Bajo llave

¿Dónde están las llaves?

Muere y lee.

Muere y lee.

¿Dónde están las llaves?

Muere y lee

y dale al ron,

caaabrón.

Cada noche, de tres a seis, se oye su canción, a ratos fortísima, a ratos levísima, a veces aguda como si fuera un niño, a veces arrastrando las letras como si fuera un anciano, a ratos llorando con rabia, algunas veces riendo con sarcasmo. Desde su primera noche en el pabellón psiquiátrico de la cárcel de La Santé el recluso Enrique Despí Stao, canta obsesiva, alegre, compulsiva y tristemente esa antigua canción infantil española con la letra modificada que delata su última acción como persona cuerda o su primera acción como demente ¿quién podrá saberlo? Durante tres noches se consiguió evitar su salmodia gracias a los calmantes que le comenzaron a administrar, pero a partir de la quinta noche nadie ha sabido cómo entre las tres y las seis de la madrugada es capaz de vencer sus efectos y cantar sin parar ese estribillo que, con su insistencia, parece haber conseguido convertir en letanía.

Enrique Despí Stao (con dos apellidos como es costumbre en España), estudiante universitario, hijo del profesor de origen español Enrique Despí Ojado y de la bailarina de origen camboyano Maddox Stao, había salido con sus amigos la noche del sábado once de octubre tras escuchar la intransigente voz de su padre recordándole que no se olvidara las llaves, que él no iba a abrirle a las horas que volvería. Hacía dos años que había muerto su madre, cuya dulzura era apreciada no solo por su padre y por él mismo sino por todos sus amigos y familiares. Desde la desaparición de su mujer, el padre, siempre adusto pero muy correcto con su hijo, se había vuelto duro y agrio con él y había intensificado su tradicional obsesión por la lectura, por cualquier lectura; leía todo lo que caía en sus manos, desde los libros de texto de su hijo hasta novelas populares, desde los mínimos relatos de las revistas pornográficas hasta los más sesudos y crípticos ensayos sobre la desconstrucción o la teoría de cuerdas. La noche de autos Enrique volvió a su casa en la rue Ramey a las tres de la madrugada y llamó a la puerta porque se había olvidado las llaves. Su padre, que estaba despierto leyendo “La Sabiduría de los Angeles” de Emanuel Swedenborg, se negó a abrirle. Enrique vagó por Montmartre, su barrio de siempre, sabiendo que su padre reaccionaría de otro modo a partir de las seis, la hora que ese lector triste consideraba que era el comienzo del día. Subió y bajó varias veces las vacías escaleras que los turistas invaden durante el día, estuvo sentado a ratos en bancos abandonados, dio varias vueltas al Sacré Coeur, y allá por las cinco y media sus pies chocaron con una botella de ron medio vacía cuyo sonido al rodar por los adoquines despertó la desesperación en todo su ser. La recogió del suelo, desenroscó el tapón con ansiedad y se bebió el contenido sin respirar. Se dirigió hacia su casa, por el camino rompió la botella contra una farola y cuando su padre le abrió la puerta le clavó el cascote con saña en la cara de tal forma que no pudo ni gritar. Murió desangrado al poco tiempo.

El pabellón psiquiátrico de La Santé parece descansar cuando a las seis de la mañana de cada día termina la salmodia de Enrique, pero el tiempo o su contrario parece no pasar en balde ni para los dementes, y el antiguo recluso Louis Robespierre, el de las ridículas ínfulas de antiguo rey, que no sabe español, ha comenzado a cantar durante el día, cada hora en punto, para martirio de sus compañeros y contento embobado de Enrique, esta nueva versión de la canción:

¿Dondestán les laves?

Mueguilé.

Mueguilé.

¿Dondestán les laves?

mueguilé

y dalel gon,

caaagón.

 

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