Campaña electoral, fraude moral

Los intersticios interesados por donde se filtra la información que previamente ha sido meticulosamente confeccionada con el objeto flagrante de perpetrar ese atraco casi siempre impune celebrado cada cuatrienio; están lejos de ser lo que con meridiana objetividad, según ellos, tratan de hacernos creer.

La maquinaria electoralista, provista de su aparato logístico, escoltado por el sinfín de elementos beneficiarios de tan vasto y poderoso engranaje, serán atraídos por la fuerza irresistible de un presupuesto tan inútil como desorbitado, que amparado por el eslogan unitario que rezará el sempiterno, “vótame”; cumplirá a la perfección con la misión, que en nombre de esa tan pisoteada palabreja y su santo significado, “democracia”;  escribirá un guión que debiera plasmarse  sí y solo sí, en las urnas.

Claro está, que para eso están las campañas, no para intentar captar ese voto tan valioso sino para arrebatarlo directamente. Los medios y las promesas que se empleen son lo de menos. Ya habrá tiempo de mudarse la camisa, de decir Diego en vez de digo. Nada ha de interponerse entre el voto y esta feroz estrategia de torres de Babel ideológicas.

Más grave si cabe es la cuestión demoscópica, en mi humilde opinión, el caballo de Troya del condicionamiento al que se somete al votante. Marcan tendencia, modelan patrones y dan pautas a seguir. La objetividad y fiabilidad tan indiscutible que proclaman estas encuestas pre electorales, son motivo suficiente para que el ciudadano de a pie, el votante en potencia, sea librado sutilmente de su originaria papeleta para endosarle otra, con ayuda de esa inercia triunfalista en la que cierta encuesta aúpa al partido  A  a la primera posición, mientras que el partido B se hunde estrepitosamente en la última.

Apenas percibiremos que esta información más o menos verídica y verificable, puede producir en nuestra opinión más efecto que cualquier mitin con el más prometedor de los discursos, y debemos recordar que el hombre como ser social, aplicará la máxima de aliarse con el grupo más fuerte, no ya el que le dicte su conciencia, o con el que su candidato favorito le intente embaucar.

La campaña ya está en marcha, nada puede detener su empuje mediático, sus discursos a grito pelado, sus debates tan artificiosos como estériles, los reproches y los trastos a la cabeza (esos que hacen bueno lo mío y malísimo lo tuyo), los cara a cara, irónicamente casi nunca las propias, y sobre todo esas  infalibles encuestas que ya han escrutado el cien por cien de los votos.

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