun siendo de su propio territorio u origen.

El futuro permanente. Ni nostalgia por el pasado ni rabioso presente. El estado actual se define por un futuro permanente, un no estar ni ser asentado en ninguna raíz profunda, mera expectativa sin esperanza en simultáneo con una resignación estática y de puro éxtasis en la complacencia del observador impasible. Los roles vienen marcados por decisiones inapelables de un juez invisible: somos lo que somos, una tautología que no permite el libre albedrío nada más que para ser sujetos pasivos de una obra de autor desconocido. El rol pasivo solo incluye en su repertorio facultativo el aplauso cerrado de la adhesión incondicional o la frustración del disidente solitario. Ese futuro como promesa que jamás llega es el horizonte que impide tomar conciencia del aquí y el ahora. Mientras pensamos en el más allá remoto, el hoy es un simple espacio de tránsito, un no-lugar donde nada es ni nada cambia: un estar sin ser o viceversa.

La normalidad exquisita. Lo normal es la mayoría, la tendencia a adaptarse al medio a ultranza. Fuera de la normalidad las inclemencias son muchas: hay que sostener ideas propias, nadar contracorriente, dialogar y proponer, escuchar y dar marcha atrás, tomar el conflicto y la contradicción como motor de la Historia. Salirse de la normalidad, además, puede ser oneroso, sus penas pueden ir desde el ostracismo al paro y desde la mala fama a la indiferencia. Un sexto sentido imbricado con el instinto de conservación nos dice que en la normalidad, aunque todo lo que acontezca sea repetitivo, aburrido e insustancial, la supervivencia viene asegurada de serie. Entrar en el régimen de lo normal nos trasforma en cómplices de un barco que solo busca atracar en puertos al abrigo de la tradición y las costumbres seculares. Dentro de la normalidad reina el sentido común de ser siempre fieles a sí mismos. Nada por aquí, nada por allá, tiempo de bonanza perpetua y quietud absoluta.

Responsabilidad individual. El liberalismo de fachada neutra o centrista y el neoliberalismo extremo consideran al ser humano como un ente suficiente para llevar a cabo sus funciones vitales mínimas y sus deseos más íntimos sin interferencia alguna de la sociedad. La suma de las buenas decisiones da como resultado una sociedad saludable y próspera. Los que se quedan en la cuneta, en el limbo o en la orilla de la escapada del hambre son culpables únicos de su funesto destino. La vida es una dualidad radical e inevitable que conduce al éxito o al fracaso. Los que están arriba han competido adecuadamente y son los mejores. En el mundo, pues, la pobreza, la desigualdad y el infortunio son producto de luchas naturales: el pez gordo se come al chico; viven los más aptos; mueren los peores. A priori, su moral es extrema; a posteriori, todo es una falacia idealista interesada para justificar los desmanes sociales de las estructuras capitalistas: cuando un rico pierde en la batalla comercial o financiera, todos debemos ayudarle desde el erario público en aras de la concordia social. A pesar de lo expuesto, ha calado muy hondo en la conciencia colectiva que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Que todos luchamos contra todos. Que la cooperación es un grito desgarrado de los débiles para exprimir la inteligencia y los recursos de los más aptos. Estamos ante una fórmula ideológica que se ha transformado en idea profunda en el inconsciente colectivo. De ahí hay un salto ínfimo para tañer como un automatismo visceral la campana del racismo contra los inmigrantes y la segregación a divinis de los perdedores de cualquier escaramuza vital.

El mercado lo es todo. Ese mercado donde todo se compra y se vende se ha convertido en un fetiche intelectual de primer orden. El precio es su corolario máximo. Si algo puede valorarse simbólicamente mediante una cantidad de dinero, ese algo entra a formar parte de una entidad áurea, trascendente, útil. A través de una etiqueta de conveniencia, un guarismo, una anotación, un recibo, un pagaré, un cheque, una moneda o una transacción, un objeto, una persona, una habilidad o un servicio cualquiera toman la forma de mercancía y adquieren una personalidad propia. El mercado tiene apariencia de totalidad pero encubre lo esencial: el trabajo humano, su dedicación a transformar el mundo y la realidad dialécticamente, dándose a la naturaleza y recibiendo de ella, creando cultura y transformándose a sí mismo socialmente en tal tarea histórica. El emblemático mercado roba la esencia de cada ser: su propio trabajo, enajenando los resultados colectivos mediante dos alforjas de fondo casi infinito: la acumulación persistente de capital y la ganancia intocable del los empresarios y la clase sorporativa.

