Bitácora del café con leche

26 de noviembre del 2014

Por Verónica

Los días de cielo gris y lluvia me convierten en una ermitaña de calcetines gruesos que prefiere guarecerse en casa antes que salir a la aventura de mojarse un poco y tomar aire fresco, disfrutar de la ciudad limpia y de ese olor a tierra mojada. Antes era mucho más alegre , optimista y disfrutaba de “las pequeñas cosas de la vida”, pero uno deja de ser Amélie en algún momento del segundo año de desempleo y más bien comienza a transformarse en una mezcla de Woody Allen con Nietzsche y tintes de Sartre. Según se acomoden las nubes y transcurra la realidad.

Decepcionada por el tiempo y mientras me ponía un segundo jersey encima, recibí una llamada telefónica de Sonia, a quien no veía desde que se volvió miembro de la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca). La verdad es que no me extrañaba que fuese más difícil verla, pues asistía a la mayor cantidad de desahucios que podía y en nuestros tiempos eso significa tener muchos más bolos que los Rolling a fines de los 60. Y no es una exageración, según cifras oficiales, hay 180 desahucios diarios en España y desde el 2008 son 346 000 familias las que se han quedado en la calle.

Cuando Sonia me propuso que nos tomáramos un café para conversar, no dudé en aceptar, buscar el paraguas y salir a encontrarme con esta querida amiga que había hecho un alto en sus actividades para retomar contacto. Tan sólo verla me sentí contenta, pues su sonrisa tranquila me decía que se encontraba bien. Nos abrazamos efusivamente y pedimos dos tazas de café con leche para comenzar. Sonia estaba más delgada que antes y se le veía un poco cansada, pero su aura era optimista y con ciertos destellos de satisfacción. “Se te ve bien”, le dije con sincera alegría. “¿Y eso? ¿Algo en especial que me quieras contar?”, dije en tono cómplice, pensando que se trataba de un hombre.

Pero Sonia no había conocido a nadie nuevo y no era su vida sentimental lo que le irradiaba el rostro. “¿Has visto las noticias?”, me dijo. Yo estaba despistada y a ciegas. Nunca me puse la TDT en casa, así que hace un par de años vendí la televisión al Kash Komberters. De nada me pierdo, pues ya lo decía Sabina en los 80: “Telespañolito, que ves la tele, te guarde Dios. Uno de los dos canales ha de helarte el corazón”. En 30 años sólo han cambiado la cantidad de canales. Sí leo la prensa de vez en cuando por internet o en un bar, pero hace semanas que no lo hago porque llegué a temblar de la impotencia e indignación desde que completamos el calendario de octubre con casi un corrupto por día. ¿Qué puede uno hacer cuando ve que no hay quién detenga a los sinvergüenzas que viven fantásticamente del erario público por el que la escasa población económicamente activa se esfuerza? Pues olvidarse de ellos y seguir buscando trabajo.

Con respecto a las noticias, por suerte tenía a Sonia al frente para ponerme al tanto. Me contó que la semana pasada una señora de 85 años había sido desahuciada de su casa en Vallecas, por haber avalado un préstamo de su hijo ante un particular. La señora Carmen llevaba 50 años en esa vivienda y el acreedor no quiso aceptar un alquiler social para la anciana, que tuvo que pasar su primera noche en casa de la novia del hijo, quien no avisó a su madre sino dos días antes del desahucio. Una cadena de desgracias para la pobre mujer que vivía con una pensión de poco más de 600 euros cada mes. Mientras escuchaba esta historia se me hacía el corazón chiquito.

Sonia me dijo que los vecinos y la ciudadanía se habían solidarizado con el caso de Carmen Martínez y que los primeros en responder significativamente fueron los del Rayo Vallecano, quienes ofrecieron pagarle un alquiler de por vida. También me habló de particulares del mundo que se habían ofrecido a colaborar económicamente y que abrirían cuentas para poder canalizar estos esfuerzos para Carmen y todas las personas que estaban en la cola de ayuda de la PAH. Me quedé sorprendida. No sé si exagero, pero creo que hace cinco años hubiese sido inimaginable esta reacción de solidaridad colectiva. La batalla de la ciudadanía en contra de instituciones que han convertido el derecho a la vivienda en algo inaccesible.

