El capitalismo metido en el cuerpo, Pierre Klossowski y la moneda viva
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/

Quien no encuentra a quien entregarse, busca a quien venderse.

Stendhal

La mayor parte de los que han intentado resistir lo hicieron aferrándose a un posible efecto reversible, que pusiera de nuevo las cosas en su lugar. Otros apostaron por el paroxismo, como intentando salvar la vida acelerando al máximo un coche que se dirige al abismo.

Hoy, a todos los efectos, parece irreversible, y quizás hemos aprendido que no hay algo a lo que volver, ni un punto de partida en el que las cosas que se han vuelto ya imposibles de identificar vuelven a resultar sencillas y apacibles.

En un viaje impulsado por la necesidad del olvido, en el que la memoria es un lastre y a veces un pecado, todos terminamos perdiendo: unos, su capacidad de saber qué arriesgan en cada paso; los otros, la esperanza de recuperar lo perdido, incluso el sentido de preguntarse cómo habría sido el mundo si la moneda lanzada hubiese arrojado otro resultado. Uno incluso se pregunta en qué medida este relato escrito desde una de las márgenes no podría ser inmediatamente apropiado por la otra, si la historia, pese a lo que intentamos hacer con ella, sigue siendo capaz de unirnos en el relato.


Ya no podemos confiar en la historia para mitigar el olvido, ni en los cielos para rezar por alguna orientación. Hoy es más fácil buscar en Google o activar el GPS del smartphone


Aunque el relato bien puede aplicarse a todas esas decepciones históricas que nos acompañan, éste apunta hacia esa gran irreversibilidad que nos acompaña, el capitalismo.

Las transformaciones planetarias a las que nos ha sometido el capital –y en la medida en que la decisión soberana de sus pueblos ha quedado descartada e incluso su desprecio proporciona un índice del avance del capital, cabe más bien hablar de sumisión antes que participación– no encuentran comparación ni reflejo posible en la historia.

Tal vez la irreversibilidad del avance del capital esté relacionada con la imposibilidad de encontrar un reflejo en nuestro pasado que pueda otorgarnos algo así como un Norte, o quizá ni siquiera eso, al menos alguna constelación en el cielo que pueda orientarnos.

Ya no podemos confiar en la historia para mitigar el olvido, ni en los cielos para rezar por alguna orientación. Hoy es más fácil buscar en Google o activar el GPS del smartphone (vale la pena detenerse en el nombre, no solo en la forma en que relaciona lo “inteligente” con la phoné, con la materia hablada del lenguaje; la etimología de smart, que rápidamente asociamos con la inteligencia, tiene en realidad un pasado violento: en un principio smart era una palabra asociada al dolor y la severidad, al tiempo que a una muerte rápida; con el tiempo su significado se redujo a cierta inteligencia estratégica, rápida y afilada).


Muchos de los grandes críticos y relatores del capitalismo deben su inspiración a un pequeño texto de 1970, La moneda viva, del filósofo y artista Pierre Klossowski (París, 1905-2001)


Quizás la mejor metáfora del capitalismo la esbozó Oscar Wilde en su Retrato de Dorian Gray. Todas las fechorías de Dorian Gray quedaban fielmente registradas en un retrato que no debía verse, su imagen real residía en el retrato y no en el galán de sociedad que hacía las delicias de los distinguidos. Wilde trazó así con afilada inteligencia la separación más rentable del capitalismo, aquella que divide lo que somos de lo que deseamos ser. Pero Wilde, también nostálgico, creía que la justicia llegaría, y que al menos el enfrentamiento con lo que hemos sido pondría las cosas en su sitio, un precio que solo puede pagarse con la muerte: luego de matar al pintor, al final, el retrato recupera su esplendor y el viejo ajado y repugnante solo es reconocible por las sortijas en sus dedos.

Si bien hoy es fácil encontrar esta clase de críticas a la totalidad transformada por el capitalismo, a veces vale la pena volver la vista atrás hacia los primeros intentos de una crítica que, quizás ya resignada a la convivencia con el capital, buscaba subvertirlo atacando desde dentro y al corazón de sus impulsos.

Muchos de los grandes críticos y relatores del capitalismo deben su inspiración a un pequeño texto de 1970, La moneda viva, del filósofo y artista Pierre Klossowski (París, 1905-2001).


La lucidez otorgada por la atención al cuerpo permite a Klossowski destacar los medios por los que el capitalismo avanza hasta el corazón de nuestras sociedades.


En este breve texto –que inspiró a Foucault, Baudrillard, Agamben, y muchos otros– Pierre Klossowski apunta sus flechas hacia uno de los conflictos básicos de la producción en el capitalismo, la alienación.

Tal vez la definición más inmediata de este concepto clave de la crítica marxista pueda ser ésta: alienación es lo que siente el obrero en el momento en que se reconoce a sí mismo como un engranaje más de la fábrica, como algo objetivo en los libros de cuentas del capitalista, un puñado de monedas que es poco más que uno de los ingredientes del producto terminado.


Nietzsche veía ya una constante identificable en los albores de nuestra época, una rechazo de la vida como sustrato para todos los avances, para todas las desmemorias.