Ciencia contra filosofía. Un resumen gráfico de este rubro podría explicarse con la manida frase de que una imagen vale más que mil palabras. Todo por la praxis sería otra manera de expresar lo mismo. La tecnología ha desbancado al pensamiento. Lo que no deviene en utilidades inmediatas tangibles, no debe tener cabida en la educación de nuestros días. Saber pensar hace daño a las esferas privilegiadas. Es mejor dividir el conocimiento en dualidades enfrentadas: la sacrosanta ciencia y los desvaríos de la filosofía y las humanidades. No sería raro que a largo plazo la complejidad y los matices del lenguaje humano se resolvieran mediante ecuaciones binarias de ceros y unos, balbuceos científicos que omitieran las emociones, el razonamiento, el misterio de la vida y el universo y el placer de sentir el contacto con la propia carne y la el cuerpo de los otros. Resulta curioso observar como los adalides de la técnica como cenit de la obra humana son incapaces de conocer los entresijos de cualquier aparato a su disposición. Con hacer clic les basta y sobra. Tampoco quieren saber las motivaciones que puede haber detrás de un ingenio fabuloso de porte futurista. Esa ciencia tan hermosa ha sido capaz de tocar la Luna, inventar la penicilina y también de idear la bomba atómica. Sin historia, ni ética, ni moral, ni política, ni filosofía seremos meros autómatas de un poder omnímodo e incontrolable. Saber pensar nunca debe estar reñido con el saber hacer. Han de ir de la mano para prevenir disparates por el monocultivo de una sola faceta del conocimiento humano.

 

Cultura gaseosa. La alegre y casquivana posmodernidad casi nos obliga por imperativo kantiano a ser felices porque sí. En la búsqueda de esa ambrosía inefable debemos dejarnos la piel. El valor supremo es que ya no existen los valores ni impedimentos éticos que pongan freno a nuestros deseos más íntimos. La totalidad es una quimera y la Historia un pozo de anécdotas sin mayor importancia. Lo que realmente hemos de perseguir es la supremacía del yo propio: vivir no es más que pintar o cincelar con originalidad e ímpetu creativo el lienzo de nuestra existencia; ser el autor de sí mismo debe ser el leit motiv de cualquier ser humano, aquende el neoliberalismo, allende los pueblos que soportan la miseria de un devenir sin presente ni futuro. La autodisciplina es el camino, no ceder a ninguna vulnerabilidad propia o ajena. Y morir con las botas puestas, sin apegos al entorno ni al prójimo más allá del momento evanescente del ahora mismo. En definitiva, se predica que debemos ser antes que causa, puro efecto, y antes que persona, mero producto de un devenir sin historia ni conjeturas morales ni trabas emocionales de ningún tipo.

A grandes trazos, en un mundo como el actual sin relatos que emular ni utopías adonde dirigir nuestros anhelos, los mitos reseñados son clavos invisibles a los que agarrarnos, no conscientemente, para salvar las dudas y zozobras de la existencia contemporánea.

Muy probablemente, si fuese cierto que del caos tormentoso de hoy tiene que surgir por necesidad una nueva realidad social (ni mejor ni peor pero sí distinta), los valores o mitos descritos, al menos muchos de ellos, desaparecerían del imaginario colectivo. Otros se transformarían y tendrían diferentes enunciaciones sirviendo de humus a ese horizonte que desde algunos pensadores se anuncia de manera irreversible.

Lo que sí da la sensación de estar meridianamente claro es que un nuevo relato está en ciernes dentro del vientre de la Historia. Por lo tanto, antes del anunciado parto, aún podemos configurar su forma de ser y los ribetes de su personalidad futura. Nada está escrito todavía, a pesar de las tendencias y fuerzas que operan a escala internacional para que el retoño tome como suyos los rasgos y memes de una alternativa eminentemente reaccionaria cuando no conservadora.

Las preguntas a responder forman parte de la batalla inminente. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde queremos ir? ¿Qué podemos hacer para llegar al destino que nos hemos marcado?

Pugnar contra el conformismo low cost de nuestros días ya es un principio de oposición racional a dejar de ser meros comparsas al albur de los acontecimientos naturalizados o inevitables. Cuesta dar el primer paso, pero en este incipiente camino nos jugamos los próximos cincuenta años. O más neoliberalismo del yo en precario u otra cosa (¿nosotros y nosotras como sujeto pensante, comprometido y activo?) que todavía no tiene nombre.

Cautela de cierre. Los fascismos y populismos similares también esgrimen el nosotros-nosotras como sujeto de sus proyectos políticos e ideológicos. Yo crítico y nosotros autoconsciente no son construcciones históricas o mentales que se alumbren de la noche a la mañana.

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