Barbarie civilizatoria o civilización coaccionada: la libertad de expresión según Raoul Vaneigem
Fuente:http://nicolas-kozakis.blogspot.com.es/

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Tractatus Logico-Philosophicus, Wittgenstein.

 

Lo “políticamente correcto” ha invadido buena parte de la política. En tiempos en los que la vigilancia mediática nos invade a nosotros incluso más que a los políticos que la sufren, la corrección política ofrece a los candidatos una zona de confort genérica y gracias a ella borran o reducen sus particularidades personales. En el margen de su libertad de expresión, la clase política opta por la corrección como seguro de vida ante la dificultad de cuadrar dichos con hechos pero, ¿son realmente libres en su expresión?

Podría decirse que, en este sentido, la corrección política suma una función más a la representatividad que asumen nuestros, valga la redundancia, representantes. Nos representan (o eso intentan), como quien representa un papel en una obra de teatro, y la corrección política de los dichos, casi nunca de los hechos, trata de ser una representación lo más fiel posible de nuestros anhelos morales.


Parece que corrección y libertad no terminan de ser compatibles. No es del todo casual que, atentos al desarrollo de la política, todo termine pareciendo una gran representación teatral.


Antes, las palabras se las llevaba el viento, hoy las hemerotecas convierten cualquier lapsus en una losa más a cargar en las espaldas de la clase política, que ya no tiene derecho a la fugacidad de las palabras, sino que tiene el deber de evitar precisamente esa fugacidad, y hablar, casi siempre, como si estuviesen leyendo un texto, el texto de la corrección. ¿Son los políticos libres de decirnos lo que quieran? Incluso cuando mienten, ¿no nos habrán mentido muchas veces para mantener la corrección política?

Parece que corrección y libertad no terminan de ser compatibles. No es del todo casual que, atentos al desarrollo de la política, todo termine pareciendo una gran representación teatral.

Sobre todo no es casual si abordamos esta reflexión a partir del opúsculo o manifiesto de Raoul Vaneigem (1943, Bélgica), Nada es sagrado, todo se puede decir (Melusina, 2006).

Conocido por su activa participación en el movimiento situacionista y considerado por algunos como el complemento poético del rígido teórico Guy Debord, su visión de lo político derivó del anarquismo de izquierdas hacia una especie de liberalismo crítico con los efectos de la sociedad de consumo.


Raoul Vaneigem plantea un ideal hacia la ilustración en el que la libertad de expresión juega un papel fundamental, en la medida en que es gracias a la exposición a una libertad total para decir lo que se nos ocurra


De ahí que no sea casual, teniendo en cuenta que su compañero situacionista sería el artífice de una relectura casi platónica de la sociedad de consumo, que culmina en la categorización de la sociedad como espectáculo.

¿Hay libertad interpretativa o expresiva en una sociedad como espectáculo?

Una buena pregunta que apunta a las mareas de selfie (cuya traducción al castellano resultaría crítica ya que, aunque derivada de selfportrait, el sufijo «–ie» lo convierte en un diminutivo, de forma que tendríamos algo así como un egoillo o yoito; yoyeamos, como decía Oliverio Girondo), y a otros tantos intérpretes de sí mismos que inundan las redes sociales. Para Vaneigem la respuesta a esta pregunta se resume en una pseudo-máxima: «No hay un uso bueno o malo de la libertad de expresión, tan solo un uso insuficiente».

Raoul Vaneigem plantea un ideal hacia la ilustración en el que la libertad de expresión juega un papel fundamental, en la medida en que es gracias a la exposición a una libertad total para decir lo que se nos ocurra, como aprendemos, entre todos, cuáles son las cosas que no vale la pena decir o, mejor, cuáles de ellas no contribuyen al progreso de nuestras sociedades (en este punto, Vaneigem parece irremediablemente kantiano, casi repitiendo la máxima de la historia humana en clave cosmopolita de Kant: «Morimos de tanto mejorar»).


Tal vez no se trata de estar o no de acuerdo, sino de cuestionar cómo podemos hablar de libertad absoluta de expresión partiendo de una tolerancia


En resumen, nos civilizamos en el enfrentamiento con la barbarie, gracias a ella aprendemos a preferir el valor de la vida. Vaneigem separa dichos de hechos, toda la libertad para los primeros, ninguna concesión a la barbarie en los segundos: «La tolerancia absoluta de todas las opiniones ha de basarse en la intolerancia absoluta de todas las barbaries». ¿Cómo no estar de acuerdo con este enunciado?