Pese a que el canon utiliza con mayor facilidad “alienación” para traducir el original alemán, Entfremdung, una traducción más eficaz podría ser extrañamiento, en la medida en que describe la dificultad para reconocerse a sí mismo del trabajador, que se siente como un extraño en sus propias acciones. De ahí, la moneda viva que da título al texto pero, al definirla, Pierre Klossowski, atento lector de Nietzsche, ponía el acento en la escisión corporal que supone la alienación, y que separa, como en El retrato de Dorian Gray, lo que somos y lo que deseamos ser:

«Desde el momento en que la presencia corporal de la esclava industrial entra por completo en la composición del rendimiento valorable de aquello que ella puede producir –su fisionomía es inseparable de su trabajo–, la distinción entre la persona y su actividad no es más que una distinción aparente. La presencia corporal ya es mercancía, independientemente y además de la mercancía que esa presencia contribuya a producir. Y en lo sucesivo la esclava industrial o bien establece una relación estrecha entre su presencia corporal y el dinero que le reporta, o bien substituye la función del dinero, siendo ella misma el dinero: al mismo tiempo el equivalente de la riqueza y la riqueza misma


Klossowski ve ya el surgimiento de la obsolescencia programada: «el principio de producción a ultranza exige un consumo a ultranza. Producir objetos destructibles, habituar al consumidor a perder la noción misma de objeto duradero».


La lucidez otorgada por la atención al cuerpo permite a Klossowski destacar los medios por los que el capitalismo avanza hasta el corazón de nuestras sociedades.

El vínculo con el consumo de objetos se transforma, y el consumo masivo antes que la utilidad del producto se vuelve el motivo vital que mantiene la producción. Klossowski ve ya el surgimiento de la obsolescencia programada: «el principio de producción a ultranza exige un consumo a ultranza. Producir objetos destructibles, habituar al consumidor a perder la noción misma de objeto duradero».

El requisito fundamental de las máquinas de movimiento perpetuo es el vacío, en una metáfora trágica del consumo en el capitalismo, el vacío que mantiene la rueda girando lo encontramos en el asesinato de la duración en el tiempo, que no es capaz de mantener el ritmo a la innovación constante de sus productos.

¿No vivimos lo mismo con nuestros objetos, con nuestros cuerpos y con esas extensiones que le agregamos, desde los coches hasta los teléfonos móviles?


Pierre Klossowski describe así cómo el capitalismo se nos mete en el cuerpo. El consumo se transforma en el único medio para saciar nuestros deseos pero fundamentalmente nuestras necesidades.


El capitalismo genera un vacío por repetición: repetición de las acciones del obrero, que Chaplin mostró con genialidad en Tiempos modernos, repetición de los ciclos de innovación, que nunca alcanzan su clímax; siempre hay margen de mejora, y la rentabilidad, antes que la utilidad, es su único impulso. Pero la repetición es también la muerte del tiempo, que parece reducido ya a un presente perpetuo construido con cambios permanentes.

Pierre Klossowski describe así cómo el capitalismo se nos mete en el cuerpo. El consumo se transforma en el único medio para saciar nuestros deseos pero fundamentalmente nuestras necesidades.

El homo aeconomicus sabe lo que necesita porque lo encuentra en las estanterías de los supermercados. La jerarquía de nuestras necesidades, eso que todavía debería evitar que gastemos el dinero para comida en la última versión de nuestro mismo teléfono, no está ya en nuestras manos, no la definimos los usuarios, sino más bien el capitalista que debe liquidar sus stocks para dar lugar al siguiente modelo.

Así, nos sentimos envejecidos porque no entendemos cómo funcionan unos aparatos que, si los desmontaran ante nuestros ojos y nos explicaran las interacciones entre sus componentes, seguiríamos sin saber explicar su funcionamiento.


He ahí la gran falacia democrática del capitalismo, el ensalzamiento de la igualdad de oportunidades frente a la igualdad de resultados.


El mundo de los objetos avanza rápidamente a costa de nuestro conocimiento sobre ellos, el consumo se construye sobre el avance de nuestra ignorancia. Nuestros cuerpos, reducidos ya a moneda viva en la línea de montaje, acaban por transformarse en un soporte más, en un nicho de mercado, sobre que el reconstruirnos por medio del consumo. Somos lo que consumimos: ecológicos, anoréxicos, tecnológicos o hipsters. Todos ellos (y ellas) unidos como nunca antes: en el consumo, se supone, todos somos iguales.

He ahí la gran falacia democrática del capitalismo, el ensalzamiento de la igualdad de oportunidades frente a la igualdad de resultados. Es culpa nuestra no construir un sujeto emprendedor y dueño de sí mismo, el capital no tiene los ojos vendados, hace tiempo que se los arrancó en una de sus últimas actualizaciones. La moneda viva que fabricaba el último modelo del iPhone se dio cuenta, finalmente, de que también era una moneda de cambio en sí misma, y que su cuerpo no estaba al día en las actualizaciones periódicas.


Nuestros cuerpos, reducidos ya a moneda viva en la línea de montaje, acaban por transformarse en un soporte más, en un nicho de mercado, sobre que el reconstruirnos por medio del consumo.


Nietzsche estaba detrás de estas afiladas intuiciones de Klossowski, nadie mejor que él para esbozar los anhelos del humano que habita el capitalismo. Nietzsche veía ya una constante identificable en los albores de nuestra época, una rechazo de la vida como sustrato para todos los avances, para todas las desmemorias. En su Genealogía de la moral sentenciaba que, pese a todo, bastan unos pocos impulsos eléctricos para que todo siga funcionando, no importan los anhelos de la voluntad, el único requisito para vivir en este mundo es tener, al menos, unas migajas de voluntad:

«El hombre, el animal más valiente y más acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimiento: lo quiere, lo busca incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para-esto del sufrimiento… (…) ¡todo esto significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más fundamentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una voluntad!… el hombre prefiere querer la nada antes que no querer…»

“Sin título”, técnica mixta sobre papel, 2011, Santiago Caneda Blanco.
“Sin título”, técnica mixta sobre papel, 2011, Santiago Caneda Blanco.

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