Mientras estábamos en la segunda taza, comentamos también el caso del bombero de La Coruña que se negó a facilitar el desahucio de Aurelia Rey en el 2013 y que se convirtió en uno de los símbolos de la desobediencia civil y un ejemplo de dignidad. Sonia me dijo que precisamente fue hace poco que el bombero había sido multado con 600 euros por una “actitud irresponsable”, que según un diputado gallego del PP era cierto porque había “provocado reacciones alterando el orden público”. El mundo al revés. ¡Por supuesto que desalojar a una octogenaria de su vivienda tiene que generar reacciones! Entendí entonces la sonrisa y la satisfacción de Sonia. Desde luego que cada día tenía que estar al menos en dos lugares de la ciudad y coordinar grupos y estar al tanto de casos nuevos y antiguos. Había muchas cosas que controlar desde su pequeño espacio en la PAH y en conjunto no se daban abasto.

Sin embargo, y a diferencia de muchos, Sonia cada día se va a dormir habiendo ayudado a suspender o paralizar dos o tres desalojamientos. Aunque parezca una tarea inacabable, Sonia recupera sus fuerzas cada día y sabe que su granito de arena es una gran contribución. Y yo estoy orgullosa de ella. También estoy agradecida con los ciudadanos que se solidarizan y hacen todo lo posible para enfrentarse a un sistema que funciona al revés, que marcha bajo una economía darwiniana que deja desnudo al pobre. Me alegro de que en Murcia, Madrid, Barcelona, Alicante o Sevilla haya personas que se enfrenten a Bankia, La Caixa, Paratus, BBVA y otros para lograr que muchas familias no queden desamparadas.

Tenga o no que pagar los 600 euros de multa impuestos, el bombero gallego no tendrá que tocar la almohada pesándole haber dejado a una anciana octogenaria sin casa; así como dormirán más ligeros los cientos de funcionarios en el país que pasan por alto alguna autorización, pierden convenientemente algún papel, retrasan alguna orden y contribuyen a hacer la realidad de algunos más tolerable,  menos dura o con alternativas. Otras reglas para que el mundo al revés sea más vivible. Desobediencia civil.

Me alegré de haberme tomado esos cafés con Sonia y que nos pusiésemos al corriente de lo que está pasando en el país. La crisis económica había vuelto a mucha gente solidaria, había logrado la unión por buenas causas, había conseguido despertar a muchos del letargo de la comodidad. En la cara oculta de la luna estaban los que se habían vuelto más avaros, se habían hecho más ricos y habían llevado sus empresas a parasitar otros países. Pero estaban expuestos, cada vez había más gente dispuesta a alzar la voz. Sentí que con todas las reflexiones que logramos compartir, Sonia había logrado inyectarme una pequeña dosis de optimismo con respecto a la humanidad. Y algo más de energía a esta lucha de vivir. Si bien no era suficiente para ser Amélie en Montmartre, sí era idóneo para volver a casa –que aún tenía un techo- y sentarme con más bríos a organizar mi ultimísimo proyecto de trabajo.

2 Comentarios

  1. No sé si Sonia es una persona o un recurso literario; pero en todo caso felicítala de mi parte: y es cierto que la crisis ha hecho levantarse a muchas sonias. La solidaridad es el fruto de la crisis: en la adversidad es cuando se muestra. Lamentablemente, también el egoismo, el “sálvese quien pueda” … Pero entre todos, quizás, o mejor dicho con el cansancio de todos, cabe que se construya una sociedad más justa… ser optimista es gratis… o no: puede levar al diván del psicólogo (y con lo que cobran los comecocos…)
    Mis felicitaciones por este artículo tan bien escrito. Josep

    • Muchas gracias Josep,
      Concuerdo con ambas posibles consecuencias de la crisis. Nos toca navegar entre las aguas de la solidaridad y el egoísmo. Pero ya dice bien: por fortuna hay muchas Sonias y Robertos en pie de lucha y éste es un pequeño homenaje a todos ellos.

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