Tal vez no se trata de estar o no de acuerdo, sino de cuestionar cómo podemos hablar de libertad absoluta de expresión partiendo de una tolerancia, es decir, de un esquema previo que no necesariamente puede ser libre o civilizatorio. Esto podemos pensarlo con un ejemplo: ¿qué suena mejor en términos de corrección política, decir que “toleramos” la llegada de refugiados, o que estamos deseando recibirlos?


Si no somos capaces de asumir esta libertad, sostiene Vaneigem, es que todavía no hemos aprendido a ser libres pero, ¿estaría él también absolutamente dispuesto a ser tan libre?


Es difícil delimitar un territorio a la libertad, ya que sería una grave contradicción plantear una libertad absoluta partiendo de un esquema limitativo o del tipo “umbral de tolerancia”.

Sin embargo, ¿no es así como nos relacionamos, como en este caso, con la libertad de expresión? Vaneigem aborda cuestiones como la incitación al asesinato, el insulto, la pornografía, y plantea como único límite el paso de los dichos a los hechos, y ello exige saber distinguir la realidad de la ficción; o como él mismo escribe: «Tolerar las ideas no significa avalarlas».

Si no somos capaces de asumir esta libertad, sostiene Vaneigem, es que todavía no hemos aprendido a ser libres pero, ¿estaría él también absolutamente dispuesto a ser tan libre?

Quizás los propios dichos sobre la libertad tienen el mismo problema que la libertad de expresión, y es un difícil pasaje del dicho al hecho (y eso dejando de lado que hay dichos que bien constituyen un hecho, cuya enunciación misma podría o debería considerarse, y juzgarse, como un hecho).


No se trata tanto de indignarse ante las reacciones regresivas de un individuo o de una comunidad como de sacar las enseñanzas pertinentes


Parece absolutamente razonable que en nuestras televisiones no tengamos que escuchar a contertulios incitando a disparar a la gente (con la salvedad de algún locutor de radio perdido en el tiempo), pero Vaneigem plantea que ello sirve, precisamente, para facilitar su ocultación, con lo que perdemos, con ello, la oportunidad de progresar humanamente un poco más:

No se trata tanto de indignarse ante las reacciones regresivas de un individuo o de una comunidad como de sacar las enseñanzas pertinentes: la preeminencia que deseamos otorgar a la vida y a la afinación de los deseos resultará más de su fuerza atractiva que de la prohibición que se cierne sobre ellos como una amenaza.

Es aquí, quizás, donde el planteamiento de Vaneigem alcanza cotas más altas de utilidad política. La libertad de expresión que, en una primera reflexión, parecería algo dado, solo se alcanza por medio de su ejercicio, el cual incluye, como vemos, la capacidad de distinguir lo correcto de lo incorrecto.


En síntesis, una libertad que es al mismo tiempo algo dado a los seres humanos, pero que es en el ejercicio de su humanidad y su deseo de vivir mejor, como llega a desarrollarse.


Para Vaneigem hay una libertad de expresión mayor esperándonos, a la cual otorga, además, la capacidad de iluminar nuevas formas de expresión, de cualquier tipo, artísticas, poéticas, políticas; pero es en el enfrentamiento de lo que él llama barbarie (y es una barbarie que habita en Occidente, al contrario de lo que otros paladines de la libertad tienden a señalar), como llegamos a comprender y a desear una mayor libertad de expresión.

En síntesis, una libertad que es al mismo tiempo algo dado a los seres humanos, pero que es en el ejercicio de su humanidad y su deseo de vivir mejor, como llega a desarrollarse.

En definitiva, de lo que se trata es de comprender qué mundo dibujan los límites de nuestro uso del lenguaje, y cómo algunos se agrupan todavía en torno a la barbarie, mientras otros, casi siempre más numerosos, rescatan hasta la humanidad de esos bárbaros y encorbatados occidentales, y tratan de compartir con ellos el valor de la vida.

En el mundo que dibuja Vaneigem, la libertad de expresión es un revulsivo contra un mundo que ha devenido espectáculo, en el que, como señala, nos parece fatal que uno insulte al otro en la tele, pero no que invadan a los niños con anuncios de juguetes y deseos consumistas.

En un mundo vivido como espectáculo y consumo, nada es más subversivo que la libertad, que todavía se sitúa más allá de lo que somos capaces de decir sobre ella, y que escapará siempre a la irrefrenable mercantilización a la que todo acaba sometido. Buscamos la libertad pero, ¿seremos capaces de reconocerla?

“Icaros” (2009) Técnica mixta sobre papel. Santiago Caneda Blanco
“Icaros” (2009) Técnica mixta sobre papel. Santiago Caneda Blanco

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