Bitácora del café con leche

Por Verónica.

1 de Noviembre del 2014 (Parte I)

Tenía ya el café con leche sobre la mesa que me hace de escritorio y estaba por ponerle azúcar, cuando de pronto sonó el interfono. Joaquín, el gato negro, me miró con las orejas en alerta y salió disparado hacia la puerta.

Yo no tenía intención ni de contestar el interfono, así que pasé de largo a la cocina, cogí una cuchara y cuando estaba de regreso, Joaquín ya arañaba la puerta mientras sonaba el timbre interior. Eché un vistazo a través del ojo de buey y vi a dos chiquillas con cara de sueño y unas carpetas con unas facturas de luz sobadas y murmurando entre ellas. Me quedé en silencio. Una de ellas –la más lista- picó directamente a la puerta diciéndome: “es por los suministros”. La frase dorada. Abrí la puerta y saqué medio cuerpo. Mirándolas fijamente les dije: “marchad de este bloque, que aquí nadie caerá en esa trampa”. Cuando una de las chicas tomó aire para responder lo siguiente en el diagrama que había estudiado, me apresuré a decir: “marchad, que yo también trabajé en Fiberdrola”. Tres segundos después y sin decir palabra, ellas y sus dos compañeras estaban escaleras abajo y en la calle, como si se hubiesen encontrado con un rottweiler de 60 kilos.

Volví a mi café con leche, Joaquín a su cojín amarillo y comencé a recordar esas tres mañanas surrealistas trabajando a la deriva como comercial de Fiberdrola. Era mediados de marzo del 2011 y había pasado meses en búsqueda activa de faena. Además de estar inscrita en todas las bolsas de trabajo que conocía, me dediqué a visitar lugar por lugar todos los sitios en donde podrían necesitar un ratón de sótano para organizar los archivos, facturas y toneladas de papel que suelen generar las empresas y que pocas –pero importantes- veces necesitan para constatar información o para las auditorías. Nunca en la vida me habían dicho tantas veces “no”. “No, porque los horarios…”, “No, porque estamos buscando…”, “No, porque si pudieras…”, “No, porque a la empresa”… o simplemente “[no] te llamaremos”.

Cuando abandoné la idea de encontrar un trabajo que tuviera relación con mi formación y experiencia, ya habían pasado casi cuatro meses con las navidades en medio, me estaba agotando el dinero del paro y pasaba auténticas mañanas de angustia al no ver siquiera una ínfima señal de que la situación cambiaría alguna vez. Fue entonces cuando decidí tener cuatro modelos diferentes de CVs, ninguno con más información de la real, pero sí con distintas orientaciones según la experiencia o formación que había tenido. Tenía la esperanza de que cualquiera de éstos al menos me consiguiera una entrevista personal para probar mi elocuencia y capacidad de adaptación y que disfrazara mi desesperación y resignación. Mis diferentes hojas de vida ya eran virales en todas las web y mis diferentes modelos de carta de presentación estaban listos para copiar, pegar y modificar en todos los tipos de trabajo que no requerían ser operadora de grúas, fresadora o frigorista. No por aversión, sino porque ignoraba todo lo relacionado a estos oficios.

Y entonces llegó esa tarde. Recibí una llamada breve de Fiberdrola en respuesta a mi candidatura para ser comercial. Uno de los rubros que más me costaban, porque uno no sale de los sótanos donde organiza papeles a hablar abiertamente con las personas y ofrecerles cosas o servicios a comprar. Soy vergonzosa y me cuesta hasta pedir dinero que es mío, pero un trabajo era la mejor ocasión de sacar cualidades inesperadas y de provecho. Acepté ir al día siguiente a la entrevista a las 8:30 en la calle Espronceda, me puse la falda negra, los zapatos de tacón y una camisa azul de manga larga. Aunque no hacía tanto frío, me puse un trench coat a juego y un foulard para cubrirme el cuello en caso no tuviesen calefacción o pusiesen el aire acondicionado. En la oficina había un espacio en donde varios chicos y chicas jóvenes llevaban ropa semi formal, pero con algún detalle que no cuadraba del todo. En la mayoría de casos era ropa improvisada o llevada de una forma extraña, a veces sin armonía, arrugada o que incomodaba al portador según se notaba a kilómetros de distancia.

En la sala donde estaba toda esta gente había unas 6 mesas en donde había facturas de luz y gas de otras compañías y algunas carpetas con el logo de la empresa disponibles. A mí me hicieron pasar a otra sala aparte donde estaba sola en una mesa ovalada de 8 con una carpeta encima y un bolígrafo azul sin tinta. Me desabotoné el trench y lo puse en el respaldo con el bolso y me senté observando los papeles que tenía delante mío. Oh no, otro interminable psicotécnico de 10 páginas con figuras tridimensionales. Esperé que me dieran indicaciones y comencé a resolver las preguntas mientras veía mi reloj y pensaba que el proceso no podía tardar más de 30 ó 40 minutos. Sin embargo, cuando estaba en la pregunta 14 y pensaba en el sinónimo más próximo de “epónimo”, una chica me pidió que la acompañara al despacho del jefe, que acababa de llegar y estaba hojeando mi cv –modelo número 2- e iba marcando algo con un lápiz.

Me dio la mano y me enseñó la silla que tenía delante, mientras se acercaba al escritorio y me llegaba una mezcla de olor a perfume y halitosis. Lamentablemente era un tipo de muchas palabras, el jefe medio guaperas treintañero ultra seguro de sí mismo y acostumbrado a entrevistar gente a toneladas. Intentó ser empático, aunque me dio la sensación de que intentaba venderme algo, quizás el puesto de trabajo. Se trataba de ser comercial (Ana me explicaría mejor), el sueldo base era de 700 euros, pero con comisiones podía fácilmente duplicar la cifra y hasta llegar a 1800. Chinese tales, pensé. Pero ese mínimo y sobre todo el tener un trabajo ya me parecía un punto de entrada para salir de casa y ocuparme. Cuando Ana entró en el despacho para llevarme a una de esas mesas con facturas sobadas y carpetas de Fiberdrola, agradecí la bocanada de aire fresco en el viciado despacho y me fui haciendo un ademán respetuoso con la cabeza.

Ana me presentó a Jenny y Rubén, el equipo con el que iríamos a Montcada en su coche. Luego me dio una de esas carpetas con dos facturas de luz y gas con miles de puntitos de boli sobre los precios y con trazas de marcadores y señas por todos lados. Dos facturas sobre las que ya se había trabajado, a todas luces. Salimos y entramos al bar de al lado. Mientras Jenny y Rubén devoraban un bocadillo de tortilla, yo apuraba un cortado y Ana me explicaba que ese chico que estaba en la puerta había tenido un “marronazo” el día antes porque “vino un cliente cabreado y le pegó un moco que flipas”. Jenny dijo, por un lado de la boca llena, “yo haría lo mismo si cualquiera de estos se mete al bloque de mi abuela, que a mi yaya nadie la engaña”. ¿En dónde me estaba metiendo?

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